Opinion · Dominio público

Frente a la izquierda

Gaspar Llamazares

Portavoz parlamentario de Izquierda Unida

Ilustración por Javier Jaén

El Debate sobre el Estado de la Nación ha escenificado el agotamiento de un fracaso y también el fracaso de un agotamiento. Zapatero se va, y con él el respaldo de muchos que confiaron en que, tras las mentiras de Aznar sobre la guerra y sus trágicas consecuencias, la llegada del PSOE al poder significaría un cambio de rumbo, no de rumba. Pero tras la nefasta gestión de la crisis, ha llegado la factura en las elecciones de mayo.
Como revulsivo, desde el PSOE se ha formalizado la candidatura de Rubalcaba con un aparente discurso de izquierdas, pero con la credibilidad de la derecha. El deseo de cambio del candidato no se impone a la realidad de haber compartido un Gobierno y unas recetas que tanto daño han hecho a la izquierda y a los posibles votantes que ahora quiere recuperar. Tras la frustración de Zapatero –que comenzó su legislatura con este tipo de propuestas y las ha acabado con la medicina de los mercados– no creemos que en esta ocasión el cartero de la izquierda llame dos veces a las urnas del PSOE. La experiencia nos demuestra que sólo con una izquierda transformadora, fuerte, plural y unida podemos convertir los discursos en obligaciones y así determinar el futuro de la política.
Ahora es el momento del diálogo y del esfuerzo compartido. Sería un error forzar las puestas de largo de las candidaturas sin antes comprometer el consenso común que sume voluntades y proyectos que tienen un mismo horizonte, aunque difieran en los ángulos de visión del mismo, ya sea desde opciones ideológicas o territoriales. En las próximas elecciones no se trata de saber quién es la mejor y la mayor izquierda. Se trata de ofrecer, de construir una alternativa a la derecha más dura del PP y a los discursos de arrepentimiento del PSOE que acaba sometiéndose a los dictados del mercado en cuanto llega al poder.
Debemos reconocer que las izquierdas comprometidas, plurales y transformadoras hemos llegado demasiado debilitadas a este momento de la historia. En primer lugar porque también nos afecta la frustración de votantes progresistas con el PSOE. Por otra parte, los elementos del propio sistema que queremos cambiar siguen dificultando, con sus reglas políticas, electorales y mediáticas, la mera supervivencia en el mundo que deseamos transformar. No podemos ni debemos ocultar errores propios que arrastramos en el ADN de las izquierdas. Pero sin duda somos el auténtico adversario, y también el enemigo, de quienes de verdad ostentan el control social a través de los mercados y sus mecanismos de especulación financiera e insostenible.
Una aplicación de políticas progresistas y progresivas en materia fiscal, control de la evasión de capitales, blanqueo y fraude evitarían, por sí solas, los recortes sociales del Estado del bienestar que tanto esfuerzo les ha costado conseguir a los trabajadores y a sus sindicatos representativos. Pero no basta con eso. Es imprescindible acometer un nuevo modelo, no ya de crecimiento sino de “sostenimiento” para que la calidad de vida sea compatible con el respeto a nuestro entorno natural y sus recursos. La voracidad de los mercados no lo es sólo contra los derechos de las personas. Lo es también contra el futuro de nuestro medio ambiente. Lo ocurrido en el accidente nuclear de Fukushima es la evidencia de que la realidad se impone a la voracidad de la especulación medioambiental. Hablamos de nuestra seguridad, de nuestro futuro y el de nuestros hijos. Y no es de recibo que Alemania, con un Gobierno conservador, tome medidas sensatas, que no sólo ecologistas, apostando por el apagón nuclear mientras en España tiemblan los cimientos de la economía y los intereses de las eléctricas cada vez que hemos demandado el cierre paulatino de las nucleares.
Para hacer frente a este estado de frustración sólo caben la movilización y la unidad. Muchas de las demandas en torno al 15-M ya han conseguido cambiar más cosas que muchas horas de debate parlamentario. No se trata de suplantarlo, pero sí de influir e interactuar socialmente para que podamos caminar hacia un sistema realmente participativo y no meramente consultivo cada cuatro años. Ya no es suficiente con escuchar lo que dicen, sino construir juntos un nuevo discurso desde la política y la participación en la calle y en las instituciones. También nos han pedido a las organizaciones políticas no sólo que cambiemos, sino que nos cambiemos. No sirven ya las viejas estructuras de los partidos. Hay que romper la barrera entre el partido y la sociedad facilitando una participación interactiva y una codecisión común entre representantes y representados. Las consultas y referendos deben enfocarse no sólo a la militancia sino también, y sobre todo, a las y los votantes. Para eso tenemos que adaptar y renovar lo que hoy existe de hecho y de derecho. El uso participativo y decisorio de la red es fundamental para transformar la forma y el fondo de la participación democrática.
La conjunción de fuerzas plurales con objetivos de cambio y transformación debería ser una prioridad para encarar un verdadero cambio de ciclo y no de ciclón. Es necesario que un nuevo frente avance en nuestra península. Un frente, una plataforma, una propuesta, en definitiva, de impulso común de la izquierda que pueda ser compartida por una inmensa mayoría de los progresistas, que quieren un nuevo proyecto alejado de la frustración y de las presiones del mercado.