Opinion · Rosas y espinas

Trujillo (‘in memoriam’)

A causa de mi profesión y seguramente también de mi torpeza, he sido detenido y juzgado varias veces. No quiero parecer presuntuoso si añado que he sido objeto del interés persecutorio de distintas policías, de países e incluso continentes diferentes. Nunca he acabado en la cárcel, pero como presunto delincuente cultivo un currículum más que exitoso.

Solo una vez ingresé en un calabozo por causas ajenas al ejercicio del diabólico, empobrecedor e insano oficio de reportero, que ejerzo desde la más bisoña juventud. Fue hace seis o siete años y lo recuerdo con ternura, pues aquel día gané dos amigos.

Eran las doce de la mañana de un viernes especialmente caluroso, y yo escribía enfundado en unos viejos harapos saharianos que uso cuando el sofoco agarra en la humilde chabola que habito en la sierra madrileña. Los golpes en la puerta me sacaron del trance, y al abrir me encontré con una pareja de la guardia civil que portaba una orden de detención. Muy amablemente, me instaron a vestirme rápido, pues si no llegábamos al juzgado antes de que el juez se marchara de fin de semana, tendría que alojarme en el calabozo de Colmenar Viejo hasta el lunes. Aunque sabía que era improbable, les pregunté a los agentes si conocían las razones de mi captura. Respuesta negativa y a la trasera del furgón.

El trayecto fue agradable. Hablamos de nuestras experiencias profesionales en Euskadi, cuando los malos, y de algunos amigos míos a los que ellos también conocían, y no precisamente por sus piadosas actividades. También aprendí un par de curiosidades respecto al trabajo policial, algo que siempre agradecemos mucho los escritores de negra.

–Las pulseras os las tenemos que poner a todos, pero son más necesarias para la gente corriente que para los malos de verdad. El delincuente va tranquilo, porque sabe lo que ha hecho y que le has trincado. Los problemas suelen darlos las personas corrientes que nunca han hecho nada, y les apareces en casa, delante de sus vecinos, a detenerlos por algo que ni siquiera tú conoces. Esta gente es a la que más se le suelen ir los nervios, y son capaces de saltar del coche en marcha.

Durante mi estancia en el calabozo, de algo más de una hora, los agentes se acercaron en varias ocasiones a preguntarme si necesitaba algo. Yo estaba distraído: en la celda vecina, un hombre intentaba convencer a su abogada de oficio de que “el bulto” que habían encontrado en el maletero de su coche no era suyo. “El bulto”, supe luego, era el cadáver de su cuñado.

Después, la autoridad judicial me hizo saber que las razones de mi captura no eran tan románticas: el traspapeleo burocrático de una vieja causa de tráfico había ido rodando de instancia en instancia hasta convertirme en un presunto delincuente. Me enfadé muchísimo, e hice constar mi enfado durante la declaración. Acabé mi alegato rogando a la justicia española que, en caso de que tuvieran necesidad de detenerme injustamente en futuras ocasiones, encargaran mi captura otra vez a los agentes B. y Trujillo, pues al menos me habían convertido el trance en un buen rato. Los agentes, que me custodiaban mientras yo hablaba, no pudieron contener la risa.

Una vez solucionados todos los trámites posteriores, B. y Trujillo estaban esperándome para llevarme de vuelta, aunque no era su obligación y todavía no habían comido. Al llegar a mi casa, les pedí que aguardarán un minuto y regalé a cada uno un ejemplar de Ala de mosca con esta dedicatoria: “A B. y Trujillo, porque un escritor de novela negra no está completo en España hasta que lo esposa la guardia civil”.

Cuento todo esto porque el otro día enterramos en mi pueblo al agente Luis Trujillo, joven y abatido por una cabrona enfermedad. Y porque esta anécdota la he repetido en charlas o entrevistas en las que ha salido a debate la relación entre la gente común y las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. Yo siempre he preferido hablar de Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Pueblo, y como tales se comportaron aquella mañana de viernes B. y Trujillo. Supongo que existirá algún oculto arte policial para conseguir que no te sientas detenido, sino acompañado, que es como me sentí yo.

En tiempos convulsos como este, en que la gente echa a las calles su rabia, su indigación y sus justas ganas de pelea, me gusta meditar sobre las relaciones entre nuestras policías y nosotros. Como todo, este debate también lo polarizamos enfermizamente: unos hablan sin distingos de cuerpos represores, otros justifican cualquier desmán uniformado en virtud de una autoritaria concepción de la ley y el orden. Yo, ya digo, tengo el dilema solucionado. Me basta con recordar aquel viernes. Hasta siempre, amigo Truji. Ser detenido jamás volverá a ser lo mismo sin ti.