Opinion · Punto y seguido

Feminismo ¿islámico?

Surgido en la década de los noventa en Irán como una reacción a la exégesis del Islam más conservador y como alternativa al feminismo laico –en clandestinidad tras una dura persecución–, el llamado feminismo islámico fue el intento de un sector de mujeres religiosas de mostrar la capacidad del Islam político para dar respuestas positivas a la exigencia igualitaria de género.
Aquí habría que diferenciar entre este movimiento –que, desde la defensa del Estado teocrático, propone la reinterpretación de algunos preceptos sagrados que discriminan a la mujer– y aquellas feministas seculares que, profesando distintas confesiones, proponen la liberación de la mujer fuera de los límites de la religión. Tampoco se debe confundir con las agrupaciones femeninas creadas a medida por algunos gobiernos para legitimar sus propias leyes excluyentes, dividir el movimiento feminista y darse una pátina de progreso.

Las feministas islamistas pretenden una aproximación a lo sagrado que rebaje el grado del dominio del varón sobre la mujer, la familia y la sociedad. Su postura representa un progreso en el seno del Islam y un retroceso en países como Egipto, Irán o Turquía, que contaron con poderosos movimientos feministas laicos.

Estas activistas que aciertan al apuntar que su opresión no emana de lo divino, en lugar de aspirar la igualdad de género que plantea el proyecto político del feminismo, exigen justicia sin cuestionar la primacía de los hombres sobre las mujeres o la tradicional división de los roles, quedando descartada, además, la igualdad, aunque formal, de los ciudadanos, hombres y mujeres, creyentes y no fieles, ante la ley.

El feminismo islamista no ha producido grietas en la postura rígida de los guías religiosos, imprescindible para la revisión de dichos preceptos. Estos, que anuncian un elevadísimo lugar para la mujer en su credo, dan las gracias a Dios por no haber nacido mujer. Este y otros motivos han propiciado el tránsito de las ideólogas de este movimiento al feminismo secular e incluso al laico. En Irán, dicha corriente, convertida en el “activismo por los derechos de la mujer”, pide ya el fin del Estado teocrático. Un salto todavía por dar entre sus compañeras europeas, conversas en su mayoría. ¿Será porque no han vivido bajo el dominio de una élite con el poder y privilegios santificados, o es que no consideran que los derechos humanos sean dinámicos y universales?