Eche sus cuentas

¿Se puede ser fiel en el matrimonio? La respuesta es sí. Es una maravilla irte “haciendo” al marido (en mi caso), como se va amoldando el barro a las manos del artista. Lo bonito de ser fiel al marido es que le vas descubriendo virtudes. Pasan los años y le ves más hombre. Se ha curtido, ha madurado, ha ido escalando niveles y alcanzando cotas de sabiduría y paciencia. Es más guapo… ¡porque le quieres más! ¡Cuatro hijos, mismo padre! ¿No es fantástico? Yo creo que sí. Y aquí no hay secretos, aunque sí muchas recetas, pero, en definitiva, lo importante es que esa decisión que un día tomamos juntos, ese sí que nos prometimos para toda la vida “a pesar de los pesares”, es un compromiso de amor que se actualiza cada mañana.
Amor y compromiso=felicidad. Prueba y verás.

MARÍA LUISA GARCÍA OCAÑA MÁLAGA

Se puede ser infiel? La respuesta también es sí (hablo de oídas, por supuesto). Dice que, cuanto más fiel, más “vas descubriendo virtudes en tu pareja”. Puede, aunque también hay quien tiene la experiencia contraria: nada mejor que mear fuera de tiesto para aprender a valorar lo que tienes en casa. Como suele decir mi novia: ¡Qué cariñoso estás: algo habrás hecho tú por ahí!

Sea como fuere, estoy de acuerdo: yo también soy partidario de la felicidad. Si a usted le hace feliz ser fiel, no lo dude. Y amóldese cuanto quiera. Como también hay parejas que son más felices con una fidelidad intermitente, no dudo que usted les recomendará que no sean demasiado fieles.

Supongo que toda pareja es una fórmula con dos incógnitas: una cierta magnitud de fidelidad (que no tiene por qué ser sexual) y una cierta independencia. El punto en que se resuelva esta ecuación es distinto para cada pareja, y no viene dado de antemano: hay que hacer un esfuerzo propio. Hay parejas que sólo consiguen resolverla asignando el máximo valor a la fidelidad (mi mujer no puede ir ni al cine sola) y el mínimo a la independencia (cada uno puede pensar en sus cosas a solas, en el cuarto de baño, como mucho). Con valor cero para cualquiera de las dos variables, la pareja no funciona. Con el máximo valor en ambas tampoco suelen salir las cuentas. Nosotros intentamos combinar la máxima independencia con “fidelidad: c.s.”, como ese “excipiente: c.s.” que aparece en las fórmulas de los medicamentos: cantidad suficiente (e indispensable). La prueba del nueve es la felicidad, por supuesto: las ganas de querer seguir queriéndose.