Hablar por hablar

Juan Carlos Escudier

La vicepresidenta del Gobierno es mujer muy bien mandada y si le pides setas va a setas y que le den a los rolex. El encargo actual de Sáenz de Santamaría es demostrar que el nuevo Gobierno es el campeón del diálogo y que si hay que hablar con la Generalitat lo hará por los codos aunque sea al estilo de qué hora es manzanas traigo. Este mismo martes debutó en el oficio de sacamuelas frente a Oriol Junqueras, que tampoco es manco en lo de hablar por siete, y la conclusión de la lluvia de palabras fue que el referéndum catalán es innegociable, pero para las dos partes.

Tras cinco años de silencio, está bien este tipo de ceremonias siempre que se sepa que para fumar la pipa de la paz hay que llevar tabaco. Y esto es justo lo que faltó en un encuentro del que las crónicas cuentan que fue cordialísimo, lo habitual entre gente educada. No se puede hacer una tortilla si antes no se rompen los huevos, y aquí, por lo general, somos muy brutos a la hora de interpretar algunas frases.

Muy dado a negar el movimiento, Rajoy vive confiado en que Aquiles nunca alcanzara a la tortuga cuando la realidad es que ya la saca cinco vueltas al estadio. La última trampa en el solitario consiste en comparar situaciones incomparables. Es verdad que el Constitucional alemán ha negado a Baviera la celebración de un referéndum de independencia, como lo es que allí la propuesta partía de un partido sin representación y con un 2% de votos, y al norte del Ebro la propuesta es compartida por más del 70% de las fuerzas políticas. El grano no existía, la pústula se curaría sola y ahora se pretende tratar el tumor con clearasil. Esta ha sido la estrategia con la desafección catalana del equipo médico habitual de Moncloa.

Cataluña, por su parte, vive en su propio bucle. En octubre de 2014, tras la negativa del Congreso a celebrar una consulta, Mas la convocó, el Constitucional la anuló y lo que finalmente llegó a celebrarse en noviembre de ese año fue un raro experimento en el que participó el 36% del censo y en el que el 81% de los 2,3 millones de votos dio el sí a la independencia. Meses después se convocaron elecciones plebiscitarias que, según se dijo, iban a ser el referéndum que no se pudo hacer. Los defensores de la independencia obtuvieron cerca del 48% de los votos.

A partir de aquí llegó la regresión temporal. El referéndum que se daba por celebrado con las elecciones en realidad no se había hecho porque si no se entendería ni el empeño del presidente Puigdemont en llevarlo a cabo ni la reciente cumbre del referéndum. Se vuelve pues a los orígenes. Unos quieren que sea pactado y otros que se celebre igualmente aunque no haya acuerdo. El nuevo 9-N está previsto para septiembre si antes no se adelantan las elecciones, como ha pedido En Comú, o las provoca la CUP al negarse a apoyar los presupuestos. Si se llega a realizar, la consulta no será pactada y en buena lógica daría paso a otros comicios plebiscitarios. Y si no se hace en septiembre y hay elecciones se volverá a poner sobre la mesa el referéndum cuando se cierren las urnas.

Buscar salida a estos dos callejones que a primera vista no la tienen sería muy recomendable, antes de que la cuerda de la que ambas partes tiran se rompa y muchos acaben rodando por el suelo y con un tremendo golpe al final de la espalda. Reformar la Constitución y buscar un nuevo encaje a Cataluña quizás no sea la solución definitiva pero es una vía a explorar antes de que el conflicto, ya de por sí enquistado, acabe en un proceso de desobediencia civil que algunos ya defienden abiertamente.

Esto es lo que debería llevar la vicepresidenta en cartera en las nuevas sesiones de terapia verbal a las que se enfrenta y con las que pretende sacar partido a su flamante despacho en Barcelona. El diálogo es estupendo siempre que se tenga algo que decir. Todo lo demás es hablar por hablar.