Otras miradas

Zorra: ¿resignificar o desmontar?

Octavio Salazar

Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba y miembro de la Red Feminista de Derecho Constitucional.

El grupo Nebulossa actúa durante la gala final del Benidorm Fest 2024, a 3 de febrero de 2024, en Benidorm, Alicante, Comunidad Valenciana (España).-Joaquín P. Reina / Europa Press
El grupo Nebulossa actúa durante la gala final del Benidorm Fest 2024, a 3 de febrero de 2024, en Benidorm, Alicante, Comunidad Valenciana (España).-Joaquín P. Reina / Europa Press

La reapropiación con un sentido positivo de un término que tradicionalmente ha servido para descalificar y devaluar es siempre un proceso complejo. Entre otras cosas, porque la discriminación, que siempre supone humillación, pasa siempre por los cuerpos y las vivencias de las personas que la sufren, por lo que es complicado dar el paso de la experiencia personalísima a la que podríamos considerar colectiva o política.

Nunca, por lo tanto, los procesos de resignificación son completos o universales. Pensemos, por ejemplo, en cómo la validación de un insulto como maricón no es lo mismo en un contexto de gais urbanos y empoderados que en un entorno rural o en la experiencia de un adolescente que ande perdido entre la búsqueda de su identidad y la necesidad de aceptación por el grupo.

Por lo tanto, la resignificación de una palabra no es nunca el resultado de un acto o acontecimiento concreto sino más que bien es la consecuencia de un largo itinerario de luchas, vindicaciones y, por supuesto, provocaciones. Todas ellas, además, han de ser valoradas e interpretadas en los contextos que se producen y no como si fueran una suerte de ocurrencias aisladas a las que, con un cierto optimismo voluntarista, atribuimos casi un poder milagroso.

Corremos el peligro, pues, de que el mero viraje intencional de una palabra nos haga creer que hemos cambiado las estructuras de fondo, cuando en muchos casos, más allá del mero maquillaje, las relaciones de poder siguen intactas. Como por cierto bien sabe el mercado que, siempre tan astuto – tan zorro, diríamos -, aprovecha cualquier bandera para vendernos sus productos.


Por todo ello, no comparto del todo los discursos que en estos días se han hecho en los medios, y muy especialmente en redes sociales, sobre la resignificación positiva del término "zorra" a partir de la canción triunfadora en el BenidormFest. Entre otras cosas, porque deberíamos tener en cuenta el contexto en el que se lanza ese mensaje, la puesta en escena con la que se construye el discurso y muy especialmente el público que jalea y asume la palabra como un gesto de reafirmación.

Si estamos de acuerdo en que la palabra "zorra" ha sido usada por la cultura patriarcal y machista para devaluar a las mujeres y someterlas a un estricto juicio moral en lo relativo a sus cuerpos y sus sexualidad, siempre en paralelo al distinto valor que esa cultura nos ha dado a los hombres y a nuestras capacidades y opciones, entiendo que serían claves dos elementos para darle un determinado valor a la propuesta.

El primero de ellos que fueran mujeres, con toda la amplitud que representa el término, las que se reconocieran en ella y la hicieran suya, y no que de nuevo fuéramos los hombres quienes de manera inmediata nos lanzáramos a definir cuándo ellas tienen que sentirse o no empoderadas. Algo que sí tengo la sensación que pasó hace dos años con la mamá de la Bandini.


Salvo que partamos de la idea que quienes se empoderan con el término son hombres gais que asumen la potencia del término, como en muchos casos deciden referirse a ellos mismos en femenino. Al mismo tiempo tendríamos que plantearnos, por ejemplo, si este proceso aparentemente rompedor llega a las chicos y las chicas más jóvenes, que son los que de hecho están liderando transformaciones en materia de identidad, y a los que no veo muy pendientes de lo que pasará este año en Suecia.

El segundo es de qué manera se nos lanza la aparente provocación. En este sentido, no olvidemos que la puesta en escena de la canción es una suma de estereotipos y recreaciones en un imaginario con el que patriarcado ha sustentado durante siglos el lugar de las mujeres, de acuerdo, claro está, con la mirada masculina.

Hay casi una contradicción en el mensaje supuestamente rompedor de la canción con la performance televisada, a no ser que entendamos que ver a dos hombres en tanga –y nos hombres cualquiera, sino unos tipos que reproducen un determinado canon–, con rojos satén de fondo, es rompedor y subversivo.


Porque si el horizonte de la igualdad es que los hombres estemos sometidos a las mismas esclavitudes corporales y estéticas de las mujeres, que nos hagamos conscientes de nuestro "capital erótico", vaya fracaso de tantos siglos de lucha. No se trata de reproducir los géneros hasta el infinito, sino de acabar con ellos.

No es cuestión de que los hombres nos pongamos faldas, sino de que seamos capaces de acabar con privilegios de quienes nunca las llevaron y la subordinación de quienes se vieron incluso obligadas a vestirlas.

La actuación del pasado sábado nada tuvo que ver, además, con lo que en su día supuso la de Las Vulpes, a las que con frecuencia se ha aludido en estos días. En aquella ocasión sí que había un contexto y unos parámetros en los que se planteaba una provocación y un desafío a lo normativo, con independencia de la calidad artística de la actuación.

Lo que parece increíble es que décadas después pensemos que una recreación como la que vimos en Benidorm el sábado pasado es rompedora y casi le demos el estatus de vindicación, cuando si analizamos no solo la canción ganadora, sino todo lo que rodea al evento, no podemos sino constatar una reproducción, muy resultona eso sí, de viejas consignas y de paradigmas trasnochados.

Que todo cambie para que todo siga igual. Lo cual puede ser fantástico, y absolutamente reivindicable, como disfrute, verbena o fiesta playera, pero de ahí a convertirlo en una especie de santuario del avance en derechos y de ruptura con los patrones machistas y heteronormativos, creo que media un abismo. Tal vez el problema sea también que vivimos una época en la que le exigimos a cualquier producto cultural, con independencia de su valor artístico, que también tenga un valor político.

Y quizás el dilema en el caso de Zorra es que es tan mediocre el primero que tenemos que incidir en el segundo para justificar la propuesta. Una propuesta que, además, se pretende avalar aludiendo al edadismo, cuando lo que tendríamos que estar es peleando porque el talento, a cualquier edad, incluido el de las mujeres viejas, como reivindica Anna Freixas, resignificando, en este caso sí, el adjetivo, tuviera reconocimiento.

Dicho esto, nada que objetar, faltaría más, al derecho de las mujeres, incluidas las que superan los 50, a ser tan malas, tan mediocres y tan petardas como lo somos nosotros. Faltaría más. En este sentido, sí que podemos leer el BenidormFest como prueba de una cierta igualdad.

En todo caso, y más allá de estos debates que nos tendrán entretenidos unos días y luego pasarán a mejor gloria, lo verdaderamente terrible y vergonzoso es que tantas personas aparentemente comprometidas con la igualdad y los derechos humanos estemos dándole amparo a un Festival que incluye a Israel en la fiesta. Eso sí que no tiene resignificación posible. Eso es puro y duro cinismo. El que seguimos practicando zorras y zorros. En tanga o sin ella. Todas y todos cómplices de la necropolítica que nos dicta que hay una vidas que merecen ser lloradas mientras que otras no.

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