Las elecciones generales han teñido aún más de azul el Parlamento, pero no han clausurado las principales plazas de las ciudades y de los pueblos. Estos son
precisamente los lugares en los que se han producido las transformaciones culturales más interesantes de los últimos meses en nuestro país. Allí se encuentran algunas de las mayores herramientas de cambio que muchos de los ciudadanos disconformes
tienen en su mano: la posibilidad de modificar sustancialmente las formas de comunicación, de acción colectiva y, en general, de convivencia en un mundo en el que el fetichismo tecnológico amenazaba con mantener alienadas y atomizadas muchas de nuestras capacidades sociales.
No es ocioso recordar que estas energías creativas, que comenzaron fluyendo a través de las autopistas construidas por la revolución tecnológica, desembocaron en las plazas urbanas, estableciéndose una retroalimentación entre dos ámbitos diferentes: las manifestaciones multitudinarias eran recordadas, analizadas y reorientadas en las infraestructuras de las que provee Internet; a su vez, estos soportes han facilitado un intercambio de noticias y documentos que alimentaron nuevas acciones a pie de calle.
Pero la misma permanencia en estos lugares de encuentro en la ciudad ha representado ya una acción suficientemente relevante. Los grupos de trabajo que se reunían en un corrillo en cualquier esquina de estas zonas públicas representaban un cruce entre lo mejor de lo viejo y de lo nuevo: las tecnologías de la comunicación y la información que estas ofrecen se han combinado con un ambiente en el que casi cada aspecto de la realidad se ha negociado en vivo y en directo: el asistente se veía desafiado a realizar un esfuerzo intelectual constante, en el que podía resolver sus dudas y sentirse útil solucionando las de los demás.
Otro factor inesperado hace unos meses jugaba y seguirá estando a favor de estas reuniones. Donde, por ejemplo, en el botellón la amistad, la cercanía en el vecindario o la similitud de gustos eran los principales nexos de los grupos de iguales, en las plazas han sido las inquietudes políticas y sociales las que han llevado a una dinámica colectiva bien distinta. Estas nuevas redes sociales en las que se comparten valores y normas propician con cierta facilitad relaciones estables entre sus miembros –en las que los compañeros de viaje se hacen también amigos, estableciendo lo que se denomina como “redes múltiples”-. Son núcleos generadores de lo que se ha llamado
“capital social” y que se puede traducir, para este caso, en flujos de información y conocimiento imprescindibles para continuar con las movilizaciones y conseguir resultados.
Pero no todo se podrá resolver a través de las plazas a partir de ahora. Si bien estos puntos son los escenarios ideales para la puesta en marcha de lo que el filósofo
alemán Jürgen Habermas denominó la acción comunicativa, es decir, el comportamiento que busca principalmente el entendimiento con los demás, es preciso plantearse también la posibilidad de llevar a cabo, sin rémora alguna dadas las circunstancias, lo que podríamos denominar acciones informadas: iniciativas colectivas que partan de un conocimiento compartido sobre lo que está pasando, pero también de un esfuerzo personal por adquirir las destrezas intelectuales necesarias para una adecuada interpretación de la realidad. Se trata de un comportamiento que requiere un asumible proceso de cualificación y que hará evolucionar mentalmente a los ciudadanos y participantes, que con sus acciones posteriores contribuirán también a la modificación de la realidad social.
Tomarse en serio el movimiento supone, por tanto, aceptar la obligación moral del estudio y el trabajo de los asuntos sobre los que se debata en las asambleas y grupos. No obstante, todo tiene sus límites: un movimiento meramente formativo, sin acciones concretas, está condenado a generar grupos eruditos en cierto modo marginales. Pero las cosas pueden salir aún peor: un colectivo que actúe de manera demasiado cortoplacista o sin la suficiente reflexión puede entrar en dinámicas de
estímulo-respuesta en las que las nuevas autoridades públicas se pueden mover a placer. En este sentido, los medios de comunicación han mostrado durante el pasado verano una sucesión de concentraciones, enfrentamientos con la Policía, protestas por las cargas del día anterior, nuevas cargas… Un círculo del que resulta difícil que se salga con el apoyo social mayoritario que este movimiento requiere para su avance.
Por estas razones, la variable clave aquí es la información y su calidad. Si queremos protagonizar una segunda transición, hemos de tener en cuenta que no se socializará
la riqueza si primero no se distribuye el conocimiento. Una sociedad de la información en la que la mayoría no se entera de lo que está pasando no es más que el sueño de una civilización que duerme. Hace falta, todavía, un nuevo cambio de actitudes, una revolución dentro de la protesta que convierta los lugares de encuentro en auténticas universidades populares preocupadas por los niveles de instrucción necesarios para llevar a cabo los cambios que hacen falta.
Esta nueva fase debe comenzar con las protestas que se van a generar por los nuevos recortes que lidera el nuevo Gobierno del Partido Popular y que ya llevamos un tiempo viviendo en muchas de las autonomías del Estado. Si queremos cambios cualitativamente importantes, tendremos que merecerlos más que nunca. Nos encontramos, de nuevo, ante el momento de la verdad. ¿Estaremos a la altura?
Quizá dentro de bastantes años recordemos con nostalgia el tiempo durante el que pudimos disfrutar, como lectores o colaboradores, de PÚBLICO. Si los peores augurios se cumplen, el liberalismo habrá dado su enésima estocada al propio liberalismo; el mercado de las ideas seguirá controlado por solo tres o cuatro valedores de un laissez faire que se tornará esquivo y dificultará el crédito bancario al que ose disentir en cierto grado de la doctrina oficial. Y no olvidemos que las financieras son las actuales armas de destrucción masiva. Para eso tenemos a un ministro proveniente de la gran banca y a otro de la industria armamentística, por si fallara el primero de los dos…
No nos quitarán, desde luego, aquel rato de septiembre de 2007 en la Casa de Campo de Madrid, con el otoño estallando, Jaume Roures en vaqueros y Nacho Escolar
prometiendo modificar el aburrido panorama periodístico español con una oferta diferente de contenidos. Y lo consiguieron, con todos sus directores, con todos sus defectos: éramos muchos los periodistas jóvenes que soñábamos con formar parte de este proyecto. Por eso y porque para algunos se nos hizo real, desde este blog agradecemos a unas cuantas personas esta enorme oportunidad, además de una
amabilidad y una educación (y es que hoy los modales se baten en retirada) que no habíamos conocido antes en esta piscina de pirañas que es el periodismo nacional.
Quedan muchas reflexiones por hacer. La gente de izquierdas, las personas creativas, los que quieren hacer algo nuevo o cambiar las cosas, también se equivocan. A este diario le hemos pedido que lo cubriera casi todo: que narrara favorablemente la revolución boliviariana y al mismo tiempo sacara a la luz los desmanes de Esperanza Aguirre; que destapara parte del Gürtel y nos enseñara economía con Vicenç Navarro o Juan Torres; que nos recordara que IU sigue existiendo y que podemos imaginarnos a nuestro probable Rey Don Felipe de Borbón como futuro candidato del Partido Monárquico al Congreso de los Diputados…
Muchos productos fracasan al no acertar con el público objetivo. Quizá el futuro sea el digital, es posible que los jóvenes más rebeldes prefieran leerlo todo por Internet, sin gastar papel. También lo queremos siempre todo hecho inmediatamente ante nuestros ojos: un 15M que haga una revolución en seis u ocho meses; un diario que muestre la verdad y lo que queremos oír; partidos que tengan las respuestas a los problemas de la sociedad, que sean de masas y asamblearios al mismo tiempo…
Deberíamos dejar de vez en cuando de exigir pasivamente tanto y darnos cuenta de que estamos hechos todos de la misma pasta: los sátrapas financieros de Goldman y el ansioso ciudadano que por tener un 7% de rentabilidad se arriesga a perder sus ahorros son igualmente humanos. La burbuja la inflamos entre todos y el posible cierre de este sueño no se puede solamente imputar a una maniquea conspiración
neoliberal. Es una señal de que algo va bastante mal y de que las cosas se están poniendo peor, económica y democráticamente.
Lo que le ocurre a PÚBLICO y fulminó a la sietemesina LA VOZ DE LA CALLE va a seguir sucediendo: no es este el capitalismo de las películas de Frank Capra ni el del New Deal; el Estado del Bienestar nos sobra ya porque los bancos necesitan pagar con él la depreciación del suelo y el ladrillo que nadie compra; sentimos cómo nos sangra el ya claro y manifiesto gobierno de las corporaciones… Por todo esto deberíamos dejar de llorar y mirar adelante con alternativas que se adapten a las difíciles condiciones que estamos viviendo. Para el camino que aspiramos a recorrer no nos sirve la actitud del individualismo televisivo, del cerebro acostumbrado al lenguaje del videoclip y a la Playstation. Por eso tenemos que cambiar determinadas actitudes:
- Podemos pensar que las dificultades que afronta PÚBLICO, como las que han acabado con WIKILEAKS, son una señal de que sus trabajadores y directivos lo
han hecho bastante bien. ¿Por qué triunfan otros diarios con menos lectores? ¿Por qué tenemos cuatro opciones periodísticas en papel a la derecha de EL PAÍS? Los galos no tienen la culpa de sucumbir a las trescientas invasiones romanas. Por lo menos en la pequeña aldea no se jalea la cuestionable práctica de la prostitución…
- La Red sigue siendo una oportunidad y el producto sigue vivo: hay una fuerte demanda manifiesta y latente. Existen muchos colaboradores altamente
cualificados dispuestos a formar parte del proyecto que continuará. La sensación de que esto es más que un diario de información y opinión la tenemos muchos: puede aspirar a ser un movimiento social informativo en el que se realicen las inquietudes de muchos ciudadadanos.
- Muchos nos hemos marcado ideológicamente en esta y otras experiencias periodísticas. Esto nos supondrá probablemente problemas para el futuro. ¿Y qué? ¿En qué se basa nuestro modelo de triunfo personal, vital, social? Los que escribimos seguiremos aquí y donde nos lo permitan: donde la libertad de expresión se cumpla y nos dejen decir lo que pensamos, lo que nos duele y por qué nos sentimos de
modo diferente a los que se definen como normales y que no pueden serlo, como dijo alguna vez Herbert Marcuse, “en un mundo que no es normal”.
- Si Marx atribuyó los cambios en las ideas a las modificaciones en la infraestructura económica, otro sabio, Max Weber, creyó en el potencial de cambio de las primeras sobre la realidad social. Los dos siguen cabiendo para esta aventura. Nos pueden quitar un papel o una pantalla, pero a este 1984 al que nos aproximamos tres décadas más tarde llegamos con la lección aprendida y muchas ganas de incordiar. Solo falta que sepamos ponermos mínimamente de acuerdo.
Muchos queremos pensar que PÚBLICO encara a partir de ahora una segunda fase. Creo que solo podemos estar agradecidos a quienes se han dejado los cuernos todos los días por mantener abierta esta ventana a otro punto de vista. Esperemos que no se cierre del todo la noche en este país, tantas veces golpeado por el mazo y por el sentido común, siempre más común que con algún tipo de sentido.