Opinion · Otras miradas

Siria, la guerra de todos

Augusto Zamora R.

 Profesor de Relaciones Internacionales y Derecho Internacional

Augusto Zamora R. 
Profesor de Relaciones Internacionales y Derecho Internacional

El fracaso de la pasada reunión del G-8 respecto al conflicto sirio era un resultado anunciado. Rusia llevaba meses expresando su rechazo a cualquier intervención extranjera y la firmeza de su posición quedó recalcada con el anuncio de que estaba dispuesta a suministrar a Siria el temido sistema antiaéreo S-300. Antes de este anuncio, había decidido entregar a Damasco los no menos poderosos misiles tierra-mar Yajont. Eran claros avisos de que  Rusia no vería de brazos cruzados una eventual y deseada, por algunas potencias occidentales, agresión militar extranjera contra este país. No obstante, tanto EEUU como sus aliados y los llamados “amigos de Siria” han decidido armar ¿generosamente? a la fragmentada e incierta ‘resistencia” siria, que va desde utópicos occidentalizados hasta –en su mayoría- fundamentalistas islámicos y salafistas.

Pero Siria no es Iraq. El Iraq de Sadam Husein era un país aislado, empobrecido, derruido después de una década de sanciones y rodeado de poderosos enemigos. El primero de ellos Irán, país que no perdonaba la brutal guerra que le declaró entre 1980 y 1988, con el apoyo, dinero y armas de la OTAN y las petromonarquías del golfo Pérsico, que usaron a Sadam para intentar destruir a la recién nacida república islámica iraní. Después de la invasión de Kuwait, sus antiguos aliados se convirtieron en sus mayores enemigos. La invasión de 2005 puso fin a su régimen y su vida.

Siria no es, ni mucho menos, Libia. Un país también aislado, de mucha extensión y poca población, retirado geográficamente de cualquier posible aliado, objetivo ideal para una guerra de agresión fácil, barata y de escasos riesgos. El brutal asesinato del presidente Gadafi, torturado y sodomizado antes de perecer degollado, mostraba el rostro real de los “defensores de los derechos humanos” apadrinados por la OTAN.

El caso de Libia marcó un antes y un después en las relaciones de la OTAN con buena parte del mundo y, particularmente, con Rusia y China. La perversa conversión de la zona de exclusión aérea en mandato para una guerra de agresión puso punto final a la confianza en la organización atlántica. Ya no habrá más resoluciones en el Consejo de Seguridad de NNUU que, manipuladas, cobijen brutales e ilegales guerras neocolonialistas. No habrá ya cartas blancas para aventuras neoimperiales.

Siria es otra cuestión. En términos geopolíticos, es el Estado más estratégico de Oriente Próximo, por sus fronteras con Turquía, Iraq, Jordania, Líbano y –sobre todo-, con Israel, país que continúa ocupando los territorios sirios de El Golán. Siria tiene décadas incidiendo en la situación en Líbano. Es el último y único aliado de Rusia con costas en el mar Mediterráneo y en Siria tiene Rusia su única base naval en la zona. Siria es la primera frontera geopolítica y militar de Irán. La caída de Siria en manos pro-occidentales abriría las puertas a un ataque israelí contra Irán. Siria es imprescindible para Hezbolá pues, sin su apoyo, la guerrilla chiíta libanesa sería aniquilada. Lo saben en Hezbolá y, por eso, combaten hoy y combatirán a muerte en apoyo del gobierno sirio. Lo sabe Irán, que puede verse obligado, en caso de agresión extranjera, a intervenir en defensa del gobierno sirio, que es casi igual a decir en su propia defensa.

No cabe olvidar a Iraq, hoy gobernado por la mayoría chiíta, ferozmente reprimida por el régimen de Sadam. El gobierno iraquí, aliado de Irán y aliado del gobierno sirio, ha expresado su oposición a la intervención extranjera y al derrocamiento de Bachar el Asad. No obstante, los sunitas iraquíes apoyan a sus hermanos sirios, esperando que un gobierno sunita en Siria refuerce su situación en Iraq. Es la otra vertiente del conflicto.

Las intervenciones y agresiones armadas protagonizadas por la OTAN han tenido el efecto letal de promover –a niveles insospechados- el integrismo y el fanatismo religioso. Su primer laboratorio fue el Afganistán ocupado por la URSS, en 1979, donde la CIA prohijó a los hoy aborrecidos talibanes. Después destruyeron las dictaduras laicas de Iraq y Libia, para dejar los países sumidos en guerras civiles sectarias y religiosas. Las bombas de la OTAN han multiplicado los fundamentalismos religiosos con mayor efectividad que nadie y, de esa guisa, las guerras de religión. Afganistán desapareció como Estado, salvo en los mapas, para convertirse en un pozo de caos y violencia. Igual camino siguió Iraq, donde la dictadura laica del partido Baaz ha sido sustituida por una guerra soterrada entre  suníes y chiitas y de fundamentalistas islámicos contra minorías religiosas. Y Libia existe hoy como Estado fantasmal, cuyo sur geográfico se ha convertido en refugio y vivero de grupos fundamentalistas.

El conflicto sirio es una caldera donde el ingrediente integrista puede resultar más destructivo que una bomba atómica. A la confrontación geopolítica y estratégica se han venido uniendo, cada vez con relevancia mayor, factores religiosos. Sunitas vs chiitas, moderados y laicos vs fundamentalistas, minorías cristianas vs salafistas… Lo dijo hace pocas semanas el ministro ruso de Exteriores, Sergueiv Lavrov, al señalar que el conflicto sirio adquiere cada vez más un carácter interconfesional. Lo que en Europa conocen como guerra de religiones, uno de los ingredientes que contribuyó a destruir la multiconfesional, multiétnica y laica República Federal de Yugoslavia.

En Siria no se libra una guerra “a lo libio”. En Siria se libran varias guerras en una, la  geoestratégica en primer término, en la que EEUU, Arabia Saudita e Israel buscan expulsar a Irán. Guerras a cara de perro, para vencer o para morir. El régimen baasista y Hezbolá luchan por su existencia. Irán por no verse arrinconado. Rusia, por no perder lo que le queda de aliados en el Mediterráneo y no quedar excluida como potencia de Oriente Próximo y Medio. Los laicos y las minorías por no terminar bajo talibanes sirios. Esas guerras se libran con todo. Tanques, aviones, misiles supersónicos y, si llega el caso, con los sistemas S-300. Si los “amigos de Siria” elevan la parada militar, los aliados del gobierno sirio la superarán ilimitadamente.

Habría que hacer caso de Ban Ki-Moon y admitir que no hay, en lo inmediato, salida militar a la situación siria. Una salida no militar llevaría a aceptar los intereses en juego, geoestratégicos unos, de supervivencia otros, desde criterios ‘gatopardianos’: que cambie todo para que no cambie nada. Una nota final. Israel ha encontrado en los sunitas unos aliados inmejorables, más empeñados en derrotar a los shiitas que en defender causas árabes. Hoy por hoy, los palestinos sólo pueden esperar apoyo chiita. Que Alá los ampare y tome nota Hamás.