Europa financia su campo de concentración

08 mar 2016
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La humanitaria Europa ha encontrado la solución perfecta para resolver ese enojoso asunto de los refugiados, porque, otra cosa no, pero somos sentimientos y tenemos personas humanas, que diría Rajoy, y el drama del pueblo sirio nos ha conmovido profundamente, sobre todo en fotos. Que para ello haya sido necesario pasarnos por el forro la propia legislación comunitaria y patear hasta la Convención de Ginebra son detalles nimios a los que no hay que dar excesiva importancia.

No es lo que hubiera propuesto Fernández Díaz, quien, posiblemente, habría sugerido delinear a pelotazos de goma la línea fronteriza a la manera de lo que se hizo en Ceuta para recordar a los inmigrantes que se ahogaban que llegaban a otro país y que preparasen sus pasaportes, aunque hay que reconocer que el establecimiento en Turquía de un gigantesco campo de concentración a cambio de 6.000 millones de euros es una idea con la que a buen seguro comulga nuestro católico ministro del Interior. Para lo otro habría que tener muchas pelotas.

Al fin y al cabo, el plan no es sino la aplicación a gran escala de sus devoluciones en caliente, un modelo por el que podría pedir royalties. En cuanto llegue la pasta y los burócratas de Bruselas encuentren la manera de trampear las leyes, que es su deporte favorito, Turquía empezará a admitir a quienes hayan llegado a Grecia desde su territorio y a los propios sirios a los que las democracias europeas deporten pese a tener derecho de asilo. Por cada sirio expulsado, la UE se compromete a reubicar a otro que ya estuviera en Turquía, o eso se dice, al estilo del juego de la silla pero sin música de fondo.

El acuerdo es una ignominia que no tiene nombre, o mejor dicho, sí lo tiene pero podría herir la sensibilidad del espectador. Por ser algo más explícito, es una puta vergüenza. Parte de la premisa de que Turquía es un “país seguro”, una consideración que permite a las compasivas democracias europeas rechazar la solicitud de asilo de quien provenga de su territorio. A cambio del favor, la UE se compromete no sólo a soltar los 6.000 millones del ala sino también a acelerar las negociaciones para el ingreso de Ankara en el club de naciones con corazón y a suprimir los visados de entrada para sus ciudadanos.

El “país seguro”, según Bruselas, se parece mucho a una dictadura. Amnistía Internacional lo describe así en su último informe: “La situación de los derechos humanos se deterioró notablemente tras las elecciones parlamentarias de junio (de 2015) y el estallido de violencia entre el Partido de los Trabajadores Kurdos (PKK) y las fuerzas armadas turcas en julio. El gobierno sometió a los medios de comunicación a una presión sin precedentes; la libertad de expresión dentro y fuera de Internet se resintió de forma significativa. Continuaron las violaciones del derecho a la libertad de reunión pacífica. Aumentaron los casos de uso excesivo de la fuerza por parte de la policía y de malos tratos en detención”.

“Persistió – se añade- la impunidad por abusos contra los derechos humanos. Se redujo aún más la independencia del poder judicial. Varios atentados suicidas con explosivos atribuidos al grupo armado Estado Islámico que iban dirigidos contra activistas y manifestantes de izquierdas y prokurdos causaron la muerte de 139 personas. Se calculaba que Turquía acogía a 2,5 millones de personas refugiadas y solicitantes de asilo, cada vez más expuestas individualmente a la detención arbitraria y la expulsión, mientras el gobierno negociaba un acuerdo sobre migración con la UE”. Un sitio ideal para el campo de concentración.

Tras los sucesivos sellados de frontera, que ya se sabe que la libertad de movimientos sólo es para los capitales pero no para las personas, especialmente si huyen de la guerra sin una muda limpia, Europa ha decidido negarse a sí misma, si es que alguna vez alguien se había tomado en serio los ideales que se supone que guiaban su construcción.

A falta de que el acuerdo se cierre definitivamente en la cumbre europea del 17 y 18 de marzo, queda por saber si el Gobierno en funciones está dispuesto a someterlo al criterio de los grupos o si mantiene la tesis de que era al Parlamento anterior y no a éste a quien debía rendir cuentas. Es sabido que la suerte de los refugiados ha tenido a Rajoy estos meses en un duermevela, hasta el punto que de los 17.680 que España se comprometió a recibir cuando Merkel se puso sentimental ha acogido a 18, que bien podrían ser expulsados ahora a Turquía.

Lo que no han conseguido las negociaciones para formar gobierno, que es sentar a toda la oposición al PP en torno a una misma mesa, debería lograrlo esta abochornante infamia. Hay que ser pesimistas. Cuando la dignidad se pelea con la hipocresía suele salir mal parada.


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