Merecido galardón

Últimamente los medios de comunicación españoles están criticando a Obama por haber recibido el Premio Nobel de Paz. Él no tiene “la culpa” por haber trabajado intensamente en la Casa Blanca durante sólo ocho meses intentando solucionar los desastrosos ocho años de su inepto predecesor. No buscaba dicho premio, y lo ha aceptado con mucha más humildad que nuestros políticos de aquí suelen demostrar cuando raramente llegan a conseguir un logro parecido. Personalmente, me alegro de que estén lanzando premios en su dirección en vez de zapatos.  

RICHARD M. MCBRIDE. VALENCIA 

El premio Nobel (corríjame si me equivoco) no es obligatorio, como si fuera una multa de tráfico o un impuesto nuevo del insaciable Gallardón. Se puede rechazar con toda tranquilidad. Cuando alguien rechaza un premio, lo normal es pedirle explicaciones. A mí me parece bien, pero mejor aún me parecería que al que acepta un premio se le reclamara lo mismo: una explicación de por qué lo acepta. Juan Goytisolo acaba de explicar por qué rechazó un premio, por ejemplo. Lo que no ha explicado Obama en absoluto es por qué lo aceptó, sobre todo cuando (según dice él mismo) no se lo merece. ¿O eso de que no lo merece lo dice con la boca pequeña de la falsa humildad? Acabáramos. 

En 1964 Jean-Paul Sartre rechazó el premio Nobel, quizá lo recuerde. No sólo eso: avisó una semana antes, con exquisita cortesía, en carta al comité Nobel, de que no deseaba aceptarlo, en caso de que se lo concedieran. Se empeñaron en dárselo y no lo aceptó, y explicó las razones por las que lo rechazaba. Puede que a usted no le gusten esas razones, pero ahí están. ¿Dónde está la explicación de Kissinger o la de Obama de por qué lo aceptan? 

Y lo que ya no me trago ni con kétchup es lo de la humildad. Ja, ja,ja. ¡Si todos dicen lo mismo! El rey Alfonso XIII le entregó un premio a Unamuno. “Gracias  por este premio que tanto me merezco”, declaró el escritor. El rey, sorprendido, le dijo que todos los que recibían un premio siempre le habían dicho lo contrario: que no se lo merecían. “Y tienen razón”, respondió, lapidario, el rector de Salamanca. ¿Tiene razón Obama?