Rosas y espinas

Ayuso y el día de la falocracia

Ayuso y el día de la falocracia
Alejandro Martínez Vélez / Europa Press

El primer 8 de Marzo autorizado por el Gobierno que pudieron celebrar las españolas fue el de 1978. Rastreo noticias del día siguiente en la hemeroteca digital del ABC (maravillosa pero rudimentaria). Y no me sorprendo al no encontrar ninguna alusión a tan histórico acontecimiento.

Supongo que los hombres y mujeres de la época, también los periodistas, o ni se enteraron o redujeron el asunto a dimensión de pintoresca orgía reivindicativa de cuatro machorras (así se llamaba a rojas, feministas y lesbianas, sin distingos). Pero había que comprender de dónde venían aquellos españoles varón dandy y sus abnegadas, pías y descoñificadas esposas.

Apenas tres años antes de este primer 8M autorizado, el Gobierno del ya agonizante fascista Francisco Franco reformaba el Código Civil, y permitía por fin el libre acceso de la mujer casada al mercado laboral. Se eliminaba la licencia marital, que hasta 1975 concedía al esposo la potestad de desautorizar que su mujer trabajara, o en según qué. Un pequeño paso para la igualdad, pero un gran avance para la siempre reaccionaria falocracia. Por mucho que presumamos de centímetros, los faloavances igualitarios se miden milímetro a milímetro, o peor, yoctómetro a yoctómetro, que es la menor medida que conocemos. Que se lo pregunten a los amigos maduros de Pedro Sánchez, "incomodados" por la ley del sí es sí. Aunque yo diría que emasculados. Por ser muy respetuoso.

En todo caso, en aquellos 70, y 80, al macho siempre le quedaba el recurso de la hostia para convencer a la parienta de que se quedara fregando en casa. Eran tiempos en que la violencia machista no solo no estaba inventada, sino que además tampoco estaba mal considerada socialmente, y tampoco recibía persecución policial ni judicial, salvo que arrojaras a tu señora desde un sexto u otra ejecución muy llamativa. En esos casos los periódicos sacaban foto de la muerta y hablaban de violencia doméstica, como si se tratara de la rotura traumática de una lavadora. Y entonces sí: el asesino pasaba por los juzgados, pero solía recibir poco castigo porque los jueces comprendían sus razones, salvo que fuera gitano. Ellas eran pecadoras. Muertas, pero pecadoras. Y no es que haya estado del todo correcto darle treinta puñaladas, pero quizá se lo tenía merecido. Cazar mujeres en los 70 era tan impune como cazar brujas o sabias en el medievo.


La atrasada España llegaba al último cuarto del siglo XX con una sociedad así, de un machismo cuartelero, violento, osborne y prostibulario, con solo un 28% de las mujeres en el mercado laboral y con un 10% de analfabetismo. El milagro franquista. No me extraña que nos repugne estudiar nuestra historia.

Fueron pasando años, incluso décadas, y ya era yo talludito cuando empecé a oír hablar del 8M. Y ya entonces se activó el infalible detector de necios que me acompaña hasta nuestros días. Tus más imbéciles amigos y enemigos, incluidas tías, se burlaban de la convocatoria bollera (a las mujeres de izquierdas, feministas y lesbianas se les llamaba ahora bolleras, sin distingos) con esta sutil pregunta: "¿Y por qué no se celebra también el Día del Hombre?". Y sonreían con la suficiencia de quien se cree que acaba de atrapar el bosón de Higgs con una red para mariposas.

Yo siempre contestaba vacilón: "Nadie nos impide celebrar el Día del Hombre. A ver cuánta gente viene". Todavía no existían registros de asesinatos machistas, así que no podías alegar que las mujeres no tienen por costumbre asesinar a un marido, novio o amante por semana, y que recordar el goteo de asesinatos de mujeres, un día al año, durante unas horas de lluvia, tampoco es tan fatigoso.


Aquella necedad del Día del Hombre pervivió y se popularizó con el lento paso de los tiempos, a medida que el 8M y el Orgullo LGTBI+ se socializaban. Por una parte está bien, porque te permite detectar muchos más necios cada año, a primeros de marzo, que cuando eran minoritarias. Por otra, provoca pesadumbre saberse atrapado en una sociedad con menos luces que una luciérnaga a la hora de la siesta.

Ahora ha sido la presidenta madrileña, Isabel Díaz Ayuso, cómo no, la que ha reproducido razonamiento tan viejuno, simplista, casposo y cobarde (no será valiente hasta que celebren su Día del Hombre, falo y adarga). He de reconocer que con Ayuso no necesité la reivindicación del Día del Hombre como detector de necios, pues ella ya se había hecho detectar de muy diversas formas.

"La revolución feminista orquestó el ataque al hombre, a la familia, a la madre y a la maternidad. No sé cuándo es el Día del Hombre para hablar de todo esto, para que haya menos hombres y menos mujeres que sean víctimas", nos ha arengado la presidenta este 8M. Sujétame el vibrata. Solo le faltó añadir que ella solo celebra el Día de lo que me sale del Chocho-M. Lo preocupante es que le reirían la gracia muchos hijos de fruta.


Estas boutades Ayuso poligonera-style, pronunciadas en barra de bar, pueden resultar indignantes o ridículas, pero en boca de un gobernante con millón y medio de votos se acercan a lo criminal porque, en este luctuoso contexto, las mentiras y el negacionismo también matan. No es por ponerme Stephen King, pero asusta alguien que niega tanto la muerte como la fomenta. Y no lo digo solo por las residencias/moridero de la covid y por las mujeres. A menudo esta FaloParca que preside la Asamblea de Madrid también mata de vergüenza.

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