Opinion · Punto y seguido

Elecciones de Irán: suicidio no asistido

Si usted es el jefe de un estado absolutista y se enfrenta a la amenaza de un estallido social en su país y a la vez a la de una guerra por la alianza militar más poderosa de la historia humana, ¿buscaría soluciones negociadas para resolver ambas crisis o declararía guerra a ambos lados? En Irán, y antes de que se celebren las elecciones presidenciales previstas para el 14 de junio –que según los analistas, las encuestas, y el sentido común iba a salir la primera opción, sacando de las urnas a Akbar Hashemi Rafsenyani -, los gobernantes han tomado una inquietante decisión, revelada por el general Firuzabadi, jefe de las fuerzas armadas, quien no ocultaba su alegría de la eliminación de Rafsenyani: enviar tropas a las tierras palestinas.

El mismo día, la prensa iraní desvelaba que un jefe militar -el general Zolghadr- que había asistido a la reunión del Consejo de Vigilantes, órgano que filtra a los candidatos, les hizo cambiar el voto positivo a la admisión de Rafsenyani –que en las encuestas ganaba con el 70% de los votos- a descalificarle, cumpliendo así con el deseo de Alí Jamenei, el líder supremo y dejando a los ciudadanos y analistas estupefactos. Entre los motivos de este golpe palaciego: el no contar con un candidato de peso capaz de ganar a su viejo compañero. Cierto, “dos reyes no caben en un mismo reino”, además ha aprendido de las protestas desatadas en las elecciones de 2009 por el fraude electoral, en las que se le preguntaba “¿Dónde está mi voto? Jamenei ha preferido aplicar la táctica Social & Echological Resilinece: crear un incidente menor para impedir un desastre mayor (para su persona), y eliminar al rival antes de empezar el juego, ya que el lema “¿Dónde está mi candidato?” no va a calar entre el electorado.

El consejo ya había empezado con mal pie cuando rechazó la candidatura de 30 mujeres por ser mujer, quienes al igual que los hombres ateos, los no practicantes, los fieles de las minorías religiosas, incluidos los musulmanes sunitas y los chiitas ismaelitas, no pueden ser presidentes.

Para impedir posibles protestas ya han adelantado el cierre del año académico, han bajado la velocidad de internet, han suprimido los debates electorales televisados y han llenado las calles de antidisturbios.

“Cortar el tronco del árbol, sentado en una rama», reza un dicho persa. Con este error, la persona de Jamenei se aísla más, se hace más dependiente de los militares islámicos, y pierde el apoyo inestimable de la familia del difunto ayatolá Jomeini, quien les acusa en una carta abierta de deslealtad hacia Rafsenyani. También hace que los tecnócratas, la clase media, el clérigo moderado y los bazaríes (la burguesía comercial, que sufre las sanciones económicas contra el país) se alejen de República Islámica (RI), hoy encarnado en su persona.

Fin del espejismo de “republica”

¿Es república un sistema en el que una serie de órganos no electos –como el Consejo Guardián de la Constitución,  el Consejo de Vigilancia, el Consejo Supremo de Seguridad Nacional, el Consejo de la Discernimiento, la Asamblea de Expertos, y sobre todo, la figura semidivina de Wali-e faghih (tutor religioso, Líder, hoy Alí Jamenei)- cuyos miembros son designados entre y por la élite religiosa, y tienen facultad de anular las decisiones de los órganos electos, como el parlamento o la presidencia?

La teocracia chiita, que soñaba con emular el modelo árabe del califato, tuvo que integrar el vocablo “república” en su diccionario, una vez que tomó el poder en 1979, forzada por las presiones de un pueblo que durante 2500 años sufrió la opresión de monarquías dictatoriales, pero lo vació de contenido: el presidente, que debe ser varón, chiita y fiel al líder, no será más que un “abdar-chi” (el repartidor de té en los centros de trabajo), y ejecutará las decisiones del Wali (no de su electorado), quien es el Jefe del Estado y del Ejército, y podrá vetar todas las decisiones del legislativo, ejecutivo y el judicial.  Una república cuya principal característica es la desigualdad de los ciudadanos -ante la ley por género, religión y etnia-, quienes son considerados rebaño necesitado de un tutor/pastor para no desviarse de la Shari’a (El camino). 30 años después, la RI baraja la posibilidad de borrar de la Constitución la figura de Presidente y sustituirla por la de “Primer Ministro”, y no sólo porque a veces los presidentes les salen rebeldes, sino porque las reuniones y el entusiasmo producidos por el  proceso electoral pueden dar paso a manifestaciones antigubernamentales, prohibidas por la ley.

Los ciudadanos, incluidos muchos clérigos, exigen suprimir el cargo del Tutor Religioso, y la separación entre la religión y el Estado.

Con este golpe palaciego, la junta del clero y militares ultraconservadores, prescinde del servicio de aquellas facciones del poder cuya función era rebajar la tensión a nivel interno y ofrecer una imagen de pluralidad fuera.

En el tablero de ajedrez, juegan la partida de su vida los siguientes actores:

1. Ayatolá Rafsenyani, apodado “El Padrino”, en el sentido copoliano del término. De 78 años, el pilar de la RI, el rostro de la corrupción (gracias a la renta del petróleo y negocio del ladrillo), presentó su candidatura para salvar al sistema, amenazado por una profunda crisis interna y una amenaza militar externa. Esta lámpara de luz mortecina está implicada en la matanza de miles de presos políticos, incluido el llamado Asesinato en cadena (entre 1988 y 1998), en el que fueron asesinados unos 80 intelectuales y activistas políticos, algunos en los países europeos, por los que tiene una orden de captura por Interpol. Aun así, era el candidato favorito de la Administración Obama, pues defiende el restablecimiento de las relaciones con EEUU y alcanzar un acuerdo sobre el programa nuclear para acabar con las sanciones que están llevando a la economía del país al estado de coma. Llama “ignorantes e incompetentes” a los dirigentes actuales por no darse cuenta de la catástrofe que se avecina.

2. Ahmadineyad, el Bárcenas  de Jamenei, amenaza con “tirar de la manta” y provocar una “primavera” iraní si el líder no readmite al candidato Rahim Mashai, su consuegro y jefe de su oficina, otro descalificado. Ya han sido detenidos varios jefes de su campaña y clausurados cinco diarios digitales próximos a ellos. La llamada «corriente desviada» (Jaque mate a Ahmadineyad) declara guerra a la casta clerical, amenaza con revelar el secreto a voces de la corrupción en los Guardianes islámicos y en la propia familia de Jamenei. Ahmadineyad-Mashai, que iban a repetir el modelo Putin- Medvedev, agitan la bandera anti clerical, aprovechan el rechazo tradicional del pueblo hacia los hombres de sotana, aunque sus discursos no van más allá de hacer un referéndum sobre la obligatoriedad del velo o permitir a las mujeres a asistir a los estadios deportivos. Será un error menospreciarles.

3. Jamenei y los Guardianes islámicos apuestan  por Said Jalili, un ultrarreligioso, nacional islamista, secretario del Consejo Supremo de Seguridad, negociador en la cuestión nuclear con el grupo 5+1, y desconocido para mucha gente. Ha sido incapaz de conseguir el levantamiento de las sanciones demoledoras contra el sector petrolífero y financiero del país. Es más, EEUU anuncia ampliarlas a partir de julio. Jalili está convencido de que los países occidentales desparecerán «por su decadencia moral” (la vestimenta de la mujer, o las libertades para los homosexuales). Su elección sería un claro mensaje al mundo: que no van a ceder en las negociaciones nucleares. Es obvio que los embargos han fortalecido al núcleo duro de la RI.

Baqer Qalibaf es su otra opción. Un ex militar atractivo y actual alcalde de Teherán, con aires de grandeza, que presume de ser quien aplastó en Teherán las protestas del 2009 por el fraude electoral.

¿Habrá otra “primavera”?

A pesar del fracaso de las dos primaveras iraníes (la de 1979, que acabó con la dictadura del Sha, y la segunda sucedida en junio de 2009 bajo la bandera del Movimiento Verde) y a pesar de que los problemas del país hoy se han agudizado, existe un gran potencial de protesta social y el núcleo del poder se ha atomizado, la RI debe estar tranquila. No hay alternativa que le amenace. Ante la ausencia de partidos políticos y sindicatos, la sociedad no tiene capacidad de organizar protestas. Los grupos islamistas excluidos del poder suelen abandonar a sus seguidores en la calle. Rafsenyani ha pedido tranquilidad a sus seguidores.

El actual grupo gobernante representa los intereses de la nueva burguesía comercial rentista que se ha hecho multimillonaria con la venta del petróleo, dejando a la mitad de la población –propietaria de la segunda reserva conocidas del gas y del petróleo del planeta-, por debajo de la línea de la pobreza. Si ven grandes colas para votar, será por el sello que los ciudadanos deben tener en el libro de familia, para poder realizar un sinfín de gestiones administrativas.

A la «Casa Jamenei» y los militares que controlan el ministerio de petróleo, el de seguridad y el de cultura, la Radio Televisión pública y la dirección de todas las fundaciones económicas, no les preocupa la crisis interna. Todo su esfuerzo está volcado en salvar a Bashar al-Asad y al gobierno chiita de Irak, como fórmula de sacar al país adelante. El papel destacado de los militares en la política hace que la RI pierda su capacidad de maniobrar (esta habilidad innata del clero), destruyendo los puentes que hay detrás de su desfile.

Hoy, el debate ¿Revolución o reforma? se intensifica entre las fuerzas de la oposición. Sin querer, Jamenei no sólo ha unido contra sí mismo a los seguidores de los ex presidentes Jatami, Rafsenyani y Ahmadineyad, y a estos con la oposición ilegalizada comunista, socialista, nacionalista, etc., sino que aumenta el papel de los países extranjeros para acabar con esta situación.

El movimiento del rey del tablero ha sido “perder-perder”:  Jaque mate: expresión persa de Shah-mat, el rey inmovilizado.