Cuando Cifuentes escupía al cielo

Juan Carlos Escudier

Dicen que en el PP han ganado tallas las camisas y bailan alocadamente sobre los cuerpos ante la sospecha de que la honorable Cifuentes haya pecado de obra como lo está haciendo de omisión, y se da por hecho que sus escupitajos al cielo contra esa turba de corruptos que se había empadronado en la dirección madrileña del partido aterrizarán en su boca con extraordinaria puntería. La pretendida regeneradora puede acabar depurada si antes no ejecuta un milagro o se hace el haraquiri, que es otra firma de depuración mucho más expeditiva.

Volatilizada durante días que se han hecho eternos, a estas alturas ya pocos confían en que la presidenta madrileña sea capaz de explicar mañana meticulosamente, a moco de candil, todas y cada una de las dudas que se ciernen sobre su máster fantasma, del que, según parece, se matriculó tres meses después de iniciado, a cuyas clases no acudió, con un director que no lo era cuando decía serlo, con supuestos errores en la transcripción de dos calificaciones corregidas dos años después y que le hubieran impedido presentar en la fecha que asegura -mientras debía coordinar un enorme dispositivo policial y el departamento de la Universidad estaba en Aranjuez inaugurando unos cursos- un trabajo de fin de posgrado que no aparece y que si lo hiciera sería más sospechoso que un billete de ocho euros.

La comparecencia de este miércoles ante la Asamblea de Madrid debería servir para limpiar la imagen de Cifuentes o, como muchos se temen, para que dé un paso al frente desde su actual posición al borde mismo del precipicio. En otro momento algunos de sus compañeros en la dirección nacional repartirían prismáticos para no perder detalle de su último vuelo pero en las circunstancias actuales el contratiempo es mayúsculo. Si decide continuar sin haber acreditado fehacientemente que su currículo no es una novela de caballerías, ni Ciudadanos podrá evitar sumarse a la moción de censura con la que amenaza el PSOE; y si renuncia, el partido tendrá que decidir casi por sorteo quién será el sustituto en medio del erial de un grupo parlamentario que, a fuerza de imputaciones y bajas, no guarda siquiera un parecido razonable con el que se presentó a las últimas elecciones. En ambos casos, el deterioro sería tan intenso que la expectativa de conservar la presidencia de la Comunidad rozaría el imposible metafísico.

Encallada la situación en Catalunya y con ella la aprobación de unos Presupuestos que son vitales para que el inquilino de la Moncloa renueve su contrato de alquiler hasta 2020, Cifuentes es para Rajoy el enano que le crece hasta hacerse pivot en la NBA, la demostración definitiva de que nada hay salvable y de que la ruina de hoy serán los escombros de mañana.

Es también un grave inconveniente para Rivera, que ha de decidir cuidadosamente si el desgaste de sostener a hombros un cadáver político al estilo de un paso de Semana Santa es mayor que el de permitir su caída y dar entrada en el gobierno de Madrid a los socialistas. Su opción será la de forzar un relevo a la murciana dentro del propio PP, aunque haya que buscarlo bajo las piedras y ello refuerce su imagen de báculo de la podredumbre que, al fin y al cabo, parece contar con mucha aceptación en las encuestas. Y sería una oportunidad para que PSOE y Podemos demuestren que hay vida al otro lado de la puerta más allá de la resignación de observar cómo sus adversarios les comen la tostada y engordan a su costa.