Dominio público

Opinión a fondo

Fuga de cerebros, muerte a la inteligencia

20 Jun 2016
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Emilio Silva
Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica
www.memoriahistorica.org

En el año 1955, el director de cine José Luis Sáenz de Heredia estrena la película “Historias de la radio”. Lo que pretendió ser un homenaje al mundo de las ondas, a la importancia que tuvieron en la posguerra española los sonidos de la radiofrecuencia, es hoy una terrible y nada cómica radiografía de la España franquista, de sus enormes carencias y del atraso que supuso para nuestro país que todavía no parece haber terminado su siglo XIX.

Sáenz de Heredia fue un director adepto al régimen, mimado por el franquismo, que utilizó esa potente herramienta de radiografiar sociedades que es la máquina de proyectar luz que atraviesa celuloide La película sobre la radio trató de ofrecer una visión entrañable de la sociedad española, pero el paso del tiempo la ha convertido en un estremecedor retrato de un tiempo oscuro y reciente.

La primera de las historias que aparecen en la película es la más terrorífica de todas, porque representa mucha de la oscuridad de aquel país, cuyas sombras todavía permanecen sin iluminar. Dos inventores han creado el pistón de un motor que puede revolucionar la industria del automóvil. Necesitan 3.000 pesetas para poder patentarlo, pero es para ellos una cantidad de dinero inalcanzable. Entonces, escuchando la radio, oyen un mensaje de un programa concurso en el que se dice que la primera persona que llegue a la emisora disfrazada de esquimal, con un trineo en la mano, recibirá un premio por ese mismo importe.

Ni corto ni perezoso, el personaje que interpreta Pepe Isbert consigue de urgencia un traje de esquimal y un pequeño trineo con el que se sube al camión de un amigo (Toni Leblanc) para que lo lleve urgentemente desde la periferia de Madrid hasta el centro de la ciudad, donde se encuentra la emisora.

Cerca de su destino ambos se detienen junto a un taxi en el que  viaja otro esquimal. Isbert salta del coche a toda velocidad mientras Toni Leblanc trata de impedir con su camión que el otro esquimal salga del taxi por la puerta más cercana a la emisora.

Ambos concursantes llegan con su ridícula vestimenta al portal de la radio con una mínima diferencia de tiempo. En la escalera se pelean, se lanzan el trineo a la cabeza y, cuando llegan al estudio de radio, le están entregando las 3.000 pesetas a otro esquimal que se les ha adelantado.

Despeinado, con el traje medio roto y la nariz ensangrentada, Isbert tiene la oportunidad de contarle a su compañero a través del micrófono que ha fracasado, lo que despierta el interés del locutor que, tras oír su historia, le da las 3.000 pesetas de su propio bolsillo.

Por debajo de la simpatía con la que se contemple esa primera historia, se esconde una de las grandes tragedia de nuestro país; la existencia de una élite que ha luchado sin descanso contra la meritocracia, la inteligencia y las fuerzas sociales que han tratado de construir un proceso.

El famoso grito del general Millán Astray en la Universidad de Salamanca: “¡Muera la inteligencia!”, lleva sonando y resonando a través de muchos siglos por estas tierras. Según el último estudio del Human Capital Leadership sobre la gestión del talento, España ocupa el puesto 83 de 109 países. El 27% de nuestros premios de fin de carrera abandona directamente nuestro país por falta de oportunidades, con lo que somos una de las primeras potencias en exportación de inteligencia.

Tenemos un modelo académico y profesional donde la meritocracia es tremendamente escasa. En las universidades se prima la reproducción, antes que la producción, el conocimiento obediente por encima de la creatividad, o el trabajo crítico. Las relaciones caciquiles, personales, de afinidad siguen estando por encima de las capacidades objetivas. Sólo con introducir en la universidad una norma existente en algunos sistemas extranjeros, según la cual no se puede trabajar en la universidad en la que se lleva a cabo un doctorado, estaríamos abriendo un enorme abanico de posibilidades de mejora.

El deterioro de nuestra producción de conocimiento científico es síntoma de una permanente decadencia. Entre los cambios urgentes que precisa nuestra sociedad hay que dejar de ser ese hámster que corre y corre haciendo girar una rueda que no avanza hacia ninguna parte. Es precioso normalizarnos con las economías de nuestro entorno y dejar de ser una sociedad con una enorme rentabilidad que se sostiene sobre la depreciación de la mano de obra y los millones de horas extra gratuitas.

Seguimos teniendo en el ámbito de la ciencia personas disfrazadas como esquimales, lanzándose metafóricos trineos a la cabeza para optar a los pocos recursos presupuestados para la investigación. Desde el final de la dictadura hemos cambiado mucho en lo estético pero nos hemos estancado en lo ético. La crisis económica y política ha puesto en evidencia nuestras enormes deficiencias. No podemos esperar a que la recuperación económica vuelva a disfrazarnos de lo que no somos. No podemos seguir escribiendo en los Presupuestos Generales del Estado: ¡Que inventen ellos! Es hora de que la inteligencia despierte y viva fuera del iglú.


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