Aznar se lo está pensando

Por si no éramos pocos parió la abuela, que además es abuelo y se ha quitado el bigote. Se echaba de menos un nuevo pronunciamiento de Aznar sobre Catalunya, que es un tema recurrente en su repertorio, y, como era de esperar, ni con el anuncio de la aplicación del artículo 155 de la Constitución se ha dado por satisfecho el caballero. El expresidente cree que la “continuidad histórica de España” está en juego y que enmendar ahora la Constitución sería dar al independentismo una victoria en diferido más grande que un finiquito. Al enemigo ni agua ni reforma del Título VIII. A ver si Rajoy se entera de una santa vez.

Con cada brete, con cada “momento crítico” hay un temor latente de que el ayer líder de la derecha y hoy conseguidor de multinacionales, pero ante todo estadista, cumpla con su “responsabilidad personal” con su partido y con el país y regrese para salvarnos del apocalipsis. Con la misma amenaza lleva desde 2007, cuando en una cena con el entonces embajador de EEUU, Eduardo Aguirre, le confesó que si viera que España “está realmente desesperada” quizás tuviera que volver a la política nacional. Afortunadamente, entre que no estamos tan desesperados como para un suicidio colectivo y que el comisionismo va viento en popa, el peligro viene conjurándose, pero harían bien Puidemont y Rajoy en no tentar a la suerte, especialmente porque se trata de la nuestra.

Aznar se encuentra en estos momentos en la misma tesitura que el asno de Buridano, ese animal tan indeciso que no supo elegir entre dos haces de heno exactamente iguales y murió de hambre. El de FAES ahora mismo es incapaz de establecer si la mayor lacra para la humanidad es el populismo que ha desestabilizado Venezuela o el independentismo que puede quebrar a España y a Europa, y esa duda le corroe. Para evitar la inanición, que en su caso sería mutismo, pontifica contra ambas como si le fuera la vida en ello.

En su encono con el nacionalismo catalán hay mucho de expiación o simple bipolaridad. Sus filípicas pasan por alto su dominio del idioma en la intimidad y ese matrimonio suyo con el pujolismo en el hotel Majestic, en el que dejó de exigir al enano que hablara castellano e hizo posible, por ejemplo, que los Mossos sean hoy la policía ordinaria e integral de Catalunya. El españolismo más rancio no olvida que su decisión de no recurrir la ley de 1998 facilitó esa inmersión lingüística que no tardó en detestar, y lleva clavadas a fuego las apreciaciones del entonces molt honorable sobre su fructífera colaboración con el PP: “No conseguimos tanto en toda la etapa de Felipe González”. ¿Acaso el demonio era bueno de joven?

La lección que nos da Aznar es que no hay diálogo que valga y que una reforma constitucional sería un pago a plazos al secesionismo, cuando en realidad es la única posibilidad que tiene el país de mirarse al espejo y reconocerse. Su solución es “fortalecer la sociedad civil”, repartiendo casetes de Manolo Escobar y banderas españolas más grandes porque las que se ven, a excepción de la de Valdebebas, son una ridiculez. “Nadie –ha dicho- puede abdicar de su responsabilidad”. De ahí a anunciar su vuelta hay un paso. Cualquier situación por mala que sea es susceptible de empeorar. Que conste.