Opinion · Tierra de nadie

Que vuelva Antonio Hernando

Ser la primera en muchas cosas no asegura ser la mejor en todo, y eso es lo que viene pasando con Margarita Robles, primera de su promoción, primera en presidir un tribunal, primera presidenta de una Audiencia provincial y primera portavoz parlamentaria del PSOE, cargo éste en el que parecía difícil que llegara a hacer bueno a su predecesor e inventor del hernandismo. De sus múltiples tropiezos, el de ayer al defender que se descolgaran de las paredes de Arco los Presos Políticos en la España Contemporánea de Santiago Sierra es imperdonable.

Negar el ejercicio de la creación artística en un espacio pensado para la transgresión con el argumento de que contribuye a tranquilizar el ambiente y la crispación y, por tanto, es “positivo”, incapacita a quien lo proclama. La inexperiencia o la ingenuidad no son coartadas en quien se supone que encarna la voz de los socialistas y la historia del partido, aunque no milite en él. Robles puede pensar que Oriol Junqueras o los Jordis no son presos políticos como mostraba Sierra en sus fotografías, pero está obligada a defender su libertad de expresión y a denunciar una censura que es incompatible con la democracia. Eso o dejar el puesto a quien lo tenga más claro.

El tema catalán tiene a la portavoz del PSOE muy confundida. Si de sus cambios de opinión no se ha hecho sangre es quizás por su habilidad para relacionarse con los periodistas, que no dejan de darle premios. De afirmar que aplicar en Catalunya el artículo 155 nunca sería la solución pasó a abrazarlo con apasionamiento; pidió con ardor la reprobación de la vicepresidenta del Gobierno por la violencia policial el día del referéndum y luego enterró la iniciativa; consideró un varapalo al Ejecutivo el dictamen del Consejo de Estado contrario a impugnar preventivamente la investidura de Puigdemont y defendió después el recurso del Ejecutivo al Constitucional. Personales o inducidas, sus rectificaciones han sido clamorosas. Tan desconcertada ha estado por el alineamiento del PSOE con el Gobierno que tal vez pensara que en esta ocasión podría anticiparse y evitar un nuevo sonrojo.

Los méritos, capacidades y la honestidad personal de Robles están fuera de discusión pero su actuación como portavoz es manifiestamente mejorable. Es verdad que no lo ha tenido fácil, ya sea porque ha de suplir la ausencia en el Congreso del líder del partido, porque el grupo parlamentario no es precisamente su club de fans o porque la estrategia parlamentaria la deciden otros y ella se limita a cumplir instrucciones contradictorias.

La realidad es que el PSOE no es capaz de rentabilizar políticamente su condición de primer partido de la oposición y que el protagonismo en la tarea de control al Gobierno siempre se la llevan otros y copan los titulares. Quienes creían que Robles no era la persona idónea para desempeñar la portavocía se han reafirmado en la idea, y ésta empieza a ser compartida incluso por los incondicionales. De ahí que el globo sonda de situar a Robles como candidata a la alcaldía de Madrid no deba entenderse como una promoción sino como la manera más rápida de quitarla de en medio.

La exmagistrada es una apuesta personal de Pedro Sánchez, quien, pese a estar ayer en Bilbao en una de esas asambleas abiertas con las que recorre el país, no ha debido ser ajeno a su metedura de pata. Empeñado en reconciliarse con quienes le cosieron virtualmente a puñaladas, llámense González, Zapatero o Rubalcaba, no es descartable que se fume la pipa de la paz con Antonio Hernando, ahora que las traiciones se han hecho perdonables. El rey del posibilismo y maestro de mercenarios podría tener otra oportunidad.