Héroes voluntarios

De vez en cuando los medios de comunicación nos hablan de que un determinado héroe ha mediado entre un agresor y su víctima, resultando mal parado por el primero. Me pregunto si el hecho de mostrar con especial insistencia y todo tipo de detalles más o menos escabrosos las consecuencias dolorosas no hace más que amedrentar a los receptores de la información, con lo que, ante la posibilidad de que el azar nos lleve en un futuro a una situación en la que alguien nos pueda necesitar, aumenten seriamente las probabilidades de mirar hacia otro lado. El mundo está lleno de héroes desde hace mucho tiempo, incluso desde antes de que existiese la televisión. No hagamos del reconocimiento mediático la máxima virtud.

ALEJANDRO GUTIÉRREZ RENEDO DE PIÉLAGOS (CANTABRIA)

El que quiera ser un héroe anónimo que levante la mano. No estoy tan seguro de que Aquiles hubiera montado en cólera ni Ulises hubiera combatido contra Áyax si no hubieran contado con el “reconocimiento mediático” de Homero, aquel corresponsal “empotrado” en la guerra de Troya. Cuando Dominguín se llevó al huerto a Ava Gardner, nada más terminar su heroicidad, se vistió y salió echando viruta. “¿Dónde vas?”, le preguntó Ava. “Pues a contárselo a los amigos. Si no, ¡pa’ qué!”.

En el bar de abajo, hay unanimidad a la hora del vermut: más vale no promover mucho la heroicidad. No sólo porque sea contraproducente, como dice usted. Lo mejor siempre es enemigo de lo bueno, afirma uno, así que basta con ser buen ciudadano. Que la heroicidad sea inevitable, porque, cuando es deliberada, en seguida se nos va de las manos. Los héroes aposta necesitan actuar y acaban agarrando a un ciego por el brazo y cruzándole la calle por la fuerza, aunque malditas las ganas que tenía el pobre hombre de ir a la acera de enfrente.

En el bar lo tienen claro: uno hace el héroe cuando no le queda más remedio. A esos héroes que no querían serlo, héroes cualesquiera, les debemos gratitud. En cambio, un mundo lleno de héroes voluntarios, ansiosos por salvarnos, da un poco de miedo: a falta de peligros, al final acabarán salvándonos de nosotros mismos. Y encima será por nuestro bien.