Objeción a la E.S.C.

Leo con estupor que el fundador del Circo del Sol ha pagado de su bolsillo la cifra de 23 millones de euros (25 millones de dólares) para viajar al espacio durante once días y visitar la Estación Espacial Internacional. Resulta que este individuo, que se define como una persona ecologista, solidaria y comprometida con el medio ambiente y los problemas que acucian al planeta, ha llevado a cabo este viaje con el objeto de concienciar a la población mundial y a los distintos gobiernos sobre la importancia del acceso al agua potable en todo el mundo.LUIS DEL CASTILLO VERGARA. UMBRETE (SEVILLA) 

No tengo ni idea de quién es ese individuo, pero yo, por instinto (de conservación), cuando oigo hablar de solidaridad me llevo la mano a la cartera, no sea que ya me la hayan apandado. Menudos son.  ¿Qué se puede esperar de un tío que se define a sí mismo como “persona ecologista, solidaria y comprometida”? Ni que fuera un banco o una compañía eléctrica, que son quienes con más desvergüenza se definen: hoy en día la ecología, la solidaridad y el compromiso con el planeta (E.S.C,) son la Santísima Trinidad reglamentaria de la ética empresarial. No hay multinacional que no diga lo mismo y eso ¿no le hace sospechar un poco? A mí sí.  

A la hora de presumir de E.S.C., los primeros son los empresarios, seguidos (a muy corta distancia) de los altos cargos. Hemos llegado a un punto en el que hay que decir: ahí os quedáis. De lo primero que se apropia el poder es del lenguaje, para que pierda todo significado. Si la E.S.C. vale lo mismo para un roto que para un descosido, para mandar tropas a Afganistán o para subir la tarifa eléctrica, para hacer el payaso en la estratosfera o para vender más yogures laxantes, lo mejor sería mandar a la E.S.C. al espacio exterior para que fría espárragos sin gravedad. 

Apenas conseguimos librarnos de la religión verdadera y ya nos abrazamos, desconsolados como huérfanos, a la religión E.S.C., en cuyo santo nombre continuarán las mismas bárbaras Cruzadas y majaderías del tamaño de la que menciona. ¿Será posible vivir sin el amparo de una causa justa ni el consuelo de la fe en nuestra propia bondad?