Del espíritu de la Transición al de la regresión

No hay nada que celebrar. Absolutamente nada, por mucho que haya quien quiera congratularse hoy de un texto caduco que nos tiene secuestrados, como es el de la Constitución. Celebrar algo es una cosa, y otra bien distinta vivir de la renta de los últimos extertores de un consenso que escondió demasiada basura bajo la alfombra. Esa es la realidad del día de hoy, de los 39 años de nuestra Constitución.

No es la primera vez que escribo sobre la Carta Magna. De hecho, llevo años haciéndolo, lo que prueba que la necesidad de una reforma -yo soy más partidario de un proceso constituyente- no es algo nuevo, sino una imperiosa necesidad que los principales partidos que nos han gobernado (PSOE-PP) han eludido de manera muy conveniente para sus intereses. En este sentido, me viene a la cabeza la receta para una nueva Constitución que ya publiqué en 2012 y que cinco años después se ha visto aún más ratificada por la cruda realidad.

Quienes más se oponen a la reforma del texto -y aquí metemos tanto a sus opositores frontales como a los que vienen retrasándola sine die– son, curiosamente, los que más defienden el espíritu de la Transición. No se percatan, sin embargo, que defender este espíritu es, precisamente, traicionarlo. Blindar, como de hecho se está blindando, la Constitución en un intento vano por detener el tiempo en 1978 es torpedear el consenso del que tanto hablan.

El consenso social y político no se encuentra en ese blindaje, sino en la evolución de una Ley de Leyes (¿se seguirá enseñando así en los colegios?) que, de permanecer estática, lo único qe preservará es el espíritu de la regresión. ¿A dónde? A un pasado en el que tuvo sentido una Constitución -muy mejorable- que dejaba atrás 40 años de dictadura.

Hablar de la Constitución es hablar de Franco. Ese texto, tan terriblemente imperfecto hoy, nos pareció entonces perfecto, porque tras 40 años sin probar bocado de libertad, un plato de garbanzos nos pareció un cocido. Y no lo es. 39 años después, que nadie nos haga creer que lo que tenemos es un cocido completo, porque siguen siendo garbanzos y, además, con demasiados de ellos podridos. Asimismo, no podemos pasar por alto que más de un 85% de la ciudadanía (64% del censo electoral actual) no votó la Constitución de 1978.

Todos esos partidos que continúan reivindicando el espíritu de la Transición eluden afrontar la realidad, visibilizar las lagunas de una Constitución tremendamente machista, que recoge artículo de incumplimiento sistemático, que impone una monarquía y favorece a la Iglesia Católica a pesar de declararse Estado aconfesional. Quienes niegan ahora el consenso necesario para dar la cobertura social que artículos como el 135 (gracias a PSOE y PP) dinamitaron, quienes continúan favorecidos por una ley electoral injusta, pasarán a la Historia de España como quienes nos arrebataron la segunda Transición.

Me refiero, como no puede ser de otro modo, a una nueva Transición en la que ya no hablemos de padres de la Constitución, sino de padres y madres (algo que no parece que vaya por buen camino, como demuestra la ausencia de mujeres en el Consejo Asesor para el 40ª Aniversario de la Constitución, con 27 hombres frente a 6 mujeres y la exclusión de Unidos Podemos).

Hoy más que nunca hay que hablar de padres y madres de una nueva Constitución que dé paso a una democracia participativa, esa que tanto teme el bipartidismo y los nuevos partidos ultraconservadores com Ciudadanos. Todos ellos parecen haber olvidado que la soberanía reside en el pueblo, el mismo al que todos ellos sólo quieren escuchar una vez cada cuatro años. Eso se acabó, con reforma de la Constitución o sin reforma. Sea como sea, no dejarán ya de escucharnos.