Rosas y espinas

Dioses irresponsables

Los dioses otorgaron al hombre la magia del fuego, y el hombre prendió fuego al bosque donde habitaban los dioses. Los dioses siempre han sido unos irresponsables. El lunes ardía Robledo de Chavela, en Madrid, y los dioses no tenían vigías disponibles por culpa de los recortes. El fuego del robledal inundó el cielo de Madrid con una orgía de nubarrones rojos, mefíticos, preciosos como todo lo malvado, axiomáticos como la seta de Nagasaki, y nos dimos cuenta enseguida de que el fuego había venido a quedarse para siempre. Ya no existe ni existirá jamás el robledal. Solo existe el fuego. Solo existe el hombre.

A veces me canso de ser hombre, decía Neruda. Pero nunca, al parecer, nos cansamos de ser fuego, inhumadores de inocencia, epidemia, plaga. No hay nada tan inocente como lo vegetal, siempre tranquilo y verde, generosamente silencioso, trabajando nuestro oxígeno sin que nos demos ni cuenta para que nos creamos que no le debemos nada, que la vida es gratis.

Ayer, mientras el monte ardía, merendaban té con pastas las condesas.

Especialmente la condesa de Murillo, y Grande de España, que preside la comunidad de Madrid. Los bomberos llevaban meses advirtiéndole a Esperanza Aguirre de que la reducción de medios y efectivos iba a acarrear una tragedia. Y ya ha ocurrido. Al parecer, ni siquiera las plazas de 200 bomberos recientemente jubilados habían sido cubiertas en Madrid. Y no había retén en Robledo de Chavela. Y los vigilantes de torretas han pasado de 40 a 19, pero quizá los hayan escogido de cuatro ojos.

Por no hacer demagogia, decir también que uno no desempolva en toda nuestra historia democrática un solo gobernante, de cualquier tonalidad, que haya dicho o hecho absolutamente nada útil en defensa de los bosques. Por hacer patria, recordaré que tras la devastación de las Fragas do Eume en Galicia, este abril, se descubrió que ninguno de los sucesivos gobiernos PP y PSOE-BNG se había molestado en aplicar una ley de prevención dictada en 2007. Al fin y al cabo, solo era el bosque atlántico más importante de Europa. En Madrid tampoco se aplica una resolución de 2005 que obliga a mantener un mínimo de ocho bomberos en cada parque. Podríamos seguir. El caso es que la extensión arrasada este año en España ya cuadruplica la de 2011. Pena.

Uno no está aquí para pedir a nadie responsabilidades políticas, ya que todo el mundo sabe que en España está mejor visto saltarse una ley que pasarse un semáforo. Pero nos lo deberíamos hacer mirar si tenemos intención de seguir respirando oxígeno.

Echando cuentas, si un bombero madrileño cobra 2.400 euros brutos, hubiera costado menos de 16.000 euros mensuales mantener el retén legal de seis para evitar la devastación de Robledo. Aparte bocadillos y birras. Y me da la impresión, desde mi intuitiva ignorancia, de que solo en apagar este fuego nuestra comunidad de Madrid ha desembolsado bastante más guita que los 16.000. Mal negocio, para que me entienda usted, condesa. Ya que usted y los suyos no entienden más que los argumentarios del dinero, pues vienen años demostrando que en lo verde están muy verdes.

El lado bueno, desde el punto de vista del capital, es que buena parte de los bomberos, que ayer se estaban jugando la vida en la ya para siempre llorona Chavela, trabajaron gratis, en sus horas libres, en sus vacaciones, mientras nuestra flemática condesa quizá se haya embolsado su plus de peligrosidad por enfrentarse a la grey periodística para decir valientemente que no tiene nada que decir. Es lo que tienen la economía y la política modernas.

Aguirre solo propone una medida contra los incendios: endurecer las penas a los incendiarios. Hay que recordarle a nuestra querida condesa que su partido, en Valencia, ha promovido una iniciativa en octubre pasado para saltarse a la torera la ley que impide construir en parajes quemados hasta pasados 30 años. Hasta los más tontos sabemos que semejante modificación legal incita mucho a quemar tu bosque para que te lo recalifiquen. Si quiere, condesa, le doy el teléfono del presidente Fabra y lo hablan.

Al lugar donde escribo, Manzanares el Real, llega desde Robledo un olor a crematorio vegetal y a terror noble de roble. No volveremos a ver más esos pinares y encinares, ni esos robles melojos, ni a los jabalíes, ardillas, zorros y comadrejas que no hacían daño a nadie allí. O sea, que no la votaban a usted, condesa, ni a los de su calaña. Es verdad que nos queda usted en sustitución de las faunas y las floras, oxígeno de las Españas con su pelo oxigenado, y sus aires o vendavales de grandeza. Y ya sé que no es nada personal, que solo son negocios. Pero hoy necesitaba una sombra para descansar de tanto horror, y en el antiguo robledal ya solo encuentro su sombra.