Opinion · Contraparte

Frente a la restauración y al miedo: ¿cuál es el verdadero voto útil?

Marisa Pérez Colina (La Bancada-Madrid en Pie Municipalista)

Dos síntomas delatan a mi juicio una peligrosa tendencia hacia un cierre gobernista y neoliberal respecto al desafío de ruptura democratizante que en su día propuso el movimiento municipalista: la fiebre restauradora y las palpitaciones del miedo.

Respecto a la fiebre restauradora, una imagen: la de los militantes socialistas celebrando en la calle Ferraz la victoria del PSOE en las pasadas elecciones generales al grito de “Sí se puede”. Toca recordar que este grito que en nuestro país remite principalmente al coraje del movimiento de vivienta, al “Sí se puede pero no quieren de la PAH“.  Fue el grito de guerra de Dolores Huerta, esto es, el de los trabajadores agrícolas hispanos de Estados Unidos cuya lucha arrancó en los sesenta mejores salarios y condiciones de vida más dignas en los campos de California. Este sí se puede que da calor y fuerza a los de abajo (ya sean peones agrícolas de origen migrante discriminados en EEUU o desahuciadas, también mayoritariamente migrantes, en España) para entablar la desigual batalla con los de arriba (ya sean empresarios agrícolas o instituciones financieras), ha sido reapropiado por las fuerzas gobernistas, de Obama a Macri pasando por el PSOE. Algunxs pensaréis, escandalizadxs: pero ¡no es lo mismo unos que otros! No, no es lo mismo la socialdemocracia y la extrema derecha, y no me gustaría minimizar el peligroso auge de esta última. Pero sí coinciden, por desgracia, en dos cuestiones esenciales. La primera, que todos ellos creen en la política-representación de los mejores o los oligarcas frente a la política-contrapoder, esto es, frente a los conflictos que pretenden subvertir relaciones de dominio y destruir las condiciones de su reproducción. En otras palabras: autonomía de lo político frente a autogobierno de la autonomía.

La segunda, que todos obedecen al orden neoliberal actual, esto es, a la economía entendida como dispositivo destructor de las condiciones materiales de vida de las personas y favorecedor de las condiciones de acumulación de capital. Pero ¿por qué hablamos de restauración? Restauración en España remite históricamente a la vuelta al orden (monarquía, constitución, bipartidismo, liberalismo) entre los sueños emancipadores de dos repúblicas. Restauración significa hoy, a escala estatal, el cierre en torno al statu quo del 78 (monarquía, constitución, bipartidismo, neoliberalismo) frente a la transformación democrática soñada en el 15M. A escala municipal, la fiebre restauradora se pliega a la gestión de lo que hay (pelotazos urbanísticos, polarización social, desigualdad, desahucios, destrucción del vínculo social), frente a lo soñado en el 2015: un modelo de ciudad al servicio de las condiciones materiales de vida de sus habitantes.

Volviendo al “Sí se puede” del 28A en la sede de Ferraz, este podría entenderse, entre otras interpretaciones posibles, como la celebración de haber logrado frenar el avance del denominado trifachito. Tal exaltación no respondería entonces a las pulsiones alegres de una apuesta de transformación, sino, más bien, a las morbosas palpitaciones del miedo. Por supuesto, no cabe menospreciar los legítimos motivos del miedo a las nuevas derechas y a sus terroríficas propuestas ya no de restauración, sino de involución. Involución respecto a los derechos de las mujeres y las disidencias sexuales y/o de género; respecto a los derechos de las personas migrantes y racializadas; respecto a la seguridad entendida como cultura disciplinaria y punitiva en vez de como economía de acceso a los recursos que hacen la vida posible (y de resultas, segura). Pero el miedo en política es una emoción conservadora que tiende a defenderse de lo desconocido parapetándose en la resignación, en el chantaje del más vale malo conocido. Para enfrentarnos a los fantasmas reales y ficticios que remueve, es preciso ir más allá de las urgencias electorales y sus dispositivos de reducción del pensamiento a lemas o promesas. Para sobreponerse a los temores paralizantes es necesario pensar.

Pensemos: ¿la mejor forma de enfrentar los peligros reales del avance de la ultraderecha es respaldar las políticas que han abonado su crecimiento? Ahora mismo, en este país, el voto a Vox procede principalmente de las clases medias y altas, y se muestra abrumadoramente masculino. Si seguimos la evolución de los partidos de la extrema derecha europea, su extensión a las clases populares y entre las mujeres sería solo cuestión de tiempo. En Francia, por ejemplo, el Frente Nacional (ahora Agrupación Nacional) alcanzó el 33,90% de los votos en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales del 2017. La histórica reticencia de las mujeres a votar a la extrema derecha en el país vecino empieza a difuminarse en el 2012: en ese año mujeres y hombres tuvieron el mismo comportamiento de voto entre los votantes de clase obrera, esto es, el 30,9% del total de apoyos cosechados por el partido. No cabe hacer en este breve artículo una exposición mínimamente rigurosa de las razones de tal evolución. Pero dejémonos tentar, al menos, por los interrogantes que abre: ¿el aumento de los trabajadores pobres puede favorecer una mutación del sentimiento de abandono de unas vidas sin futuro en rencor xenófobo y racista? ¿La frustración de cada vez más mujeres precarizadas puede acabar aferrándose a la falsa tabla de salvación de la identidad nacional? ¿Una economía subordinada a los intereses de los inversores financieros e inmobiliarios en vez de a las necesidades de reproducción del tejido social puede sembrar un desafecto hacia lo político susceptible de transformarse en una antipolítica neofascista?

Si declinamos estas preguntas a escala madrileña, todas las respuestas nos llevan al voto útil: esto es, al voto que permita clavar en el centro de la diana política las transformaciones que necesitamos para cambiar el modelo de ciudad neoliberal por uno, diametralmente opuesto, que priorice las condiciones materiales de existencia de quienes habitamos Madrid. Este es el cambio que se propone desde Madrid en Pie Municipalista (MePM). El tránsito hacia un espacio de convivencia feminista, esto es, hacia un ecosistema social que no deje fuera a nadie y combata la desigualdad; hacia un urbanismo que garantice el acceso a la vivienda y detenga la destrucción de la vida barrial; hacia una subjetividad social que ponga en el centro la pluralidad; hacia una economía que se articule en torno al reparto de la riqueza mediante impuestos progresivos, remunicipalización de servicios públicos o impulso a la diversificación productiva frente a monocultivos depredadores como la turistización. Todos estos grandes propósitos se concretan, obviamente, en medidas específicas en el correspondiente programa de la coalición.

Pero los programas, como todo el mundo sabe, se los puede (y se los suele) llevar el viento. Las “sugerencias” programáticas nunca pesan lo suficiente frente a los lobbies que aún gobiernan nuestra ciudad. Salvo que, y esta es en realidad la diferencia de la coalición de MePM, la diferencia radical por la que apostamos firmemente desde La Bancada, se acometa el desafío del tránsito fundamental: el paso de una representación de la política a una política de autogobierno real. En otras palabras, se trata de recuperar los retos planteados por el municipalismo. Para este, el compromiso de la pata institucional es ponerse al servicio de los conflictos que se producen en la ciudad. De los espacios de organización que, desde los distintos malestares (precariedad, vivienda, violencias de género, fronteras internas…) producen propuestas de cambio emancipadoras. Una pata institucional subordinada a la capacidad de la cooperación social autónoma, cuyos recursos (centros sociales, por ejemplo) debe comprometerse a reconocer y fortalecer.

Para empujar hacia ese tránsito de modelo de ciudad, MePM necesita obtener el 5% de los votos que le permita acceder al ayuntamiento madrileño con al menos tres concejales. Tan solo 80.000 votos. Entre esos 80.000 quizá no estén los de las personas principalmente movilizadas por el miedo a la derecha pero deberían, porque estos son precisamente los votos capaces de reforzar un bloque “de izquierdas” que detenga al trifachito. Entre esos 80.000 quizá no figuren tampoco los de las personas escépticas con lo institucional o decepcionadas por la experiencia de esta legislatura pero deberían, porque es la única forma de que el 5% no logre su objetivo perverso: excluir los proyectos de transformación política radical.

Por favor: no nos dejemos seducir por la profecía autocumplida del 5%, por la pereza triste del como no vamos a llegar pues para qué intentarlo. Entre esos 80.000 tienen que estar los votos de todas las personas que aún pensamos que sí se puede y que solo necesitamos quererlo. Convirtamos el movimiento de papeletas en un momento táctico verdaderamente útil. Contra la restauración y frente al miedo, sacudámonos de renuncias y chantajes matemáticos y apostemos, con coraje y alegría, por la diversidad.