Opinion · Palabra de artivista

Artivistas en la Complutense

Mucha gente cree que «artivista» es una palabra inventada por mí para adornarme con un título más o menos simpático, que derroche ingenio, humor y perfume a modernidad. No lo es. El artivismo es un movimiento que nació en el seno de los movimientos anti-sistema y  posfeministas a mediados de los 80, en concreto con las guerrilla girls, un grupo de activistas feministas que cubrían sus rostros con máscaras de gorila (en inglés las palabras guerrilla y gorilla suenan igual) y colgaban cuadros en los museos con lemas como: ¿Tienen las mujeres que estar desnudas para entrar en el Met. Museum? Menos del 5% de los artistas en las secciones de Arte Moderno son mujeres, pero un 85% de los desnudos son femeninos. El artivismo une el concepto de performance (y por lo tanto el del valor performativo que tan bien elaboró Judith Butler) al de política, denuncia y burla del sistema patriarcal y heterosexista imperante.

Pues bien, a pesar de que esa mafia cristofascista se beneficia de su monopolio de la información y la educación (por no mencionar las estructuras de “asistencia” a enfermos y terminales, por la que reciben la mayoría de su dinero, gracias a unas pobres infelices, la mayoría mujeres, que hacen el trabajo sucio mientras los machotes del templo cuentan el dinero), parece que no tienen la educación, cultura y referentes para entender que en una sociedad evolucionada, rica y abundante en medios publicitarios, la única salida que la voz del pueblo tiene, por culpa de su secuestro de los medios de comunicación y su censura informativa, es este tipo de actos. Y si la publicidad ofensiva de la Iglesia y afines no tiene cota legal, ¿por qué este tipo de actos no violentos deberían tenerla?

Con esta introducción sólo quiero subrayar mi asombro a que  tanto los medios propagandísticos, incluso intelectuales (reclutan mucho en las universidades), de la Iglesia no haya querido reconocer en esta expresión intelectual del nuevo milenio un mero acto de libertad de opinión con mucho arte y se empeñen en analizarla sobre los ridículos parámetros de la Inquisición medieval. Porque cuando uno escucha los argumentos que los mercenarios de la Iglesia (la hipocresía inherente de la Iglesia les impele a aparecer como ajenos a todo esto, por encima de lo humano, incapaces de acosar, mientras pagan a estos secuaces y les recompensan con su cuantioso botín), pareciera que aún estamos en los juicios a Galileo u otro “hereje” que la Institución del Odio, el Machismo y la Homofobia haya decidido vejar para escarmiento público y, sobre todo, para mantener el miedo a la libertad implantado entre la población civil.

Palabras absurdas y vacías de contenido real como “profanación”, “asalto”, “persecución”, “herejía”, “blasfemia” y mil términos propagandísticos más que ni me interesa memorizar, nos han mostrado cómo una institución como la Iglesia ha conseguido las monstruosas cotas de poder que mantiene con un tejido social mínimo. A pesar de representar a una minoría reaccionaria, antigua y envejecida, siguen pidiendo ser tratados como representantes de una mayoría que no tienen. Y por eso se empeñan en burlar la democracia y se niegan a borrar de sus libros de socios (que como tal nos han tratado a los bebés a los que nuestros padres nos bautizaron sin consultarnos) a pesar de ser una demanda repetida por la sociedad. Claro, si se supiese el peso real de la Iglesia en España, sus privilegios jurídicos no estarían más justificados que los de los bingos. Ambos tienen una base de fieles, pelín adictos a la experiencia común que les hace sentirse más acompañados, pero ambos están acudiendo a escuchar a un extraño cantarles su fortuna.

Por desgracia, la propaganda de la Iglesia y medios cristofascistas afines, ha calado hasta en algunos gays que, al igual que lo hiciesen los Mattachine en los 60, argumentan que si somos buenos, nos estamos calladitos, y cumplimos la normativa heterosexista nos recompensarán con un carnet de friegaplatos en el club. No queridos, los que nos garantizaron los derechos en Stonewall no fueron esos asimilados (y amilanados) que se vestían con traje de chaqueta y corbata, echaban a las mujeres de la vista, y se esforzaban con toda su alma por “parecer heterosexuales”. Las que  nos dieron nuestros derechos en un día que ahora celebramos en el Orgullo Gay fueron las raras. Las locazas, maricones, bolleras camioneras, transexuales, travestis y demás “gritonas” que dijeron ya basta (porque eran ellos los que sufrían ese acoso que ahora la Iglesia fomenta hacia nuestras valientas de la Complutense). Los derechos no se regalan, se consiguen. Y si queremos las capillas fuera del campus, que las queremos, no va a ser jugando el juego hipócrita de la Iglesia. Ya llevamos siglos esperando que la Iglesia “comprensiva” retire su zarpa de nuestra vida civil y ahí siguen.

Así que: ¡bravas hermanas feministas y valientas de la Complutense! Sois un orgullo para la comunidad LGTB (porque esa es otra, se ha intentado desviar el merito a la izquierda académica y no, fueron bolleras y maricones los que hicieron este acto). Contáis con nuestro apoyo y, algún día celebraremos el Orgullo Laico gracias a vosotras, RQTR.

Ah, y mis tetas también estuvieron en esa capilla.