Un relato del 1 de Mayo en Nueva York

08 May 2012
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por L. M-C y B. S-C

 

El día antes del día 1 de mayo volvimos a comprar unas cartulinas de colores para hacer carteles, valen menos de 1 dólar cada una y las compramos en la pharmacy del barrio. Hacer esos carteles y unos “flyers” se había convertido en nuestra única obsesión: volver a hacer la lista de slogans, de la que siempre se caen la mayoría, escribir las letras primero con lápiz, después repasarlas con pintura negra, y ponerlas a secar en el suelo de la casa, en exposición. Un documento de Word con un corta y pega: la República del 99%, hoy nos mudamos. Fotocopias, también en la pharmacy, son más baratas.

Las redes ardían con planes, preparativos y llamadas, era tarde por la noche, todavía no habíamos conseguido ponernos de acuerdo, llegaríamos tarde mañana al gran día, a la resurrección de Occupy y de los movimientos. Estábamos cansados. Los main-stream media ya anunciaban el “fracaso” antes de empezar, nosotros nos refugiábamos de nuestras expectativas pintando otro cartel: “¿Quién cuida a los que cuidan?”. Nos acordamos del año pasado, cuando en Madrid hicimos producción de carteles en cadena para el 19 de Junio, en la mesa del comedor familiar, tres generaciones repasando letras y poniéndoles palitos a las pancartas (“Menos chorizo y más chuches”). Por teléfono la otra familia proponía también frases para las pancartas (“No hay camino, pero andamos”). Nos acordamos, siempre, de tu madre, que murió justo antes del 15-M, pronto va a hacer un año. Somos un taller de manualidades.


Llegamos tan tarde al 1 de mayo, que llegó él antes de que pudiéramos salir de casa: tambores que venían de Bushwick y cruzaban el puente de Williamsburg, un día de lluvia en el que los madrugadores ya se habían levantado para ir a las acciones, “no permitidas” (sin permiso del gobierno de la ciudad), los “piquetes del 99%”. En Midtown, imagino las clásicas escenas de gente joven gritando delante del Bank of America, rodeados de al menos unos 30 policías (hartos y cansados) para cada uno. Esta vez ni siquiera he buscado las imágenes de “lo que me he perdido” (Mentira: finalmente sí he visto algunas de esas imágenes y esos vídeos: los piquetes del 99% fueron gente juntándose para ayudarse ante abusos muy concretos de sus jefes: diciéndoles a la cara lo que hacen -explotar, echar a la gente a la calle, aprovecharse de los inmigrantes indocumentados. Tenían muy claro a quién y qué estaban desafiando). Ese fue el principio del día, muy parecido al final: lo que más registraron los medios, lo que mejor se entiende y lo que más se repite. Detenidos, carreras, calles cortadas.

Pero en medio de las carreras de la mañana y las carreras de la noche hubo un día que tuvo momentos de otro tipo. Volver a estar mucho, pero mucho rato (mientras todo está sucediendo y otra vez nos lo estamos perdiendo) obsesionados con hacer carteles y ahora además haciendo carteles con todos los amigos en la plaza (en dos plazas), cruzando absurdamente oleadas de gente para llegar a que nos presten una grapadora, insistiendo en que cada uno se haga el suyo, que elija su eslogan y lo pinte y se manche los dedos de pintura negra. Haber llegado a la plaza sin tener ni idea de qué palos les íbamos a poner a los malditos carteles y que aparezca este amigo tan simpático con una bolsa llena de palos para carteles, bolsa que ha traído porque se imaginaba que alguien los necesitaría. Le duele el brazo de llevar la bolsa, luego le veré varias veces en la manifestación (de 30.000 a 50.000 personas pero te encuentras con la gente no una, sino varias veces) repartiendo periódicos, al grito de “La Indignación, La Indignación”.

Pero sigo: ir de una plaza a otra a destiempo, cruzarse por el camino, perderse, llegar otra vez cuando ya todo se está acabando, asistir a la “Free University” que llena el parque de Madison sin en realidad llegar a poder escuchar ninguna de las “clases” porque estábamos pintando ¡más carteles! (ahora nos dolían a nosotros los brazos de cargar con los palos – había muchos más de los que necesitábamos). Sacar los flyers de la mochila y que la gente te los pida porque estás junto a un cartel amarillo fosforito que dice “Reinvent everything” y junto a la versión uruguaya del cartel que dice “Reinventá todo” (aunque casi no han cabido las letras). Que el flyer invite a “actuar como si la República del 99% fuese una realidad”. Que se acaben las copias.

Que el sol salga y cambie completamente el día, ni rastro de lluvia. Hablar español todo el rato, hasta con quienes no lo entienden. Empezar a ver que hoy sí, que hoy sí que está la ciudad aquí, no sólo los activistas, empezar a notar la electricidad, la presencia de esa cosa tan rara, que muy pocas veces aparece: la gente.

Ya en Union Square, lo más parecido a una plaza-plaza que hay en Nueva York.

(Me aparto un momento del grupo, hablo por teléfono con una periodista intentando ser muy amable pero no contestar a una sola de sus preguntas, y empiezo a escuchar gritos en el parque, no son gritos es como una especie de estampida, pero alegre esta vez, veo a gente corriendo como corren los niños en el patio de recreo, con mucho espacio por delante: la ciudad es grande).

Pausa para respirar: comemos frutos secos, comemos un sándwich que (¡horror!) compramos en un deli porque no hemos encontrado la comida de la People’s Kitchen, la comida del movimiento, que seguro que estaba por ahí, en alguna parte (vi otros momentos de “mutual aid” como cortes de pelo gratis –¿el pelo cortado se quedó en el suelo de la plaza?). Incumplimos nuestro deber de huelguistas, y somos debidamente regañados por nuestra amiga. Porque a todo esto, la idea de la huelga planea vagamente sobre el día, una huelga molecular donde las haya. ¿Molecular? Aquí todo el mundo curra. Precariedad es un concepto desconocido, cuando llegué aquí hace 10 años no había (supuestamente) crisis ninguna y ya todo el mundo estaba conforme con que los jóvenes trabajen sin cobrar. Porque la ciudad nunca duerme y menos un martes cualquiera en esta ciudad que son muchas ciudades. Pensándolo, yo creo que el momento más huelguístico fue probablemente ese que me contaste, cuando cruzaste la mirada con un policía y te dijo con los ojos que ojalá pudiera estar con vosotros, en vez de estar aquí, como un pringao.

Íbamos en la manifestación bailando con la marching band, andando y bailando a la vez, bailando despacio, porque la banda se paraba todo el rato. Viendo la ciudad desde el centro de las avenidas, desde el centro de Broadway, como cuando cruzas un paso de cebra en un día normal y por un momento giras la vista hacia el lado para ver la perspectiva, impresionante. Perspectiva ahora todo el rato, centro de la calle, banda, carteles ya en sus palitos, sol en la cara, atardecer sobre el 99%…

¡Todo eso no costaba ni un duro (¿centavo?)! “Nuestra venganza es ser felices”.

De pronto han pasado tres horas de manifestación, estamos en Wall Street y se acabó la diversión. Policías blancos, azules, a caballo, en coches, furgonetas, helicópteros. Silencio. Se acabo lo “permitido”. Seguimos, ya de noche, a ver qué pasa. Una asamblea enorme: ¿1000, 2000 personas? en un espacio-parque o lo que sea, el Vietnam Veteran’s Memorial que está (ja!) justo al lado de Standard & Poor’s. Tiene una especie de anfiteatro hecho a medida para la asamblea. Abierto al mar. Fue uno de los candidatos a ser Zuccoti en Septiembre, ahora hubiera sido perfecto.

Pero la policía desaloja, nosotros ya no estamos allí, tenemos miedo a que nos detengan. Y de todas maneras, ¿otro campamento? ¿Tirar el ancla ahí, otra vez tener que “defender el espacio”? De vuelta nos encontramos con unos amigos en una terraza (parece España). Unos “one percenters” (unos “de Wall Street”) les están invitando a beber, porque dicen que les apoyan pero que la vida les ha llevado por ese camino y que no pueden unirse a ellos. Lo que no entiendo es porque tienen que estar todos (unos y otros) tan metidos en su papel. ¿No hacíamos hoy huelga? Todo vuelve a la normalidad: activistas corriendo y policías detrás, golpes, fotos, espectáculo. A casa.

Y como siempre, no he contado lo que quería contar porque no sé cómo hacerlo. Los tiempos muertos. Lo que no pasó. Lo que no entendí. Pero también lo que entendí sin entender, lo que intuí, las versiones, los malentendidos. El ruido de las redes, amigo pero también infernal. Si tuviéramos tiempo para hablar de otra manera, otro tempo.

Dejamos el cartel allí, por lo menos de pie, para que se viera.

 

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