Opinion · Con M de

Mi nombre es Thomas

Ilustración de Juan Gallego (@juangallegopint)

Mi nombre es Thomas y nací en Acra hace 50 años. Soy el sexto de diez hermanos de una familia pobre. Mi padre era pobre. Mi madre era pobre. Me dije: “Yo no seré pobre”. Partí en un largo viaje a través de África, dejando a mi mujer y mis tres hijas detrás. En el camino tuve un accidente y pasé un tiempo en el hospital. Me encarcelaron en Libia. Trabajé desactivando minas en el desierto. Perdí todo mi dinero y volví a ahorrar trabajando en el mar. Quería llegar a Europa.

En 2002 llegué a Lanzarote. Éramos 39 en una patera. Estuvimos 40 días en un centro de detención y después nos trasladaron a Madrid. Pregunté a otros inmigrantes dónde podía encontrar a compatriotas de Ghana y me dijeron que en Móstoles. Fui a Móstoles, pero allí nadie quería ayudarme. Me dijeron que podría encontrar trabajo en Almería y marché a Roquetas de Mar.

Trabajábamos todo el día de rodillas, con la cosecha, y en los invernaderos. El calor era insoportable en los invernaderos. Nos daba 27 euros al final de la jornada. Un día llegué al trabajo pronto por la mañana y bueno, no se si esto debería contarlo… El capataz se llamaba Juan y estaba sobre una de las mujeres, una rumana. Se disgustó mucho de que le descubriera y a partir de entonces su trato empeoró. Me decía que no trabajaba bien y que me iba a despedir.

Me marché a Italia. Pero allí no tenía documentos y no podía trabajar. Cogí un tren de vuelta. No tenía dinero y no pude comprar el billete. El revisor me echó del tren cerca de Montecarlo. Cuando finalmente llegué a Barcelona no tenía dónde dormir. En la estación de Sants conocí a un hombre que me llevó a un edificio abandonado, donde vivían okupas. Estuve ocho meses viviendo con ellos. Todos consumían drogas. Me invitaron a probarlas. Me hacían sentir feliz. Me inyectaba heroína y fumaba crack. Después de un tiempo, no podía parar. Me había convertido en un adicto. En la casa de los okupas conocí a María. Íbamos juntos a robar cosas a El Corte Inglés y después las vendíamos para comprar drogas.

La gente del Gobierno vino al edificio y nos dijo que teníamos que marcharnos. Nos dieron 50 euros a cada uno para que buscáramos una pensión donde dormir. Poco después Zapatero nos dios papeles (la regularización de inmigrantes de 2005). Estábamos muy contentos con Zapatero, aunque luego nos enfadamos mucho con él. Por lo de la crisis y todo eso. Por entonces yo fumaba crack todos los días y no podía trabajar. Le presté mis papeles a un amigo.

Tenía paranoias y no podía parar de consumir drogas. Los sábados iba a un centro a tomar metadona. En el centro médico me ayudaron. Conseguí dejarlo y conseguí un trabajo descargando mercancía en un supermercado Lidl. Trabajé en la puerta 13 durante tres años. Ganaba cerca de 900 euros al mes. Podía mandar algo de dinero a casa para mis hijas.

Todo iba bien.

Conocí a un compatriota que trabajaba en una fábrica de armarios metálicos. El dinero era mejor aún. Cobré el finiquito del supermercado y me fui a trabajar allí por 1.200 euros al mes. El encargado de la fábrica me tenía cariño. De vez en cuando me pedía dinero y yo se lo prestaba. Siempre me lo devolvió. Si trabajabas en días de fiesta, te daban 100 euros extra. El encargado siempre me escogía a mí para ir los fines de semana. Llegué a ganar 1.600 euros al mes.

Todo iba bien.

Me llamaron de Caja Madrid (Bankia). Tenía mi nómina allí. Me dijeron: “Tenemos un crédito para usted, para que se compre un coche”. Nunca me había puesto detrás de un volante. Les dije que no sabía conducir. No importaba, me dieron un crédito de 6.000 euros de todas formas. Abrí otra cuenta en el banco Santander. También me llamaron para ofrecerme un crédito. Me dieron otros 6.000 euros. España vivía el boom de la construcción.

Todo iba bien.

La gente se compraba una casa y la vendía dos años después por mucho más. En 2006 un amigo y yo nos juntamos y pedimos una hipoteca a 20 años para comprar un piso en Sabadell. Nos costó 180.000 euros. Tenía tres habitaciones y estaba cerca de la fábrica de armarios metálicos donde trabajábamos. Alquilamos una habitación y nos instalamos en las otras dos.

Entonces llegó la crisis. Los primeros en ser despedidos de la fábrica, en 2009, fuimos los inmigrantes. A los españoles trataron de retenerlos, aunque algunos también perdieron su trabajo. Fui al banco y le dije a la señora de la sucursal que no podía pagar la hipoteca porque había perdido mi trabajo. Me dijo que no había problema, pero que si no pagaba la deuda crecería y cada vez sería mayor. Nos dejaron quedarnos en casa un año. Un día estaba bajando la basura a la calle cuando me encontré con varios hombres vestidos con trajes. Me dijeron que si no dejaba la casa llamarían a la policía. No quería problemas, así que me marché. Perdí mi casa.

No había manera de encontrar trabajo. Ni siquiera los españoles podían encontrar uno. Empecé a beber. Me fui a Alemania y encontré un trabajo atendiendo los baños de un restaurante de carretera. Las propinas eran buenas. Había días que ganaba 80 euros. Pero me gastaba la mitad en los bares por la noche. Compraba una botella de vodka y me la bebía antes de salir. No quería estar triste. Si no bebía, era incapaz de hacer nada y me guardaba todo dentro. Solo cuando bebo me siento vivo. Enfermé y no tenía cobertura sanitaria en Alemania, por lo que tuve que volver.

Me instalé en San Sebastián. Dormía en la calle. Compraba marihuana a 15 euros y la revendía a los turistas por 25. Estuve un tiempo en San Sebastián y después me marché a Madrid. Aquí conocí a Mandela, mi hermano y amigo. Me dijo que podía unirme a él y a otros inmigrantes que dormían en el parque. Mi cama eran cartones. Desde entonces vivo en la calle. A veces voy al albergue de San Juan de Dios. En el albergue me tratan bien, pero la mayoría de los que acuden allí son drogadictos. La gente escupe en el suelo. Ahora duermo bajo el puente [señala el hueco bajo el Acueducto de Amaniel, en la avenida Pablo Iglesias de Madrid]. Esta es mi casa. Tengo un colchón, una manta y un paraguas. Todo lo demás, todo lo que tengo, está en esta maleta azul. Un poco de ropa. Algún recuerdo. No tengo mucho.

Gano algo de dinero ayudando a la gente a aparcar. Hay gente que da dinero y otra que no. Yo les hablo a todos con respeto. Soy tímido, pero cuando bebo puedo hablar con la gente. Los españoles son generosos. La gente aquí tiene más empatía. En Alemania, Francia, Holanda… nadie te ayudaba. Piensan que es algo que debe hacer el gobierno. Con el dinero que me dan compro algo de comida, desodorante y algunas cosas más.

Hace poco vino a verme mi hermano, que trabaja en Londres. Cuando vio donde vivía, las lágrimas empezaron a descender por sus mejillas. Estuvo dos días en Madrid. Me dijo: “Thomas, ¿cuánto cuesta alquilar una habitación? No puedo soportar que vivas debajo de un puente”. Le dije que no necesitaba su ayuda. Que volvería a recuperarme, dejaría el alcohol y tendría mi propio hogar. Él insistía. Le dije: ¿Y por cuánto tiempo podrías pagar mi habitación?” Voy a salir de esto solo.

Mi mujer se divorció de mí y mis hijas viven en Acra. Tienen 21, 19 y 13 años. Los sábados nos escribimos por WhatsApp. A ellas no les puedo decir la verdad. No saben que vivo bajo un puente. Les haría sentir muy tristes. Hace dos meses me dijeron que mi madre había muerto. Tenía 80 años. Ella nos sacó a todos adelante. Mi padre venía de trabajar, comía, rezaba, leía el periódico y se iba a dormir. Quería mucho a mi madre. De pequeño me decía que debía estudiar. Pasé los cursos de primera y secundaria, pero suspendí el examen para el siguiente nivel. Nunca fui un niño brillante. Pero no le he hecho daño a nadie. Solo he fracasado.

¿Por qué no puedo dejar de beber? Tengo que salir adelante. Sé que puedo. He ido a un centro de desintoxicación. La gente camina como zombies, te dan pastillas, comes todo el tiempo. Duermes todo el tiempo. No puedo soportarlo. Me digo que no voy a beber más. Todo va a salir bien. Thomas, no siempre vas a vivir debajo del puente. Viene gente a verme y me dicen: “Thomas, tú no perteneces en este sitio”. A veces me levanto a las tres o cuatro de la mañana, cuando todo está oscuro y en silencio. Pienso en los errores que he cometido en mi vida. Me digo que en cuanto amanezca los solucionaré, pero entonces sale el sol y no encuentro las fuerzas. Rezo y pido a Dios que me devuelva las fuerzas para volver a empezar.