Opinión · Dietética digital

Fichados y vendidos

La semana pasada reflexionamos sobre cómo el perfilado que se realiza mediante el Big Data y los algoritmos de la industria tecnológica que lo gestionan tienden a reforzar prejuicios y estereotipos. En este capítulo continuamos por esa línea, destacando el uso que hacen de los datos los gobiernos y las corporaciones para tenernos bajo control. Continuamos el debate en n/vuestra web.

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Los datos que los gobiernos guardan de sus ciudadanos se mueven entre dos extremos. Israel y Nigeria representan ambos polos. En Israel había sido imposible elaborar una base biométrica con los rasgos físicos de la población judía (la hecatombe nazi traía recuerdos espantosos). Y resultaba innecesaria para los ciudadanos árabes que son cacheados diariamente en controles policiales y militares.

Nigeria es aún una colonia que pasó de depender del imperialismo británico al financiero. El DNI de este país consiste en una tarjeta con un número identificativo, huellas digitales, iris escaneados y foto frontal. Lo gestiona Mastercard, aclarando quién gobierna el país. Este hecho demuestra, además, la validez de los datos digitales. Las redes identifican y relacionan los rasgos de la población con sus gastos. El perfil de consumo se contrasta con las transacciones realizadas con la tarjeta. Saben lo que queremos y lo que finalmente compramos; también lo que nunca dijimos a nuestros círculos más cercanos.

Facebook te conoce mejor que tus conocidos y parientes. Analizando 70 “me gusta”, Zuckerberg sabe más de ti que tus amigos. Determina tu orientación sexual con un 88% de acierto. Y con casi idéntica precisión descubre qué votas, tu religión, si consumes alcohol, tabaco y drogas ilegales o, incluso, si tus padres se han divorciado. Examinando 150 likes sabe más cosas de ti que quien te parió y con 300, más que tu pareja. La Universidad de Cambridge, que desarrolló la aplicación, aporta estas cifras. Y Trump usó en su campaña una versión de esa aplicación para usos electorales.

El análisis de datos masivos podría proporcionar enormes beneficios sociales. Por ejemplo, detectar posibles relaciones entre comportamientos de riesgo y ciertas enfermedades. Podríamos contrastar si es verdad que algunas prácticas digitales o el uso excesivo de ciertas herramientas provocan pérdida de visión, trastornos de atención y autoestima… Pero está claro que no son líneas de investigación preferentes para las corporaciones digitales. Aunque, sin duda, cuentan con evidencias sobradas para contrastar las inquietantes conclusiones de algunos estudios.

La explotación de grandes bases de datos puede ser positiva si se distribuye, permitiendo que las estudien distintos grupos de investigadores. Los sistemas de identificación centralizados sirven, como el adjetivo indica, al centro que los diseña. En la historia reciente han discriminado y eliminado sistemáticamente ciertas poblaciones que se consideraban “periféricas”. Acabaron convertidas en “minorías” prescindibles. Ahora, apoyándose en las redes, las dictaduras reprimen a los disidentes y en las elecciones democráticas se manipula el voto.

El marketing político combina perfiles sociales, digitales y psicológicos. La propaganda se personaliza para activar a ciertos votantes y desmovilizar a otros. El perfilado combina la biometría y la psicometría: reúne rasgos físicos externos e internos o psíquicos. De modo que, durante una campaña electoral, algunos votantes son el centro (los seguidores y afines) y otros la periferia (los enemigos a desmovilizar).

Ilustración por Raúl Arias.

Los votantes se pueden encuadrar en cinco perfiles psicológicos. En 2016 permitieron generar y difundir anuncios individualizados para el 80% del censo electoral norteamericano. Es uno de los recursos más cuestionables e inquietantes que empleó Donald Trump. Por ejemplo, activó a los partidarios de la tenencia de armas según su perfil psíquico. A “los neuróticos y controladores” les envió un anuncio donde un extraño rompía el cristal de una ventana para entrar a robar. El vídeo para “los conciliadores y pacíficos” mostraba a un padre y a un hijo que cazaban patos juntos y en armonía, con la naturaleza y entre sí.

Para unos, publicidad con tiros contra el intruso. Para otros, contra las plumas. Los mensajes: un país armado es más seguro y reúne a las familias. Objetivo económico: mantener una industria asegurando el mercado interno (el externo ya lo garantizan las guerras). Efecto político: la industria bélica financia una carrera presidencial. Efecto social: esa industria genera en EE.UU. más víctimas mortales, entre “fortuitas” e intencionadas, que ninguna otra causa. El Gran Hermano se arma y nos equipa hasta los dientes.

Segmentar públicos y estimularles psicológicamente no es una novedad publicitaria. El cambio reside en apuntar con tanta precisión a los votantes. E impactarles de lleno con la munición adecuada. A unos ciudadanos se les activan las glándulas hormonales, como las salivales a los perros de Paulov, para acudir al colegio electoral. Y a otros se les atrofian las ganas de votar.

Trump utilizó noticias, no necesariamente falsas, sobre H. Clinton y que Facebook News envió para que las leyesen usuarios de un perfil concreto. Los hombres afroamericanos proclives a votar a la candidata demócrata recibieron grabaciones donde ella los calificaba como “depredadores sexuales”. El marido de Melania Trump respondió así a la acusación de depravado que le hizo su contrincante en la carrera presidencial.

La política, concebida como una batalla de infopublicidad negativa, transforma al adversario en enemigo. Implanta un estilo autoritario para dirigirse a los votantes. Y lleva riesgo de transformarse en totalitarismo con los extranjeros. En especial, los que no votan ni pagan impuestos. No cuentan para el sistema. Pero les marca como si fuesen reses.

El control digital de refugiados e inmigrantes agrava su desprotección. Se aplica para cribarlos en las fronteras. Para hacinarlos rodeados de verjas. Y para que, al final, mueran intentando pasar la frontera. Los organismos internacionales colaboran con los gobiernos; en vez de exigirles que respeten el derecho humano a recibir auxilio y asilo.

El Alto Comisionado de las Naciones Unidas comenzó a escanear el iris de los refugiados en 2013. Toma huellas de todos los dedos de las manos y una foto del rostro. A cambio les da unas migajas de derechos humanos: comida, atención médica y “protección”. Una de las mejores periodistas de temas digitales en España, Marta Peirano, denunciaba la falta de garantías.

La base de datos de los refugiados no está bien blindada y Jordania vende el programa de reconocimiento. No es, precisamente, un ejemplo de país democrático. Ni un régimen que asegure un uso legítimo y apropiado de la información. Los rasgos biométricos se graban en una tarjeta con hologramas 3D, códigos de barras y un código SQR. No se concede refugio sin esa tarjeta, ni siquiera a los menores de edad. Niños sin ficha, sin tierra, sin derechos.

La tecnología digital resulta atroz para quienes escapan de la guerra, la represión y el hambre. Se les aplica sin escrúpulos la biometría y el perfilado para implantar políticas migratorias cada vez más discriminatorias y segregacionistas. Defienden una identidad nacional impregnada de pureza étnica, cultural o religiosa.

A los ciudadanos nacionales se les justifica el recorte de derechos prometiéndoles más seguridad. Pero los ex altos cargos de la Agencia Norteamericana de Espionaje (NSA) lo desmienten de plano. Uno de ellos, William Binney, matemático experto en criptografía, afirma que el rastreo masivo e indiscriminado no sirve de nada. Recoge demasiados datos para poder procesarlos a tiempo. Se recopilan porque generan un fabuloso negocio. Binney se muestra elocuente en una entrevista de La Vanguardia.

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Somos muy buenos acumulando información e indexando datos, pero no entendemos lo que nos dicen. No podíamos rastrear a todo el mundo, ni todo Internet: las falsas alarmas te superan si intentas eso. Es como si haces una búsqueda al azar en Google: ves las diez primeras páginas, pero no el centenar que te muestra el navegador. ¿Qué probabilidad hay de encontrar algo interesante en esa acción? Había ya un programa que afinaba la mirada. Se fijaba en comunidades, en ciertos patrones de búsqueda: el comportamiento de la gente. Pero había mucho dinero en juego para las compañías de software, y el gobierno eligió otra herramienta.

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Es decir, las herramientas para espiarnos benefician a quien las vende. Es un negocio privado que pagamos con impuestos, que no revierten en más seguridad. En todo caso, financiamos indirectamente las campañas de los políticos que firman los contratos más beneficiosos para la industria de datos. El espía, que no olvida su condición de ciudadano, sigue soltando:

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Estábamos hablando de contratos de millones por año… Y así fue, y así sigue siendo. Eso me lleva a la idea de que la necesidad de violar la privacidad por cuestiones de seguridad es una mentira desde el principio. Todos los ataques terroristas del mundo han sido cometidos desde 2001 por personas registradas. Pero, ¿qué pasa cuando creas un sistema de datos tan masivo que ni siquiera tienes tiempo de interpretarlo?

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Los programas de rastreo exceden la capacidad de análisis y no ayudan a tomar medidas preventivas. Ganan las corporaciones que fabrican las herramientas. Sería un despropósito que, además, accediesen a la información que reúnen los espías. Y que la empleasen para tener ventaja sobre otras empresas. O que la Administración y las corporaciones norteamericanas hiciesen lo mismo con fines comerciales. ¿Hay garantías de que no es así? Desde luego es una posibilidad. Y una certeza que tenían las grandes empresas extranjeras y las naciones más desarrolladas cuando Edward Snowden denunció la vigilancia digital de EE.UU. ¿Qué otra razón había para que la NSA espiase a la Unión Europea o a la petrolera brasileña Petrobras?

En nuestras manos (nunca mejor dicho) está romper la baraja de esta partida que vamos perdiendo. Apartándolas del teclado o aprendiendo a encriptarnos. Snowden, Binney y otros muchos desertaron de la NSA. Nosotros podríamos fugarnos de los batallones de trabajo de las redes. Eso mismo proponía el ciudadano que era espía (el énfasis es mío).

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– ¿Cuánto tiempo tendrá que pasar para que todo el mundo luche por sus derechos de privacidad?

– Todo el mundo usa Facebook o…
– [Interrumpe] Yo no.
– ¿Telefonía móvil, correo electrónico?

– Bien, eso sí. Pero eso es todo. Aunque lo preocupante es Facebook, sin duda: hay millones de personas alimentando sus redes a diario. Trabajando para ellos. Y sin cobrar. Nos pueden manipular a su antojo: la gente trabaja para ello. Y yo no trabajo gratis, amigo. Mandaremos a la mierda el sistema de toda esa gente si nos vamos con nuestro dinero a otro lado: dejemos de invertir en Facebook, y Facebook se verá obligada a cambiar su política de datos. Votamos con lo que decimos, pero también con nuestro dinero: modificar las constituciones es muy complicado pero llevar nuestro dinero a otros lugares, no.

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Algunos autores recomiendan nacionalizar la minería y el perfilado de datos. Son medidas políticas que, por sentido común, se aplican a los recursos energéticos o a la información estratégica de un país. Parece de locos que el uranio y el espionaje sean competencia de empresas extranjeras. Por eso los expertos proponen que los países desarrollen redes nacionales.

Los entendidos aconsejan que la tecnología sea de código abierto (para saber qué hace) y garantizar que las bases de datos tengan acceso libre. No inmediato, claro. Trascurrido cierto tiempo y debidamente anonimizados, deberíamos poder analizar los datos que generamos. No solo por lo mucho que los investigadores podrían descubrir. También como medida de prevención, igual que hacen las democracias con los archivos de secretos oficiales. Si no se abren nunca, los cadáveres que ocultan se pudren. Y acaban corrompiendo las instituciones.

Es difícil que los políticos y periodistas, presos como están de las redes, defiendan la soberanía tecnológica. Ni siquiera la tienen en mente, porque está absorbida por sus cuentas de Twitter. Lo cual deja la pelota en nuestro tejado. Más bien, en nuestro bolsillo. Ahora financiamos al hermano mayor Estado y al hermanastro Mercado. Podríamos dar, al menos una limosna, a quien nos regala y abre las herramientas informáticas. A quien nos defiende de los parientes abusones. De nuevo, el código libre y abierto es el que único que da libertad. Por algo lo utilizan los espías: para evitar que les espíen.