Somalia: hambruna, caridad, hipocresía y culpa

05 Ago 2011
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Luis Matías López
Periodista

 

De repente, nos sorprendemos al saber que decenas de miles de personas (sobre todo niños, los más vulnerables) han muerto de hambre en el Cuerno de África y que centenares de miles más pueden correr pronto el mismo destino. La mala conciencia de este mundo de opulencia y derroche hoy en crisis permite convocar una conferencia internacional, acordar donaciones millonarias, organizar un puente aéreo humanitario y apelar a la caridad o la solidaridad, difíciles de distinguir en estos casos.
Mal y tarde, de forma insuficiente y cicatera, esta crisis se superará, dejando atrás, eso sí, un reguero de cadáveres. Ya proliferan los reportajes estremecedores, los análisis que explican por qué ha sido inevitable y reparten culpas: sequía, corrupción, guerra, especulación… Superada más o menos la emergencia, esta hambruna se olvidará, como tantas en el pasado, pero no se hará lo necesario para evitar que se reproduzca en el mismo o cualquier otro lugar maldito del continente maldito por excelencia.
Nos escandalizaremos, y con toda la razón, de que pueda estallar una hambruna en un planeta de 7.000 millones de habitantes en el que se producen alimentos suficientes para 12.000 millones. O de que ricos países petroleros o asiáticos compren en África enormes extensiones de terreno cultivable cuyo fruto no sirve para satisfacer las necesidades de las poblaciones autóctonas sino para cubrir las menos imperiosas de los inversores, con frecuencia ni siquiera de comida, sino de combustible. O de que la globalización convierta las materias primas en un producto tan volátil como las siniestramente famosas hipotecas subprime, sujetas como ellas a manipulaciones criminales en los mercados, con la consecuencia de disparatados aumentos de precios: entre el 50% y el 200% para el maíz, el sorgo o el trigo en Etiopía, Kenia o Somalia, los países más azotados por esta plaga.
Para hallar a los verdaderos culpables del desastre hay que mirar a este Primer Mundo, cuyos habitantes se estremecen hoy ante el espectáculo lejano y ajeno de los vientres hinchados de niños somalíes y cuyos gobernantes hacen posible un sistema brutalmente insolidario que, mientras parchea esta emergencia, ya sienta las bases para la siguiente.


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