Dominio público

Opinión a fondo

El modo de vida

30 Ago 2017
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Jorge Moruno
Sociólogo y escritor

No hay duda de que la lucha contra el Estado Islámico pasa por repensar las relaciones geopolíticas, por mejorar la coordinación internacional en materia de inteligencia y policial y pasa por cortar las redes de financiación y reclutamiento. Pasa por ahí, pero no solo y en lo que se refiere a impedir que haya jóvenes que se fanaticen y provoquen atentados, hay que tener en cuenta aspectos más difíciles de ubicar y más complicados de abordar. Aspectos que si bien son indisociables del ambiente provocado por la desigualdad social, el estigma y exclusión, – que a su vez son el resultado de una sedimentación histórica de relaciones coloniales-, no se explican solo por eso, pero tampoco sin eso, como recuerda el islamólogo François Burgat.

El Daesh, como toda ideología, se apropia de elementos sentidos como injustos y los desplaza y articula bajo una cosmovisión concreta. Todo es un agravio reconducido hacia una forma de filtrarlo: lo hacen porque son apóstatas y son apóstatas por todo lo que hacen. El Daesh ofrece una forma de “estar en contra” de lo establecido entendiéndolo como lo infiel. Ahora bien, qué es aquello que permite conectar la lectura del Daesh con los jóvenes. Lo infiel.

Un reciente estudio elaborado por las Naciones Unidas llega a la conclusión de que la gran mayoría de jóvenes que emigran a Siria para convertirse en yihadistas cuentan con un conocimiento escaso del Islam y algunos ni siquiera saben rezar adecuadamente. En España, el 61% de los detenidos por yihadismo entre 2013 y 2015 tenían entre 15 y 29 años. La célula de Ripoll parece encajar en este perfil. En EEUU, el 40% de los detenidos por vínculos con el ISIS son conversos y en Europa el 30% de los investigados son conversos. Según la empresa Alto Data Analytic, en el caso del Daesh, “la religión ya no es la fuerza impulsora detrás de su retórica; el objetivo es promover el califato como estilo de vida.”

El islamólogo Olivier Roy habla de una revuelta generacional nihilista cuya finalidad es el propio medio, la destrucción. El Islam aparece entonces como la plataforma sobre la que apoyar una pulsión previa, que no puede explicarse buscando en los versículos del Corán. Un cuenco, no el único, donde depositar una carencia. Podemos pensar que este “devenir pirado” en la sociedad solo puede entenderse dentro de nuestro propio modo de vida. Los yihadistas desarrollan un imaginario enajenado, que no ajeno, a la sociedad en la que viven, en la que vivimos. Les ofrecen un anhelo, un sentido, un reconocimiento y una recompensa. Una certeza totalizante y sectaria desgarrada de una sociedad que a su vez se desgarra. Entran en una espiral que les conduce a un monólogo ininterrumpido absorbente y obsesivo que le permite, a gente que jamás lo ha hecho, actuar con tanta crueldad como frialdad.

Quizás el yihadista significa, en su exceso y delirio psicopatológico, una marca de época que rompe los goznes del simulacro hollywoodiense. En lugar de hacer trompos con el coche en el barrio, el Estado Islámico hace trompos con el tanque en Siria. No es que el simulacro se viva como una realidad, sino que invierte los roles haciendo que la realidad se viva como un simulacro. Así es posible matar sin pestañear. Pero también, y lo comento más como una duda que como una certeza, muestran en su acto una falta que tratan de rellenar matando y matándose. Acaban odiando su propio deseo por infiel y lo consideran infiel porque lo desean ardientemente. Acaban odiándose a sí mismos por medio de otros, tratando de lograr con la destrucción lo que no pudieron conseguir en vida; inmolan su propia frustración. Como se pregunta mi amigo el sociólogo Jorge Lago, igual convierten la muerte en una forma de identidad narcisista.

Cabe preguntarse si el nihilismo, donde el yihadismo es su versión extrema pero no la única, ha rellenado el vacío que deja en nuestras sociedades la ausencia de algún tipo de horizonte. La pretensión contemporánea de cancelar la discusión sobre las líneas maestras que definen nuestro “modo de vida”, hace encallar a la política, a la vida compartida y hace de disolvente de la sociedad. Sepultado el “socialismo o barbarie” ya solo queda barbarie; lo que se desconoce es el grado. Así pues, la forma de asfixiar la atracción destructora que encarna el Daesh, pasa también por cortocircuitar su motivación ideológica, relacional y emocional. Fortalecer a la sociedad, fortalecer su tejido y recuperar el apetito social por la igualdad y la libertad en nuestro modo de vida. Es tan sencillo como difícil de realizar, pero es la única solución.


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