Los africanos de hoy son los gitanos de ayer

           

La existencia de barrios marginales en España no es ninguna novedad, no han surgido con la inmigración. Siempre han estado ahí, cada ciudad tiene su gueto local desde hace décadas. Por lo general, viviendas de realojo con las que se parcheaba el problema del chabolismo, a la vez que se despejaban las zonas miserables céntricas y se aislaba la población más pobre, a ser posible en el extrarradio, separados por vías de tren y descampados. Pronto se convertían en núcleos marginales autónomos, desconectados, faltos de servicios públicos, en una espiral de aislamiento creciente.

El resto de ciudadanos vivía de espaldas al gueto, que nunca pisaríamos, que alimentaba nuestros miedos, y del que sólo teníamos noticia por hechos desgraciados. A diferencia de las banlieues francesas habitadas por africanos, nuestra población marginal era autóctona, principalmente gitanos a los que despreciábamos y temíamos.

Y en esto llegó la inmigración. Miles de trabajadores, sobre todo africanos, que acaban viviendo en los mismos guetos que sólo han cambiado a peor: mayor hacinamiento, y menos recursos a repartir entre más, lo que tensa la convivencia. Pero seguimos mirando para otro lado, hasta que estalla un episodio violento.

¿De qué nos sorprendemos? La violencia engendra violencia, y todo en la vida de estos desgraciados es violento: las condiciones de trabajo y alojamiento, el abandono, la persecución, la humillación. ¿Hay algo más violento que vivir en un “piso patera”? Pero claro, ya nos habíamos acostumbrado a nuestros marginados de siempre, los gitanos, y ahora llegan estos nuevos que nos dan más miedo.