La muerte digna en la mochila del 15M

Estación Término

Fernando Pedrós
Periodista, filósofo y miembro de Derecho a Morir Dignamente (DMD).
 

 

Acabamos de celebrar  el aniversario del grito de los indignados, el 15M. Cinco años de rebeldía, de resistencia y de indignación. El viejo resistente Stéphane Hessel decía por aquellos días en su opúsculo ‘¡Indignaos!’ que el motivo fundamental de la resistencia sea la indignación. Identificado y confundido en el movimiento no puedo añadir ninguna ponderación más al 15M y mi único deseo es que siga el movimiento, la indignación y la rebeldía.

Hubo hace años una indignación masiva en EE UU encabezada por Martín Luther King. En la famosa Marcha sobre Washington algunos manifestantes, siguiendo el mensaje de su líder “No soy negro, soy hombre”, portaban pancartas en que se leía “Soy un ser humano” (I am a human being). Pero desgraciadamente no todos los indignados pueden manifestarse, por más que estén indignados, no pueden lanzar su grito que despierte a muchos. No pudieron acudir a la Puerta del Sol o a las plazas de muchas ciudades para protestar, no pudieron hablar de su indignación y de su resistencia improductiva, ni mover sus manos en un revoloteo de solidaridad.

Pero esos indignados que nunca han hecho caceroladas, ni escraches… en estos momentos, aunque son invisibles, hay que sentirlos cercanos y unidos en indignación. Serán, ahora mismo, sin duda unos cientos de enfermos graves que están cansados de vivir y desean morir voluntariamente y no pueden, quizás sean una decenas que han pedido al médico que les asiste que les ayude a morir porque su vida no tiene sentido y los sufrimientos les ahogan la poca vida que tienen… Pero por encima del enfermo y del médico está la espada de Damocles –el Código Penal- que hace inútil su solicitud de morir y el médico se retrae porque le pueden caer varios años de cárcel si se decide a ayudar. Es incomprensible que nuestra legislación a ayudar a un enfermo a cumplir su deseo ético y legítimo le llame delito de homicidio. La ley incomprensiblemente es violenta con este enfermo y confunde -creo que maliciosamente- la complicidad del delito con la solidaridad con el buen deseo del enfermo y con la excusa –y coartada- de ser un homicidio le prohíbe morir y le condena a vivir en sufrimiento y contra su voluntad.

El derecho de humanidad

Todos esos enfermos que viven  en un Estado democrático, en un Estado de derecho, reclaman, aunque no lleven pancarta de “No soy una escoria, soy una persona”, su ‘derecho de humanidad’, ser tenido como un ser libre que sabe qué es lo que le conviene, y lo desea y lo decide porque su vida para él ya no tiene sentido…, pero como está sin fuerzas, débil, imposibilitado, con sufrimientos… necesita de la ayuda de otro.

Estos individuos vulnerados e invisibles a la sociedad, porque nunca salen a la calle a protestar y hacerse visibles, necesitan que se sepa que existen aunque malviven, que se reconozca su humanidad, se valore su vulnerabilidad y su situación trágica y, por ello, piden compasión y solidaridad que no es otra cosa que identificarse con ellos. Los políticos, que dicen atender a las necesidades del ciudadano, en este caso como en otros, mantienen sus orejeras y no ven a los enfermos cansados de malvivir, y arrogantes ni escuchan ni atienden al sufrimiento.

La sociedad  permanece sorda a estos sufrimientos, a estas existencias sufrientes e invisibles que están segregadas de la sociedad en habitaciones de hospitales o de su propia casa. El dolor y sufrimiento de estas personas no es sin más el grito de un dolor perentorio cual un dolor de muelas por una infección que es corregible. Su dolor y sufrimiento es una situación existencial de un enfermo, de un inválido cuyo sufrimiento es un atributo constante y definitivo de manera que puede decirse que se identifica definitivamente con su existencia.

Como el 15M continúa y debe continuar solo nos queda añadir esta indignación del enfermo a la mochila de indignación que cada uno porta. Y en el afán de lograr el reconocimiento del derecho de humanidad Luther King nos da una lección de indignado y resistente: “Tengo un sueño, un solo sueño, seguir soñando. Soñar con la libertad, soñar con la justicia, soñar con la igualdad y ojala ya no tuviera necesidad de soñarlas”. Soñar, resistir, luchar para que el sueño nunca sea pesadilla.