Opinion · Punto de Fisión

Twitter tiene mucho peligro (y ni te cuento en Cataluña)

Hasta el año pasado no me abrí una cuenta en twitter por diversas razones, entre las que descuellan que tengo un teléfono móvil con UHF, uno de ésos que sólo llevan octogenarios como mi padre o narcotraficantes internacionales. Había también otra razón, más práctica, y era que si facebook me recuerda a una selva con sus lianas, monos, leopardos y jirafas, twitter siempre me ha parecido más bien un océano fragoroso donde los mensajes flotan inertes cual botellas de naúfragos. Mi añorado Rafael Martínez-Simancas dio una definición mucho más precisa y poética cuando dijo que se borraba de twitter porque aquello era un patio de colegio con cientos de críos cada uno jugando con su propia pelota.

Otra de las razones, y no de las pequeñas, es que twitter tiene mucho peligro: te pones a tuitear tonterías a lo loco y lo mismo puedes acabar entre rejas por el delito de terrorismo que presidente de los Estados Unidos de América. Anoche, sin ir más lejos, la configuración de buscar amigos virtuales me sugería que empezara a seguir al Dalai Lama (@DalaiLama) y al Pope Francis (@Pontifex), lo cual me llenó de inquietud metafísica, especialmente cuando comprendí que se trataba realmente de las cuentas oficiales del Dalai Lama y del Papa Francisco. El peligro principal es la confusión entre el espacio privado y el público. Las redes sociales, como los foros de internet, forman una especie de taberna multitudinaria, una barra libre universal donde las chorradas, improperios y banalidades se quedan grabadas para siempre en el ciberespacio al estilo de una psicofonía impresa.

Hace unos siete años, cuando ya era miembro del consejo permanente de la Asamblea Nacional Catalana, Quim Torra pasó de expectorar tópicos y gilipolleces sobre los españoles en el bar de la esquina a escribir tópicos y gilipolleces sobre los españoles en su cuenta personal de twitter. Eran cosas que dan vergüenza ajena y que deberían darla propia, sobre todo si uno va de intelectual y escritor, generalizaciones igual de absurdas e imbéciles que las que tachan a los catalanes de tacaños, a los andaluces de vagos y a los asturianos de devoradores de cachopos. Torra empezó a subir en el escalafón, de director del Born Centro Cultural a candidato de JxCat, y en un rapto de lucidez se le ocurrió echar un vistazo a las burradas que había dejado inmortalizadas tiempo atrás, sobre las puertas del meadero virtual. Las fue borrando una por una con mucho cuidado y una bayeta.

Todo el mundo tiene un pasado, pero con twitter, además, ni siquiera nos queda la excusa del alzheimer. Con lo cual, ayer tarde, en cuanto Puigdemont anunció que Torra era el candidato designado para sucederle al frente de la república cuántica, fueron aflorando los viejos mensajes tribales de Torra como caras de Bélmez sobre las pantallas de toda España. Tres o cuatro de esos tuits bastarían para declararlo incapacitado para el cargo, no por xenófobo, ni por insensato, sino por españolazo, porque únicamente un español de los pies a la cabeza se permitiría echar pestes así de su propio pueblo. Ya lo advirtió un poeta decimonónico, Joaquín Bartrina, catalán hasta la médula:

Oyendo hablar a un hombre fácil es

acertar dónde vio la luz del sol;

si os alaba Inglaterra, es un inglés,

si os habla mal de Prusia, es un francés,

y si habla mal de España, es español.

Mucho más peligro que Torra tiene el niño bonito del Ibex, Albert Rivera, una veleta humana que justo un día después de decirle a Mariano que le retira el apoyo al gobierno en la aplicación del artículo 155, se pone a teclear que en Cataluña hay que seguir aplicando el artículo 155. No es más que su penúltimo bandazo. Hace sólo dos semanas, Albert promovió un linchamiento público en las redes sociales al compartir en su cuenta de twitter los rostros, con nombres y apellidos, de varios profesores acusados de humillar en clase a alumnos hijos de guardias civiles. Como si en vez de líder de una de las principales fuerzas políticas del país, fuese un matón de barrio o el juez de la horca.

Ayer por la tarde, poco después de que surgieran los ectoplasmas antiespañoles de Torra, saltó la noticia de que cinco de los nueve profesores habían sido exculpados por los jueces y entonces el tuit de Albert quedó catalogado en la categoría de falsedad, aparte de la de infamia. Tanto hablar de la cultura del odio y la intolerancia de los independentistas para acabar empuñando una antorcha y poniendo carteles de caza al disidente. Hay una advertencia de Nietzsche que le calza al líder de Ciudadanos como un guante, o más bien como un guantazo: “El que lucha con monstruos debe cuidarse de no transformarse en uno”. Advertencia que, en su caso, podría acabar así: “Y el que mira un abismo, tenga cuidado de no caer barranco abajo”.