A favor del popurrí

24 Sep 2009
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A los espectadores que acudimos en 2001 a ver en España El hijo de la novia, la primera en llegar de las películas del exitoso tandem Campanella-Darín, se nos entregó junto a nuestra entrada un glosario de términos argentinos. Se presuponía —y con razón— que el espectador ibérico necesitaba asesoramiento frente a palabras como “bancársela”, “morfar” o “chorro”. A día de hoy, con bastantes más horas de cine latinoamericano proyectadas en pantallas españolas, el uso de ese glosario resultaría quizá tan irrisorio como los ruedines de las bicicletas infantiles, que tan útiles nos fueron en su momento.

Viene a cuento aquí mencionar al escritor italiano Carlo Emilio Gadda para hablar de un tema que atañe a los más de 400 millones de hispanohablantes: el de las variantes dialectales y su interactuación. La escritura de Gadda se aleja del toscano oficial y hace uso de todos los dialectos de la lengua italiana, que son muchos y sorprendentemente distintos entre sí. En sus fábulas, así como en su novela El zafarrancho aquel de Vía Merulana, encontramos diálogos delirantes entre personajes que van alternando audazmente términos y modismos sicilianos, napolitanos, florentinos y de otras zonas de Italia.

No parece descabellado emular a Gadda y dejar caer, en cualquiera de nuestros escritos o conversaciones, un chèvere, un a la chingada, un bacanísimo o un cachai güevón sin darle mayor importancia, pensando que cada nueva expresión aprendida es un complemento más para usar en nuestro día a día lingüistico. Aprovechémonos: el uso del lenguaje sigue siendo gratis.