Rosendo: el único Mercado del que te puedes fiar

26 Abr 2017
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Pablo Carmona (@pblcarmona) e Isidro López (@suma_cero)

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Corría el año 1978 y la periferia de Madrid era un mar de chabolas. Estaba en plena negociación lo que un año después se concretaría en el Plan de Remodelación de Barrios. Los 28 barrios madrileños con mayores necesidades habitacionales lograron arrancar, gracias a la movilización, un plan de construcción de vivienda: más de 36.000 viviendas para una población de 150.000 personas. Buena parte de las periferias de Madrid tomaron su forma actual gracias a aquel programa.

El final de la década de 1970 y la década de 1980 estuvieron marcados por la crisis global que afecto con enorme virulencia a las clases trabajadoras. En España, más de 40.000 expedientes de regulación de empleo se concretaron en cifras de paro espectaculares. Sólo en Madrid, en 1982, había más de 300.000 personas en paro, los porcentajes de desempleo superaban el 20% y en el caso de los jóvenes el 40%, e incluso el 50%. De aquellos años queda en el recuerdo la ola de desposesión que acompañó a la crisis. No sólo los datos de paro fueron tremendos. La epidemia de heroína alcanzó a decenas de miles de jóvenes de jóvenes. En 1984 había en España más de 125.000 yonquis.

Años de paro, de drogas pero también de rock. Años de vida de barrio; en los que las comunidades obreras de toda la periferia veían llegar la democracia en condiciones materiales y sociales de crisis. No fue un fenómeno exclusivo de Madrid. Pasó en otras ciudades de Europa. La derrota de las comunidades obreras, cargadas en muchos casos de un nuevo sustrato contracultural, en su envite revolucionario del ‘68 y de los años posteriores, vino acompañado de una contestación temprana. El protagonista fue el punk, que ya preveía la llegada de un régimen neoliberal, en el que los barrios obreros y, muy especialmente, los jóvenes, iban a ser golpeados en sus más íntimas aspiraciones vitales. El punk fue un llamamiento al “hazlo tu mismo”, a la autogestión y a la segregación consciente de un mainstream cada vez mas colonizado por el dinero. Frente a este poder ascendente de las finanzas, el punk creaba comunidades juveniles en resistencia no asimilables a los modelos culturales dominantes.

En Euskadi, donde la Transición tardó mucho mas tiempo en cerrar la restauración del sistema político, el punk, también conocido como Rock Radical Vasco, con grupos como Kortatu y La Polla Records, se convertiría en el catalizador de la emergencia de toda una escena libertaria y autónoma hecha de fanzines, radios libres, comics, sellos independientes y okupaciones, los famosos gaztetxes.

El relato oficial cuenta que en aquellos años en Madrid existía algo llamado “La Movida” que seria el equivalente al punk en esta ciudad. Sin embargo, independientemente de que en aquella “movida” entraran expresiones musicales y artísticas interesantes, esa no deja de ser una versión complaciente, incluso funcional al nuevo régimen salido de los pactos del ‘77-78. La Movida presentaba a un puñado de jóvenes de las clases medias emergentes gozando de las libertades post franquistas. Una imagen cultural a la medida de los ganadores de la Transición, que daría lugar a una nueva élite cultural. Una imagen que todavía hoy se mantiene sin mucha crítica.

El verdadero punk madrileño fue el llamado Rock Urbano, un rugido atronador que provenía desde las periferias olvidadas. Un grito de denuncia fuertemente influido por el Hard Rock y el Heavy, que hablaba de desencanto y de pasotismo, pero también del barrio. El barrio como reducto de resistencia ante el panorama nihilista que dejaba la heroína y la derrota de los movimientos obreros. Leño, y muy especialmente, Rosendo Mercado, fueron una de las mejores representaciones de este fenómeno cultural.

El primer referente del rock urbano vino con Burning. Los Burning abrieron el camino en la Transición, entre la contracultura que llegó a España a finales de los años sesenta y el movimiento heavy que ocupó buena parte de la escena musical madrileña en los ochenta. En esa transición estuvo la banda Leño (formada en 1978), junto a otras como Topo, Asfalto, Obús o Barón Rojo y en paralelo a las rumbas y los sonidos gitanos que desde Bambino a Los Chunguitos sirvieron de banda sonora de la juventud de los barrios.

Rosendo Mercado, líder de los Leño es un verdadero superviviente de aquellos años, un artista que ha sabido mantener en sus canciones el alma de aquella época y que siempre supo dar un reconocimiento a la vida cotidiana de aquellos momentos tan difíciles. Leño ancló en la identidad de las periferias madrileñas un imaginario de encuentro los jóvenes trabajadores y trabajadoras de los barrios de periferia.

Las letras de Rosendo han cantado a las drogas (LSD), “si controlas, serás feliz” decía su archiconocido El Tren; también escribió letras críticas con  la opresión, como Cucarachas asesinas. Otras como Maneras de Vivir o Flojos de Pantalón apelaron a una sociedad libre y crítica con la alta sociedad rosa y sus nuevas formas cortesanas.

En la sociedad de la corrección política y las guerras culturales, donde las letras deberían siempre parecerse más a los dictados de las buenas costumbres que a las fotografías de la realidad, Rosendo y los Leño siempre fueron expresiones que atendían a las realidades emergentes de los barrios donde la cárcel, la delincuencia, el uso de las drogas, la vida en el paro y el señalamiento de sus responsables estuvieron siempre presentes.

Sin duda hoy temas como El Tren serían susceptibles de una buena batalla cultural, al igual que la participación de Barricada o La Polla Records en las fiestas populares municipales de los años ochenta. No menos reprobación, seguro, merecerían hoy para muchos las palabras de Tierno dedicadas a los Rockeros “Quien no esté colocao que se coloque”. O el hoy homenajeado Muelle, escritor de paredes madrileño y fundador del estilo flechero.

Recientemente asistimos a una curiosa e interesante polémica en torno a la colocación de un busto en homenaje a Rosendo Mercado en su barrio, Carabanchel. Rosendo en persona escribió una nota para explicar las causas por las que él consideraba que no se merece un busto, monumento que suele dedicarse a los muertos. Llamaba a este nuevo ayuntamiento a dedicarse a la resolución de los muchos problemas que tiene la ciudad. El asunto dio lugar a un articulo en El Pais en el que se ponía en discusión si los homenajes a Rosendo están más allá de Rosendo y pertenecen a sus fans. En cualquier caso esta polémica, revelaba una paradoja, cuanto más rechaza los homenajes Rosendo mas merecedor se hace de ellos.

Madrid ha sido una ciudad donde la burguesía nunca ha tenido un proyecto cultural, a diferencia sobre todo de Barcelona y de las ciudades vascas. Esto ha dado como resultado una ciudad rica en dinámicas culturales y sociales autónomas y desconectadas de la cultura del poder. Un estado de animo que Rosendo ha representado a la perfección, y que hace que a sus conciertos vayan tres generaciones de madrileños y madrileñas. El de Rosendo ha sido un Madrid no oficial, de chulería y de modestia a partes iguales, de descreimiento y rebeldía, y siempre, loco por incordiar.

 

* Pablo Carmona es concejal por Ahora Madrid; Isidro López es diputado autonómico por Podemos Comunidad de Madrid.

 

 


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