Opinión · Rosas y espinas

Replicantes de derechas

Resulta enternecedor observar cómo Albert Rivera y Pablo Casado se tienen que esforzar cada día más en convencerse a sí mismos de que no son la misma persona, dos clones, dos espejos, dos imitaciones biunívocas. Se parecen tanto que, instintivamente, tuercen los gestos cuando se encuentran en la misma sala. Si uno sonríe, el otro se pone serio; si uno camina impetuoso, el otro frena el paso con cadencia pisahuevos de estadista meditante;  si uno deja caer un despistado rizo cool sobre la frente, el otro se refuerza con gomina.

Pero, trágicamente, ninguna de estas coordinadas estrategias surte efecto, y Albert y Pablo se van pareciendo más y más cada vez que los ves juntos. Es como si, al acercarse uno a otro, una mágica gravitación de la naturaleza los fuera moldeando hasta lograr dos seres idénticos de padres diferentes. Un día le reduce el bíceps a Rivera. Al siguiente ensancha la mandíbula de Casado con imperceptibles artes de druida. Hurta un centímetro de allá y lo agrega aquí, así hasta igualar estaturas…

Es una tragedia para ellos y para nosotros, pero la sádica Natura se divierte una enormidad con esta clonación diabólica y progresiva. Imaginad el terror de estos dos hombres, que ya rozan los cuarenta años, cada vez que se miran en el otro y descubren una similitud más, un lunar que antes no estaba, un giño tuyo que a tu mujer le encanta en la intimidad y que ahora ha imitado él… El drama tiene suficiente tensión como para que se desmayen al menos un par de castas marquesas, que son las que mayormente les votan.

Esta variante de la tragedia de Dorian Gray que sufren Albert y Pablo, esta zipizapeización contranatura que los mimetiza lenta pero inexorablemente, también tiene su reflejo indumentario. Ambos se recubren con las mismas blazers, las mismas camisas, los mismos diplomatic, las mismas bermudas y el mismo lacoste rojigualda sobre la cubierta del mismo yate, la misma arrogancia high school de jugador dominical de polo, la misma y sobada página de la Constitución con el artículo 155, los mismos tránsfugas fotografiándose con uno y otro como si ambos fueran el mismo Pablert Rivesado…

Como ya iréis maliciando, este proceso de replicación recíproca solo puede zanjarse de una forma truculenta y luctuosa: con el exterminio del otro antes de que sean del todo indistinguibles. Un buen émulo de Shakespeare podría honrar su pluma inspirado en esta trama fratricida. Y, si necesitare el autor el concurso de fantasmas cual en Hamlet, solo habrá de invocar a Santiago Abascal, parlamentario en Cortes, y subirlo a unas almenas.

Esta lucha por no ser el otro se hizo patente en los mítines y sobre todo en los debates de la pasada campaña. Como si hubiera regresado Uri Geler a nuestras televisiones, vimos en directo durante dos horas el proceso de transformación de Albert en Pablo y viceversa. Un tuitero de nombre olvidado colgaba esa noche una frase de su hija de seis años ante la pantalla: “Papá, ¿por qué esos dos señores son iguales?”.

Al final, la idea aladina de “inventar un Podemos de derechas”, propuesta hace un lustro por el presidente del Banco Sabadell y hecha carne en la piel de Ciudadanos, no le ha salido tan bien a las brunetes neoliberales del Ibex 35. Ni siquiera han consenguido que Albert Rivera se vista el disfraz de domador de bolivarianos en un gobierno bajo los socialistas.

La derecha española es tan conservadora y decente que ha afrontado su refundación pariendo dos partidos gemelos con dos líderes gemelos entre los que han repartido un número de votos gemelo para evitar cainismos.  Con sus convicciones, nuestro tradicionalismo financiero va a tener difícil ahora abortar a uno de ellos. Pero la derecha no podrá volver a ganar dividida en tres facciones. Y Vox quizá tenga techo, pero ya es indestructible. No existe memoria de país europeo donde se haya exterminado el esqueje ultra una vez germina. Restará y dividirá ya para siempre el voto diestro.

No envidio yo el mal trago que habrán de pasar los marqueses, los obispos y las banqueras españoles para elegir ahora cual de las dos cabezas gemelas guillotinar. Han salido los dos tan monos, tan bocachanclas por momentos, tan correctos en la intimidad como agresivos en la refriega, que da pena sacrificar a ninguno de los corderos. Pero hay que hacerlo, y en los consejos de administración se sabe. Llora una banderita española en los balcones.