La confianza de los mercados, y la nuestra

“La reforma de las pensiones no supondrá una mejora significativa en el déficit, pero tendrá una influencia poderosa en la recuperación de la confianza.” -Miguel Ángel Fernández Ordóñez, Gobernador del Banco de España-

 

Según el Eurobarómetro presentado ayer por la Comisión Europea, los españoles estamos a la cabeza del pesimismo continental: el 32% tiene poca o ninguna confianza en mantener su puesto de trabajo en los próximos doce meses (frente al 18% de media en Europa), y el 66% teme que su pensión de jubilación no será suficiente para vivir con dignidad (el doble de la media europea). Por supuesto, son datos provisionales, sujetos a revisión: si hoy repiten la encuesta, la desconfianza por el futuro laboral o la jubilación sería aún mayor, después de oír ayer al Gobernador del Banco de España.

Aunque Fernández Ordóñez ha jugado durante meses el papel de poli malo, de cuyas desinhibidas declaraciones solía distanciarse el Gobierno, ya hemos comprobado que sus palabras son anticipatorias, y que sus propuestas acaban por ser escuchadas. Ayer lanzó dos mensajes que debemos tomar como premonitorios: el primero, que la reforma laboral está bien pero se queda corta, y necesita unos cuantos añadidos (que podrían incorporarse en el trámite parlamentario). Y el segundo, que hay que reformar el sistema de pensiones cuanto antes.

Sobre pensiones, Ordóñez adelantó ayer algunas propuestas clásicas, que ya están sobre la mesa del Gobierno: elevar la edad de jubilación, aumentar el mínimo de años necesarios, y revisar el período de cálculo. Es decir: nos jubilaremos más tarde, y cobraremos menos.

La reforma laboral y la de pensiones (y la sanitaria que vendrá) tienen un objetivo, según el Gobernador y sus huestes: recuperar la confianza. No esperan que la laboral cree empleo, ni que la de pensiones reduzca mucho el déficit, pero a cambio tendrán un fuerte valor en términos de confianza. De confianza de los mercados, se entiende. Porque la de los ciudadanos va por otro lado. En una sencilla fórmula, podríamos demostrar que la confianza de los mercados es inversamente proporcional a la confianza de los ciudadanos: cuanto más optimistas aquéllos, más negro vemos nosotros el futuro. Pero claro, nuestro pesimismo no sacude países ni hunde bolsas.