Opinion · Rosas y espinas

Los divertidos

Unos ponen lacitos amarillos y otros los quitan. Unos desentierran a Franco y otros lo vuelven a enterrar. Y así nos vamos crispando. Cualquier día de estos nos vamos a matar por una metáfora. La cosa tiene su gracia, pues con la guerra de los lacitos a veces parece que nos estamos olvidando de los presos a los que representaban, y con Franco viene sucediendo lo mismo: el debate es a hostias: que nunca una idea o una verdad histórica te aplaquen las ganas de pelear.

Nuestra manera de entender la realidad ha cambiado tanto que ahora son los culebrones de verano los que marcan la agenda política e intelectual del país. Incluso las broncas callejeras han adquirido dignidad de enfrentamiento político, y ocupan horas de nuestros informativos sin que nadie mande parar las rotativas. Rajoy solo leía la prensa deportiva porque es la única que trabaja con datos. Al final vamos a tener que darle la razón al registrador de la propiedad, al menos en esto.

La información como espectáculo está bien y es cosa moderna y agradable. El problema es cuando el espectáculo se come todo el contenido, que es lo que nos está pasando. Cualquier día, en pleno fragor de la batalla de los lacitos amarillos, olvidaremos que detrás del símbolo hay gente en la cárcel, y los dejaremos allí eternamente cautivos, porque estaremos muy ocupados en quitar y poner lacitos amarillos que ya no significan nada.

Decía Ramón Gómez de la Serna que el psicoanálisis es el sacacorchos del inconsciente. Con todos los banalizados debates simbólicos que estos días nos están ayudando a pelear, lo que nos estamos haciendo los españoles es un profundo psicoanálisis de resultados muy tristes y decepcionantes. Para tanto viaje a lo hondo de la mente ya teníamos a Goya, que nos psicoanalizó definitivamente con su combate a garrotazos.

Asistimos a una obra de teatro muy experimental, en la que no hay libreto y todo se reduce a puesta en escena. Ni siquiera se trata de improvisaciones, que tendrían cierto valor artístico, porque los personajes son planos, de un solo matiz, de una sola idea, de un único tono.

Incluso los debates jurídicos –esencia de la libertad– se plantean ya en términos de fondo norte contra fondo sur, como en los campos de fútbol. Lo vemos en el caso del más que cuestionable juez Llarena. Da igual lo que haya hecho o dicho mal o bien. Eso a nadie le importa. Lo esencial es que si defiendes a Llarena eres español y si no lo apoyas te conviertes en un antiespañol irredimible.

Todo simbolismo que valga la pena, desde Baudelaire, ha de tener detrás un misterio. Aquí nos hemos olvidado del misterio, y gracias a eso los símbolos ha cogido tanta fuerza que son más poderosos que nosotros mismos. ¿Cómo nadie puede pedirle a un juez que dirima si un lacito puede o no atentar contra la integridad de España? Pues nosotros, con grandilocuencia gubernamental, lo estamos haciendo. No digáis que no somos divertidos. Muy divertidos. Muy tristemente divertidos. Casi ridículos.