Otras miradas

La encrucijada de Podemos

Antonio Antón

Profesor de sociología de la Universidad Autónoma de Madrid (Autor de Movimiento popular y cambio político, UOC)

Antonio Antón
Profesor de sociología de la Universidad Autónoma de Madrid (Autor de Movimiento popular y cambio político, UOC)

En el actual proceso que culmina en su Asamblea Ciudadana (Vistalegre 2), Podemos se enfrenta a un dilema: la consolidación o no de su capacidad transformadora. Todos los sectores progresistas, partícipes del cambio político y social, estamos involucrados por sus decisiones y consecuencias.

Son evidentes las diferencias políticas y organizativas que han cristalizado, aparte de otras tendencias menores, en tres grandes sensibilidades o tendencias (pablistas, errejonistas y anticapitalistas) con sus equipos (representados simbólicamente por Pablo Iglesias, Íñigo Errejón y Miguel Urbán) y sus documentos políticos correspondientes: Plan 2020, ganar al Partido Popular, gobernar España; Desplegar las velas: un Podemos para gobernar, y Por la Revolución Democrática, por una Marea Constituyente. La confrontación afecta a los dos temas clave: por un lado, la estrategia política y de alianzas y, por otro lado, la configuración del partido-movimiento y la distribución del poder interno y su legitimidad.

Un marco interpretativo sesgado

El conflicto no se produce según el marco interpretativo que define el documento de Errejón y su equipo: dos proyectos antagónicos en los que la garantía para ‘avanzar’ o ‘ganar’ la tiene un grupo (errejonista) y la de perder o ser marginal el otro (pablista). Esa valoración interesada puede recoger mejor los apoyos a su opción de alguna gente inscrita. Pero a costa de reinterpretar negativamente la estrategia de Podemos seguida este último año, dejando de lado, precisamente, el posicionamiento sobre la principal iniciativa estratégica: la apuesta por un Gobierno de progreso compartido con el Partido Socialista y el rechazo a una posición subalterna en el pacto continuista de PSOE-Ciudadanos. Así, justifica la necesidad de un cambio de rumbo político y aspira a la hegemonía organizativa en la dirección: el futuro para ser útil y ganador estaría en las manos de su corriente, desplazando a la tendencia pablista.

Definidos así los respectivos proyectos políticos (el documento de Iglesias no entra a valorar la estrategia de Errejón) la confrontación antagónica es evidente. Pero la realidad es distinta. Por una parte, hay muchos elementos comunes. Por otra parte, existe una diferenciación discursiva con algunos fundamentos artificiales, junto a un contundente reagrupamiento y una polarización de poder, aun con un espíritu dominante en la gente inscrita y bases electorales de unidad y colaboración.

El fortalecimiento o debilitamiento de Podemos y su influencia política no viene derivado de si gana Errejón (tampoco de si gana Iglesias) sino de profundizar y destacar ese proyecto común y una dirección plural y unitaria, a los que no sería muy difícil de acceder con voluntad, tolerancia y pragmatismo.

Concluyo esta consideración previa: la resolución del dilema de si este proceso de Asamblea Ciudadana sirve para potenciar o reducir la función política de Podemos no viene derivada de la apuesta por que ganen unos u otros (lo que tiene muchas implicaciones importantes). Va a venir de si se mejora o empeora la capacidad de articular un proyecto compartido y unitario y una dinámica integradora y democrática. La solución no es la imposición de la mayoría que salga sino la regulación del pluralismo, la actitud integradora, la lealtad a las decisiones mayoritarias y la relativización de las grandes diferencias discursivas, algunas construidas instrumentalmente para sacar ventaja comparativa. En definitiva, con el desarrollo práctico del proyecto compartido, dejando en un segundo plano las diferencias que deberán ir resolviéndose con la experiencia práctica y el debate constructivo. Y ese reto está por ver cómo se afronta, incluso en las semanas posteriores.

Diferenciación estratégica sin fundamentos reales

Me centro en el análisis del documento de Errejón y demás firmantes, el más complejo y difícil de valorar. En la primera parte (hasta la página 18) se hace un repaso crítico de la estrategia de Podemos tras el 20-D, el diagnóstico de dos estrategias contrapuestas y los objetivos generales de su alternativa; en la segunda parte se desarrollan con ideas genéricas, y en la tercera se concretan con medidas razonables. Veamos algunas definiciones y argumentos de lo primero, donde se concentra la polarización.

Tras la afirmación de la existencia de las dos estrategias, el documento no entra en la explicación o posicionamiento ante la estrategia real seguida por Podemos y liderada por Pablo Iglesias (y compartida por Errejón y la mayoría de su equipo). Construye y le adjudica una estrategia ficticia, con la que se contrapone fácilmente. Está basada en actuaciones secundarias u opiniones de determinadas personas, pero no considera lo más relevante de la estrategia expresada en el documento de Iglesias.

Así, elabora discursivamente diversas dicotomías interesadas: su estrategia consistiría en ganar o avanzar posiciones sociales e institucionales, la contraria en perder, estancarse o retroceder; la primera, en ir a la ofensiva y con iniciativa, ensanchando apoyos, la segunda a la defensiva, con los convencidos y en el extremo del tablero; la primera, con la transversalidad como garantía de relación amplia y abierta con la gente, la segunda, encerrada en los ‘sectores empobrecidos’, preocupada solo por ‘aglutinar a la izquierda’, ‘resistencialista’ y ‘huyendo de compromisos institucionales’.

Conecta con el esquematismo que se ha formado en los medios: moderación (mayorías) frente a radicalidad (minorías); instituciones (utilidad) frente a protesta en la calle (marginalidad inoperativa). Solo que es irreal y refleja el pasado, la hegemonía del bipartidismo y la ausencia de un gran campo sociopolítico y electoral popular y progresista.

La descalificación del documento hacia la política representada por Iglesias es global: "Podemos está perdiendo un tiempo precioso"… "Si continuamos por la misma senda resistencia­lista que iniciamos tras el 20D, la restauración estará mucho más cerca". Por tanto, esta supuesta estrategia ‘resistencialista’ traería consecuencias favorables para el adversario político. Implícitamente se llega a la lógica del ‘enemigo interno’ que (objetivamente) bloquea el proyecto propio y beneficia al bloque de poder oligárquico o al Partido Socialista.

En ese marco dicotómico y sesgado, no caben transacciones, solo vencer para cambiar de estrategia política y núcleo hegemónico. Ante la alternativa entre promover un Podemos ‘ganador’ y ‘nuevo’, con amplio respaldo social e institucional, frente a un Podemos ‘perdedor’, minoritario y aislado, están claras las opciones prejuiciadas. Nadie quiere lo segundo. La capacidad de motivación y cohesión se inclina hacia la solución nueva y ‘ganadora’. Ese discurso no tiene credibilidad respecto de la estrategia explicada en el documento de Iglesias. Su debilidad o ilegitimidad es que es una construcción discursiva irreal, en función de una identidad para el reequilibrio de poder interno.

Se pueden admitir muchos errores y deficiencias en el proceso de negociaciones con el PSOE en torno al Gobierno de progreso, así como las dificultades de la coalición con Izquierda Unida. El propio documento de Iglesias afirma: "Durante ese periodo sufrimos un desgaste notable, cometimos fallos y el redactor de este documento cometió errores". Hubiera sido un buen ejercicio entrar en la valoración en profundidad sobre qué aspectos de comunicación, argumentos y decisiones tácticas fueron erróneos o insuficientes. Pero así es difícil avanzar.

Existen bases para un acuerdo estratégico e integrador

En consecuencia, el documento de Errejón no menciona ni realza lo principal: El acierto estratégico de Podemos (e Izquierda Unida y las confluencias), aun con errores significativos en su implementación. Ha sido compartido por la gran mayoría del núcleo dirigente y por las bases, aunque se haya resentido una parte del electorado ante el machaque propagandístico de socialistas y liberal-conservadores. Reconocer los errores y limitaciones permite actualizar los ejes estratégicos y legitimar la dirección, pero su opción, sin fundamentos discursivos sólidos, ha sido la impugnación de la orientación general y el énfasis en la ruptura estratégica, el cambio de rumbo político, sin explicar propuestas muy diferentes, y el reequilibrio orgánico.

Por otra parte, sus deducciones dicotómicas y la caracterización de izquierdista, radical, marginal o sectario de la política de Iglesias no se atienen a la realidad de su diseño estratégico: "La tensión restauración-cambio requiere el impulso de un bloque político y social, de carácter popular, capaz de anudar a los diferentes sectores sociales que quieren avances y de articular no solo un plan alternativo de gobierno, sino un nuevo proyecto de país"… "Debemos articular y defender los intereses de la mayoría social que ha sufrido la política de saqueo; esto solo es posible desde el pro­tagonismo de los sectores populares que avanzan en la construcción de un pueblo sin miedo"… "Situar en el centro de la agenda institucional las ne­cesidades reales de las personas"… "De­bemos seguir construyendo el bloque histórico, social y popular"… "Hoy tenemos que poner todos nuestros recursos instituciona­les, políticos y organizativos al servicio de la articulación de una nueva voluntad popular" (la negrita es del original). Incluso en los títulos de ambos textos aparece el objetivo de gobernar desplazando a la derecha.

En el documento de Iglesias no se cuestionan los pactos con el PSOE en los ámbitos municipales y autonómicos. Solo se constata unos hechos en el plano estatal o gubernamental: la mayoría de la Gestora socialista y el bloque de poder que representa se han reafirmado en dos ejes de su estrategia política y de alianzas: colaborar con las derechas, garantizado la estabilidad institucional y el continuismo de la política económica y territorial, con ligeros maquillajes; una voluntad compartida con el poder establecido de neutralizar y debilitar la dinámica de cambio que representa Unidos Podemos y sus aliados.

El avance necesario y significativo se puede producir en el campo social y cultural, en el ensanchamiento del electorado, en el arraigo social y la articulación de la base popular; e, igualmente, en el campo representativo y de gestión institucional en los ámbitos territoriales. Pero, en el campo de la gobernabilidad estatal, dada la voluntad de la dirección socialista, los cambios posibles son limitados y condicionados por la presión social y sus dificultades de legitimación ciudadana. En ese triple nivel, con sus características específicas, es donde hay que desplegar la iniciativa y la vinculación con la gente.

La recomposición de la unidad, dentro de la diversidad, y la iniciativa y articulación política para el nuevo ciclo, costarán conseguirlas. Exige voluntad y capacidad, pero el nivel necesario de ambas está por demostrar, gane quien gane. El reto es garantizar que, a partir de ahora, ganamos todos.

En definitiva, el debate realista, argumentado y unitario, imprescindible para ajustar la estrategia y la organización y dar coherencia interna y capacidad de influencia y articulación política, se ha sustituido por una polarización infundada y extrema. La confrontación es muy real y contundente en su expresión político-organizativa y mediática, pero con pocos fundamentos con la realidad de Podemos (y sus aliados) y, sobre todo, respecto de sus necesidades estratégicas. En ese sentido, el plan para la Asamblea Ciudadana está a punto de ser fallido. Solo queda esperar que no empeore y reiniciar el proceso. Frente al sectarismo y la intransigencia, presentes en muchos ámbitos, es necesario el pragmatismo, la tolerancia y el auténtico compañerismo.

Hay poco debate estratégico, poco diálogo, y la confrontación injustificada no tiene marcha atrás. La legitimidad de los proyectos la podrá determinar el conjunto de personas inscritas, así como la preponderancia de la política a seguir y la hegemonía en la distribución del poder interno. Solo cabe esperar la negociación de una tregua o un compromiso básico sobre el respeto a los equilibrios mandatados y la altura de miras colectiva para articular una política consensuada.  Y, además, una integración organizativa basada en la colaboración, el respeto al pluralismo y la unidad. El temor, la venganza y la prepotencia de los ganadores, sean unos u otros. El riesgo, la prolongación del conflicto y el estilo poco democrático de afrontarlo, con el debilitamiento del proyecto. La solución, superar el sectarismo interno, afianzar la integración y volcarse en defender a las capas populares y promover el cambio social y político.