Opinion · Punto de Fisión

Mariano hace magia y Albert ve una baraja española

Había un mago argentino genial (René Lavand se llamaba) que, a pesar de ser manco, podía realizar juegos de cartas estrictamente inverosímiles. Una de sus especialidades era desparejar, a la vista del público y ante el ojo implacable de las cámaras, seis cartas -roja, negra, roja, negra, roja, negra-, para que luego, cuando las volteara muy despacio, aparecieran emparejadas como por milagro: tres rojas y tres negras. Nadie acertaba a verle el truco y aun así, Lavand subía las apuestas, al repetir y repetir la rutina cada vez más despacio. “No se puede hacer más lento” decía con su inconfundible acento porteño. Se equivocaba, porque el tribunal del caso Gürtel puede hacer el mismo truco una y otra vez, invirtiendo varios años en ir dando vuelta a los naipes. Correa, Crespo, Bárcenas, López Viejo, Sepúlveda, Mato. No se puede hacer más lento.

La prestidigitación consiste precisamente en eso, en frenar y acelerar el movimiento del sumario, como los jueces de este país donde impera la justicia de dos velocidades o justicia minipimer. Si le hubieran imprimido la misma pachorra espectacular a los acusados del procés que al rebaño descarriado de la Gürtel, Cataluña no sólo sería ya una república independiente sino que estaría formando una confederación mediterránea junto a Malta y Grecia. La prestidigitación consiste, también, en que el público mire hacia otro lado mientras se escamotean las cartas, de manera que cuando oyes “Zaplana”, en realidad te están colando los presupuestos generales del Estado, y cuando oyes “Gürtel” te están aplicando el artículo 155. Todo con la inestimable ayuda del PNV, porque cuando el PP ha necesitado una claque, un ayudante o un payaso que distrajese al personal, nunca le han faltado voluntarios.

Mariano tampoco es manco, aunque comparar a René Lavand con Mariano es una temeridad, más que nada porque el primero era un portento de elegancia, sabiduría y misterio, mientras que Mariano, en fin, Mariano sólo es Mariano. Aun así, consiguió convencer a media España de que la trama Gürtel era una ficción, luego ralentizó la boca y dijo que todo era falso salvo alguna cosa, después se sentó a declarar en el banquillo para asegurar que lo desconocía absolutamente todo, y ayer mismo batió su propio record de magia a cámara lenta tras afirmar, con la sentencia de la Gürtel despanzurrada sobre la mesa, que el PP es mucho más que 10 o 15 casos aislados. Parpadeábamos, nos frotábamos los ojos y ahí seguía M. Rajoy, más quieto que un cadáver. A ver si iba a ser el otro M. Rajoy, el de los sobres y las cuentas de la vieja. Una vez más, ante la audiencia atónita, el cadáver habló, tapando otra mentira con una verdad: por supuesto que el PP es mucho más que 10 o 15 casos aislados de corrupción. Probablemente sean miles, docenas de miles, porque a estas alturas de la movida, la única diferencia entre un saco de mierda y el PP es el saco.

Ningún otro mago en el mundo, ni René Lavand, ni Juan Tamariz, ni David Copperfield, sería capaz de presentarse así ante un país, lleno de porquería hasta las orejas, y vender la moto de sí mismo a barba abierta. Ni siquiera Gandalf habría sobrevivido a un manuscrito donde constara que entre los servidores de Mordor se encuentra un tal G. Andalf. Hay que tener no la sangre fría, sino muerta, para ir girando los naipes uno a uno -Correa, Bárcenas, Mato- y que, en lugar del envés geométrico de la casa Fournier, vayan apareciendo las jetas de Rato, de Soria y de Zaplana. Un full de Estambul, un repóker de ladrones, una escalera real de pura mafia. No se puede hacer más lento. Aplaudiendo como un loco, Albert Rivera sólo ve una baraja española.