Opinion · Tierra de nadie

La banquera feminista

Superada la fase anarquista, esa en la que, tal y como le ocurría al personaje de Pessoa, escapan de la tiranía del dinero amasándolo en cantidades industriales, los banqueros empiezan a ser otra cosa. Ana Botín, por ejemplo, se ha hecho feminista tras reparar en que las mujeres están discriminadas, algo que hace diez años le había pasado desapercibido. La presidenta del Banco Santander se ha dado cuenta de que el mundo es egoísta y que las mujeres merecen tener más sitio y necesitan ayuda “sobre todo de los hombres, porque son los que mandan”. Habrá quien diga que, más que ayuda, lo que exigen es justicia.

A Botín hay que darle la bienvenida al club y celebrar sus descubrimientos, como los que hizo en Twitter el pasado 8 de marzo cuando citó un estudio de la Universidad de Oxford para afirmar que las mujeres hacen más trabajos en casa no remunerados que los hombres –los de Oxford es que están en todo-, o un informe de la Oficina Nacional de Investigación Económica que concluía que la maternidad provoca que los ingresos de las mujeres se reduzcan bruscamente.  Y hay que aplaudir que constate que la sentencia de la Manada supone “un retroceso para la seguridad de las mujeres” y que apoye su aserto en las declaraciones de un experto en psicología, citado por The Washington Post, que explicaba por qué muchas víctimas de violación no pelean ni gritan. Más que opinar, la banquera nos instruye con fuentes muy autorizadas.

Extraña en cualquier caso que con todos esos conocimientos y la capacidad de actuar que le confiere ser una de las mujeres más poderosas del mundo, el Banco de Santander, con una plantilla de 202.000 personas en todo el mundo, de las que el 55% son mujeres, tan sólo tenga un 20% de directivas, algo que la presidenta dice querer enmendar aplicando una “discriminación positiva” con el objetivo de que en 2025 las directivas representen el 30%. Pero sorprende aún más el argumento: “Es una brecha que nos hemos comprometido a arreglar en unos años –aseguraba el pasado mes de febrero-. Pero no es fácil porque muchas veces implica contratar fuera”. O dicho de otra forma, entre las más de 111.000 mujeres de las plantilla no hay candidatas preparadas, hasta el punto de que 400 empleadas en España reciben cursos “para progresar”. El departamento de Recursos Humanos del banco debería hacérselo mirar.

La demostración de que ni el feminismo sobrevenido de la banquera ni sus esfuerzos de discriminación positiva son un postureo tendría que manifestarse al menos en el consejo de administración de la entidad, donde, curiosamente, tampoco existe la paridad que Botín reclama para el resto de empresas. Entre los 16 consejeros sólo hay cinco mujeres, presidenta incluida, y todas son externas, de manera que ninguna desempeña funciones directivas en el grupo bancario. Por entendernos, nadie del grupo del 20% de mujeres directivas de la entidad merece sentarse en el Consejo, del que forman parte un consejero delegado y tres vicepresidentes, todos hombres. Todas las consejeras son vocales.

Más aún, no existe ninguna mujer, excepción hecha por razones obvias de la presidenta, que se siente en la comisión ejecutiva, que es el órgano que gestiona el día a día del banco. Se dirá que es normal porque todas las consejeras son ajenas al Santander, pero es que entre sus ocho miembros, al menos la mitad tiene la condición de externos.

“Si hombres y mujeres somos igual de listos deberíamos estar al 50%”, ha dicho en alguna ocasión Ana Botín. La banquera feminista está tardando en aplicarse el cuento que predica. Ojalá que pronto, en alguna otra entrevista-masaje en la cadena de radio que controla su banco, confirme lo listos que somos todos.