Versión íntegra de la entrevista aparecida en Público (28-2-2009).

Emmánuel Lizcano (Madrid, 1950) imparte sociología del conocimiento en la UNED. Un impulso libertario anima desde siempre su reflexión crítica, que explora los vínculos entre formas de pensar y modos de vida buscando articulaciones emancipadoras entre ambas. Su último libro se titula Metáforas que nos piensan (Ediciones Bajo Cero/Traficantes de Sueños).
Los discursos hegemónicos sobre la crisis tratan de hacer pasar sus metáforas por las cosas mismas. Así, nos imponen sutilmente descripciones de la realidad, bloquean otras posibles miradas y suscitan sentimientos de miedo e impotencia. Nos mantienen dormidos.
¿Por qué afirmas que los discursos sobre la crisis son parte de la crisis misma?
En primer lugar porque, como decía Zhuang zi, a las cosas las hacen los nombres que se les dan. Y qué cosa sea –o deje de ser- eso que llamamos crisis depende del modo en que se hable de ella. Pero, en segundo lugar, cuando la ‘cosa’ así construida es una cuestión de fe, crédito y confianza –como son las cosas de la economía del dinero-, el que esa fe se pierda o recupere depende en gran medida de los discursos, de las maneras de hablar. La brecha entre lo que las autoridades (económicas o políticas) pretenden que creamos y el crédito que estamos dispuestos a darles sólo se puede salvar con palabras persuasivas: ésa es la función de la ideología.
Analizas los discursos a partir de las metáforas que ponen en juego, ¿por qué?, ¿qué nos permiten entrever?
Las cosas nunca son como son. Son como son para alguien, son como son desde un cierto punto de vista. Sólo el ojo de Dios –y el de sus impostores- las ve desde ningún lugar. Las metáforas nos dicen desde qué perspectiva ve las cosas –o quiere que las veamos los demás- quien habla de ellas. Aquél que consigue que se vea a Hamas como un ‘cáncer terrorista’ está sembrando la legitimación posterior de los ‘bombardeos quirúrgicos’.
¿Cuál es la fuerza real de las metáforas para generar conformidad y obediencia en los comportamientos efectivos? ¿Nos creemos “literalmente” las metáforas?
Nos creemos precisamente aquellas metáforas que no creemos que lo son; aquéllas que creemos que son literalmente las cosas mismas. Cuando te responden con eso de “Lo que dices está muy bien, pero los números hablan por sí mismos y lo que dicen los números es que…”, te tapan la boca. O contestas con un “¡No! Lo que en realidad dicen los números es que…”. En lo que no sueles caer es en que los números no hablan, y menos aún por sí mismos. La creencia en la locuacidad de las cifras forma parte de tus creencias hasta que no caes en que es una metáfora que te está pensando a ti, cuando estabas creyendo que eras tú quien la usaba para pensar por ti mismo. En general somos muy perspicaces para captar la irracionalidad de las creencias ajenas a través de sus metáforas: ¿cómo puede alguien sensato creer en una ‘virgen madre’ o en un ‘castigo del cielo’? Pero nos tenemos por bien sensatos cuando creemos en ‘la voluntad de la mayoría’ o en que hay ‘números naturales’. Como buenos creyentes, creemos que creencias son siempre las de los otros.
Disciernes fundamentalmente tres grupos de metáforas sobre la crisis en el discurso mediático/político. Empecemos por lo que llamas “metáforas de naturalización”, ¿cuáles son?, ¿qué nos prescriben y qué nos impiden ver?
Cuando se habla del “tsunami provocado por el desplome de los fondos monetarios”, de la “sequía crediticia” o de “la fuerza del huracán financiero” se nos están presentando fenómenos propiamente económicos como si fueran fuerzas desatadas de la naturaleza. El primer efecto retórico consiste en anular toda responsabilidad por la crisis. Nadie es responsable de los tsunamis o las sequías, luego nadie es responsable de la crisis. Una vez construida así la irresponsabilidad particular, queda el terreno abonado para declararnos responsables a todos en general: ahora resulta que quien no consuma lo suficiente, contribuye a ahondar la crisis. Un segundo efecto es inyectar miedo y resignación ante lo que se construye como inevitable y universal. Nadie puede escapar a las leyes de la economía, del mismo modo en que nadie escapa a la ley de la gravedad. El segundo efecto se produce, como bien apuntas, en lo que estas metáforas impiden ver. Si los fenómenos económicos son naturales, dado que naturaleza –como madre- no hay más que una (la naturaleza), tampoco puede haber más que una economía: la economía. Cualquier alternativa (ya sea en términos de otros modelos económicos, ya en términos de des-economizar tantas facetas de la vida como nos han economizado: “capital humano”, “coste de la vida”, etc.) no puede ser sino un dislate, una quimera o ganas de hacer el ridículo. Como decía Vargas Llosa, quien se oponga a las leyes de la economía, que se tire por la ventana y verá si funciona o no la gravedad. Lo curioso es que si en el novelista esa analogía trasluce ideología descarada, en el bombardeo de metáforas como las anteriores por la prensa salmón es el propio discurso de los expertos el que se revela intrínsecamente ideológico. Si se leen los razonamientos económicos como argumentos novelísticos o como poesía (aunque sea poesía de madera), tanta ‘expertez’ resulta un puro despropósito.
El segundo grupo son las metáforas médicas. ¿Qué descripción de la crisis imponen? ¿Qué nos ponen “ante los ojos”?
Una vez construidos ciertos movimientos del dinero como si fueran cosas, y aún cosas naturales, una nueva vuelta de tuerca metafórica consiste en presentarlos como organismos vivos. Más aún, como seres humanos dolientes necesitados de solícitos cuidados médicos. La elevada exposición de los bancos –se nos ha repetido machaconamente, con unas metáforas médicas u otras- a los activos tóxicos ha desencadenado una epidemia financiera que ha producido un efecto contagio en la economía real. La patología de la crisis requiere, pues, de un correcto diagnóstico que inyecte liquidez en grandes dosis en el cuerpo de la economía para alimentar los flujos de capital, regenerar los fondos monetarios y potenciar las reservas de los depósitos. Así se evitará el estrangulamiento del crédito (que es su sistema sanguíneo) y que proliferen las metástasis.
Poco importa, para la supuesta racionalidad económica, que todo este cúmulo de metáforas médicas sea incompatible con la anterior aglomeración de metáforas climáticas y geológicas. Como tampoco importa que también las metáforas médicas sean incongruentes entre sí (¿intoxicación o contagio?, ¿metástasis o estrangulamiento?). Lo importante es la superposición de efectos retóricos, la fabricación de los sentimientos del personal. Miedo ante el huracán desatado, compasión ante el enfermo… ¿quién es tan cruel como para negarse a que su dinero/sangre se emplee en las urgentes transfusiones que paren la hemorragia a chorros del paciente, aunque sea un paciente financiero?
Y, una vez más, están las perspectivas que estas metáforas bloquean. Si la economía (o los flujos de capital, o el sistema crediticio) es el enfermo, no puede ser la enfermedad. Si el diagnóstico es de estancamiento, parálisis o incluso retracción del natural crecimiento económico que ahora yace en la camilla, es que es ese crecimiento económico ilimitado el que sufre y no, como algún malpensado hubiera podido sospechar, el que nos hace sufrir. No, el crecimiento incesante (de los beneficios, del PIB, de la producción…), aunque pudiera verse como un cáncer, no puede serlo, por la sencilla razón de que es él quien tiene un cáncer.
Y, por último, hablas de las metáforas de personificación, ¿cuáles son?, ¿qué función tienen?, ¿qué efectos?
Este es el punto más interesante. Una vez naturalizado y humanizado, como paciente, el tinglado económico (o sus componentes), ¿hay algo más lógico que acabar de dotarle del resto atributos humanos? Así, se habla con toda naturalidad de que los mercados castigan a las divisas, de que los parquets se angustian o las Bolsas responden con alegría, de cubrir las necesidades del mercado, de que el Ibex vive pendiente de Europa, de que las empresas tienen sed de liquidez o de que la crisis ha demostrado que hay que regular el comportamiento de los mercados. Lo que se cosificó, naturalizó y medicalizó termina así adquiriendo rango de persona, persona ya autónoma que siente y actúa como tú o como yo, con sus alegrías y depresiones, sus necesidades y sus frivolidades, y hasta la capacidad racional de demostrar esto o aquello. O sea, se convierte en un fetiche, es nuestro propio poder enajenado que se independiza y se nos impone desde fuera como una voluntad inapelable e implacable.
¿Son diferentes las metáforas a izquierda y derecha sobre la crisis? ¿Y sobre los “remedios”?
No. No en el registro profundo del imaginario colectivo que hemos visto aflorar en todas estas formas de hablar. Ambas fetichizan sin cesar. Aunque cada una reclama más o menos poderes para uno u otro de los fetiches que ambas alimentan (Mercado y Estado), las figuras de personificación son perfectamente intercambiables: “Kuwait ha sufrido también el contagio” puede referirse tanto al sufrimiento de la economía kuwaití, como al de su Estado. Las desavenencias entre derecha e izquierda en torno al diagnóstico de la crisis, a la terapia a seguir y a los sacrificios que nos exige no pueden dejar de recordar las disputas que se dieron entre católicos y protestantes en torno a cuál de las dos versiones del dios era la más verdadera. Los discursos de izquierda no niegan, por ejemplo, la voluntad de los mercados, aunque –es decir, precisamente porque- exigen ponerle coto mediante la voluntad de los estados. Una y otra sólo difieren en la condición del médico, en si la regeneración y la salvación del supuesto enfermo vendrán de un “Mercado saneado” o de los “órganos del Estado”, en si menos mano invisible del mercado o más protagonismo del cuerpo social.
Muchos discursos nos vienen a decir (aunque sea subliminalmente) que no hay afuera, que no hay salida, que estamos secuestrados por un sistema que nos da la vida (consumo, etc.) y cuya desaparición acarrearía la nuestra propia. Por tanto hay que “apretarse el cinturón”. ¿Cómo analizas las metáforas que “hablan” en términos de unidad y sacrificio?
Todo fetiche exige sacrificios. Nos creemos modernos porque no sacrificamos a ídolos falsos. No, nosotros sacrificamos al único Dios verdadero.
¿Qué metáforas críticas se utilizan entre quienes quieren erosionar la confianza y no restaurarla, qué otras descripciones de la crisis sugieren?
No abundan las metáforas críticas. Muchas de las críticas asumen las metáforas fundamentales y se condenan a perpetuarlas. Plantearse, por ejemplo, maneras alternativas de afrontar la crisis, de encararla o arrostrarla, es seguir personificándola. Al prestarle rostro, al hacerle cara, seguimos dando vida al fetiche. Hay quienes hablan, no de hacerle frente, sino de darle la espalda. Así se expresa el entorno del Movimiento de Parados y Precarios en Lucha francés, que se agrupan en buen número con sus carritos de la compra repletos en las cajas de algún gran supermercado, arman el lío, y se marchan sin pagar. Dar la espalda a la mediación del dinero que el sistema postula como necesaria, progresiva y universal es jugar a otro juego, en vez de refinar las reglas del juego o patalear porque se pierde en el que se postula como único juego posible. Los viejos anarquistas lo llamaban ‘acción directa’. A su manera, lo están haciendo los millones de chinos se vuelven estos días al campo, dando la espalda a esas ciudades en las que anida la crisis. O los peul o los djola que conocí en Senegal, que viven casi de espaldas a la crisis porque la mayor y más importante parte de sus actividades corre por los márgenes de los flujos del dinero.
¿Podemos jugar con las metáforas del poder, darles la vuelta, volverlas contra ellos, hacerles decir otra cosa (otros “contagios” ahora horizontales entre sujetos rebeldes, otros “virus” de la revuelta, señalar hasta qué punto los “sistemas inmunitarios” son a veces los enemigos del “cuerpo” al que protegen, etc.)?
Podemos, y de hecho se está haciendo. La gente lo hace sin parar, y a menudo como casi sin querer. El otro día sacaban en la tele a una señora que debía acabar de quitarse los rulos; preguntada por la crisis, contestaba algo así como: “¡Estaba visto! ¡Es que con esto de los neuros nos están volviendo locos!”. Los neuros, ¡qué gran hallazgo semántico! De manera más esforzada y sistemática, hay todo un frente de economistas, sociólogos y antropólogos que, contra el fetiche del crecimiento o el desarrollo (por sostenible que se postule), tan vapuleado por la crisis, vienen proponiendo luchar por alcanzar cada vez mayores cotas de de-crecimiento. Si el desarrollo es la enfermedad, y no el enfermo, des-des-arrollarse es sanar; dejar de crecer es bloquear las metástasis. Son bien significativos los términos con que este concepto se ha traducido a las lenguas de los pueblos a los que se quería desarrollar. En wolof se nombra como “la voz del jefe”, en el eton del Camerún como “el sueño del blanco”. Metáforas que nos parecen de lo más natural (¿cómo va ser malo crecer y desarrollarse?), para ellos son puras órdenes o alucinaciones. Se puede jugar con las metáforas del poder, invertirlas o pervertirlas. Pero también es muy instructivo prestar oído a otras metáforas que se mueven en otros circuitos, alimentando formas de vida que no pasan por la vida de las grandes abstracciones (mercados, estados, gestión, educación y todas las terminadas en ‘-ión’, etc.). Los quichuas hablan del ‘sumak kawsay’, el buen vivir. Nada que ver con ese bien estar que sólo los estados (del bienestar) y el buen estado de los indicadores económicos pueden aportar a sus súbditos. ‘Estar’ se está en establos, la ‘buena vida’ sólo podemos dárnosla nosotros a nosotros mismos. La propia expresión castellana lo dice: “Darse la buena vida”.
* El análisis de Emmánuel Lizcano sobre las metáforas de la crisis de extiende en el artículo “Narraciones de la crisis: viejos fetiches con caras nuevas” publicado en el último número de Archipiélago (83-84): www.archipielago-ed.com
Versión íntegra de la entrevista a Aaron Barnea aparecida en Público el 14-2-2009

Aaron frente al Ministerio de Defensa en Tel Aviv
Una mirada superficial parece indicarnos que no hay nada entre israelíes y palestinos que escape a la espiral de terror y desesperación. Pero siempre hay destellos de algo distinto. Se trata de darles valor y espacio. Impregnarse de la profunda fuerza que late en ellos por ínfimos y frágiles que parezcan al lado de los proyectiles. Aaron Barnea perdió a su hijo Noam en el Líbano en 1999. Cuando murió, le faltaban sólo 5 días para acabar el servicio militar. En su uniforme encontraron la insignia del Movimiento de las Cuatro Madres que reclamaba la retirada del ejército israelí del Líbano. Desde entonces Aaron participa en el Foro de Familias, una organización que reúne a familias israelíes y palestinas que transforman el dolor por la pérdida de un ser querido en acciones por la reconciliación. Que desafía a la fatalidad sin reproducirla.
Háblanos sobre el Foro de Familias(1)
Los orígenes del Foro están en el año 94. Entonces, un joven, un soldado de 19 años que se llamaba Arik Frankenthal, fue capturado por un grupo de Hamas mientras hacía auto-stop. Su familia era muy religiosa, cumplían el perfil de lo que llamamos aquí “el religioso nacional”: los que van con los sombrerillos tejidos (kippa), se suelen identificar como gente cercana a los que viven en los asentamientos y mantienen posiciones muy radicales sobre la solución al conflicto. Durante los siete días de duelo tradicionales judíos, su padre, Yitzhak Frankenthal, recibe la visita de un pequeño grupo llamado “Víctimas del Terrorismo”. Son familiares de asesinados en acciones terroristas palestinas y cada vez que sucede algo se manifiestan exigiendo mano dura, venganza, nada de tregua, etc. Pero Yitzhak les dijo: “señores, ustedes no me representan. Nada me va a devolver a mi hijo. No me voy a consolar sabiendo que más familias palestinas lloran a sus hijos, la violencia sólo engendra violencia y lo que tenemos que hacer es apoyar el Acuerdo de Paz”. En el año 94 estábamos en el ápice de lo que se llamó el Acuerdo de Paz, el acuerdo firmado por Rabin y Arafat en Oslo. La voz de Yitzhak era nueva porque lo que predominaba entonces era el rechazo al Acuerdo, al que se oponía la derecha israelí y también Hamás. Isaac Rabin se dio cuenta inmediatamente de que ahí tenía un apoyo de mucha envergadura a su política y le abrió la posibilidad a Yitzhak de dirigirse a un público más amplio, especialmente familias israelíes que habían sufrido la muerte de un ser querido a raíz de acciones palestinas. En poco tiempo hubo unas 25 familias que se agregaron a ese llamamiento por la paz de Yitzhak. Al año siguiente asesinan a Rabin y el Acuerdo de Oslo comienza a desvanecerse.
Un punto de inflexión
Sí, también para nosotros. Hacia fines del 98, lo que era una iniciativa exclusivamente israelí decide dar un paso importante: ver si al otro lado de la frontera hay grupos palestinos, familias palestinas determinadas a adoptar la misma posición. Una posición que hable de reconciliación, de la necesidad de llegar a un acuerdo y de abandonar la violencia y el terror. Esa decisión desafiaba una opinión muy extendida en Israel que dice: “al otro lado no hay ningún interlocutor”. El grupo va a Gaza y descubre a muchas familias dispuestas a adoptar la misma actitud. Comienza un periodo de “dinámica de grupos” entre la gente de ambos lados y el grupo descubre que tiene en sus manos una fuerza enorme que va mucho más allá del mero apoyo al Acuerdo de Paz que ya entonces estaba esfumándose.
¿Qué fuerza es esa?
Es la fuerza de hablar al público y decir: “si personas que han perdido a sus seres queridos, personas que han pagado el precio más alto al conflicto, son capaces de hablar entre sí y llegar a un diálogo de reconciliación, entonces cualquiera puede hacerlo”. Desde ese momento la organización, que pasa a llamarse “Foro de familias-Círculo de Padres” porque se abre también a personas que han perdido a seres queridos “de primer grado”, se transforma en una organización apolítica que se dirige directamente al pueblo, a la sociedad civil, para mostrar que la reconciliación es posible.
¿Cómo es el trabajo concreto del Foro?
Nuestro mayor enemigo es la polarización. Pero aquí la polarización no es ideológica. La polarización viene de una falta de conocimiento del otro, de encuentro humano con el otro. Los medios de comunicación han jugado un papel muy importante en todo esto, porque tienen una tendencia a la simplificación, a la reducción del otro a una sola dimensión. Mientras que el encuentro personal complica la visión. ¿Y qué es lo humano si no esta complicación? Ese efecto es el que buscamos en los encuentros.
¿Encuentros de qué tipo?
Habitualmente vamos muchísimo a los colegios. Cada año visitamos más de mil clases. No va un solo conferenciante, sino dos. Un israelí y un palestino, juntos. El conferenciante abre la clase relatando su historia en primera persona y cómo se encontró con el otro en la organización. Por ejemplo, el palestino relatará qué obstáculos ha tenido que pasar ese mismo día para dar la charla, a qué hora ha tenido que levantarse para cruzar el check-point y cómo es su vida cotidiana. Es un relato individual pero que tiene una perspectiva muy amplia, porque habla de una realidad que es común a todo un pueblo. Por eso genera empatía. El efecto es increíble. Después de estar hora y media un israelí y un palestino hablando juntos, los chicos nos dicen: “por primera vez vemos el otro lado de las cosas”.
También organizamos encuentros a nivel personal en los que por ejemplo un israelí trata de recuperar su pasado y contárselo a la otra parte y al revés. O encuentros entre las familias. Se hacen generalmente cerca de Jerusalén, allí donde israelíes y palestinos podemos llegar sin problemas. Ahí se trata sobre todo de conocerse a nivel humano. Pero también realizamos entonces otro tipo de actividades: por ejemplo visitamos juntos Yad Vashem, el centro más importante en Jerusalén dedicado a la historia del holocausto. Lo hicimos juntos. Y el mismo grupo fue a visitar una de las aldeas palestinas abandonadas en el 48, en lo que los palestinos llaman la Nakba, es decir el desastre que supuso para ellos la instauración del Estado de Israel que generó el problema de los refugiados. Fuimos también juntos. Dos personas que vivieron en esa aldea y que hoy en día son miembros de nuestra organización hablaron al grupo. En esos encuentros pudimos compartir las dos narrativas, israelí y palestina.
A finales del 2002 lanzamos un programa llamado “¡Hola, Shalom! ¡Hola Salaam!” (2). Era una línea telefónica que permitía a israelíes comunicarse con palestinos y viceversa. Entrábamos en el segundo año de la Intifada y percibimos que los dos pueblos necesitaban volver a dialogar. Recibimos dinero de la UE para difundir el proyecto y resultó ser un éxito de grandes dimensiones. Más de un millón de llamadas fueron registradas por el ordenador. La experiencia fue publicada y tuvo mucha resonancia mundial. Hoy la línea existe aún pero está prácticamente silenciada, por carencia de fondos. A raíz de la guerra reciente en Gaza decidimos ofrecer al grupo de ONGs de la Paz el derecho de continuar con la línea. En caso de que eso no progrese, trataremos nuevamente de conseguir los fondos para seguir llevándola nosotros porque creemos que vuelve a cobrar importancia.
¿Qué significa ‘reconciliación’?
Reconciliación significa aceptar la existencia del otro. Aceptar la humanidad del otro. Los derechos del otro a existir. Pensar en un lugar común donde convivir que seguramente exigirá que cada una de las partes renuncie a los “grandes sueños nacionales”. Mediante la empatía personal que se genera en los encuentros vislumbramos eso, prefiguramos eso. En el caso de estos dos pueblos hay muchas posibilidades de llegar a una reconciliación porque hay muchas cosas que nos unen. Israel puede ofrecer a Palestina una perspectiva moderna y occidental al lado de casa. Por su lado, los israelíes están atados emocionalmente a la tierra palestina. No hace falta ser el propietario de esa tierra para sentirlo. Los palestinos serán los custodios de esas lugares afectivamente tan importantes para los israelíes. Hay muchas posibilidades para generar puentes.
A diferencia de otros conflictos, como en Sudáfrica, vosotros habláis de reconciliación ya, sin postergarla para después del acuerdo político.
Nosotros confiamos en la sociedad civil. Presuponemos que la sociedad civil puede incluso desarrollar fuerzas que empujen a los políticos a llegar a acuerdos. Esa es nuestra función. Hoy sabemos que además de un acuerdo de paz, elaborado y firmado por los políticos, va a ser necesario un proceso de reconciliación. No una acción puntual, sólo por arriba, sino un proceso social. Nuestra misión es catalizar ese proceso, tratar de desencadenarlo con nuestro ejemplo, producir una ruptura emocional.
¿Qué significa eso?
Amos Oz nos explicó lo que quería decir con un ejemplo: cuando el presidente egipcio Anwar Shadat llegó a Israel un día memorable de 1977, para la población israelí era completamente impensable cualquier perspectiva de paz con Egipto. Pero Shadat llegó con un mensaje tan claro de paz y una disposición de tanta apertura que desarmó totalmente a la población. Fue increíble porque en cuestión de horas se generó en Israel una ola multitudinaria e imprevista de apoyo al movimiento de paz. Amos Oz nos dijo que cuando nosotros generábamos ese efecto en la gente, porque descubre de golpe que existe un palestino que es un ser humano, no una imagen estereotipada y unidimensional, inhumana, sino algo mucho más amplio. Lo que nosotros hacemos en los encuentros que generamos es humanizar al otro. Y el otro es en el caso de Israel es el palestino y en el caso de Palestina, es Israel. Esa es nuestra función.
¿Vuestra organización tiene algún color político?
Nuestra actitud es apolítica. ¿En qué sentido? Nosotros no entramos a dar soluciones sobre los diferentes temas que están sobre el tapete político: ¿cuál tiene que ser el futuro de Jerusalén? ¿Cómo debe resolverse el tema de los refugiados? Por el contrario, nosotros decimos que aceptaremos cualquier acuerdo político al que los políticos lleguen siempre y cuando sea de manera abierta, democrática, mediante el diálogo y la negociación. A nivel individual pensamos diferente sobre los diferentes temas: dentro de la organización la mayoría abrumadora se considera sionista, pero nadie pone en tela de juicio ni por un momento el derecho de los palestinos a tener su estado. Y creemos que ambas realidades son perfectamente compatibles. En todo caso, a nivel de organización no entramos a un análisis de las diferentes soluciones posibles. Nuestra función es hablar al pueblo con nuestro ejemplo. Y es precisamente porque no tenemos una actitud política por lo que podemos hablar en los colegios, que de otra manera serían mucho más cautos con nosotros. Una actitud apolítica nos permite una apertura mucho más amplia. A nivel más general, se nos ubica en el movimiento por la paz, que aquí está muy vinculado a la izquierda israelí.
Vuestra respuesta personal a la terrible violencia que habéis sufrido tan directamente no parece normal, ¿acaso sois gente excepcional?
Cada uno de nosotros pasó el trauma más grande que se puede pasar: la muerte violenta de un ser querido. En mi caso, mi hijo Noam. Su muerte me sacudió hasta la médula. Pensé que era el final de mi vida. Al principio lo que me sacó de la desesperación fue un sentido de responsabilidad hacia mis otros hijos. Y después la certeza de que mi experiencia me daba una voz y una fuerza que me permitía hablar en favor de la paz. Ninguno de nosotros se considera un santo, Ghandi ni nada de eso. Uno siempre puede preguntarse: “¿reaccionando con odio qué es lo que obtengo?” Mucha gente considera que la pérdida de un hijo impide hacerse esas preguntas. Pero no es nuestro caso. Yo he perdido a un hijo, pero no he perdido la cabeza.
Una última palabra tras las elecciones recientes
Busco la palabra más expresiva para describir lo que siento un día después de las elecciones: me siento aplastado. Pero no vencido. ¿De dónde sacar energías para continuar? Tengo la certeza de que para Israel la paz es una necesidad existencial. Seguiremos buscando aperturas, enfrentando a ambas partes con la humanidad del otro, dándole nombre y apellido, biografía y anhelos. Ahora será más difícil y por ello seguramente más importante.
1. http://www.theparentscircle.org/
2. http://www.theparentscircle.org/Activities.asp?sivug_id=2
Los amigos de Lavaca.org me hicieron esta entrevista estando yo en Buenos Aires el pasado octubre y la publicaron en el número 20 de su periódico Mú. Creo que podría interesar por aquí -y no sólo porque se hable un poco del mismo Público.

www.indymedia.org
Amador es español y vive en Madrid. Es historiador, escribe en el flamante periódico Público y es editor de Acuarela Libros. Pero nada de esto alcanza para definirlo porque Amador es fundamentalmente muchas otras cosas también y al mismo tiempo. Su formación proviene de experiencias sociales que han marcado sus reflexiones: participar de la creación de Indymedia-Madrid o de la Red Ciudadana de afectados por el atentado de 11 de marzo, por ejemplo. Ahora mismo llega de un viaje de dos años por las memorias cinematográficas del Mayo Francés, que lo han traído hasta Buenos Aires y Rosario con la misma intención que tuvo cuando estrenó ese muestra en el oficial Museo Reina Sofía o la paseó por diferentes centros comunitarios: pensar aquel Mayo desde este hoy. Eso, quizá, es Amador: una persona que hace y piensa, pero nunca solo. Y habla en plural para recordarnos a esa red de amigos de aquí y de allá con los que permanentemente intercambia ideas y pasiones.
-¿Qué conclusiones te ha dejado sobre las nuevas formas de comunicación tu participación en la creación de Indymedia Madrid?
-Recuerdo la experiencia de Indymedia como un fracaso, pero un fracaso interesante, revelador. Nosotros siempre tratamos ahí de combinar algunos rasgos definitorios de Indymedia –cualquiera puede ser periodista, postear una noticia, una reflexión, una foto- con un espacio editorial más clásico, producido especialmente por el colectivo. Indymedia murió de éxito: el problema del ruido estuvo desde el principio, pero como algo normal y manejable mientras la participación estuvo localizada en el entorno de los activistas antiglobalización. Sin embargo, como decían los amigos más techies, el proyecto no era “escalable” y cuando la comunidad de usuarios se multiplicó el ruido acabó devorando la comunicación, poniéndose en primer plano. Con el ruido me refiero a las provocaciones, los trolls, los cotilleos, toda una variante de lo que Paolo Virno llama “charla”: un blablabla sin ninguna densidad ni afectación subjetiva. Nosotros no supimos qué hacer con eso.
-¿Cuál fue el punto de inflexión?
-El punto lo marcaba la propia intensidad política. Cuando el movimiento global se expresaba con más fuerza en la calle, Indymedia se volvía inmediatamente una herramienta, un espacio público, un arma. Pero luego cotidianamente bajábamos al foso de los leones de la charla, la provocación y la pelea por cuotas de representación (entre anarquistas, autónomos, etc.). Pero creo también que Indymedia se vio superado por otra cosa: una socialización política de la tecnología en manos de cualquiera. El uso político de las herramientas tecnológicas, en los albores del movimiento antiglobalización, estaba en manos de una especie de casta mediactivista, pero el 13-M [dos días después del atentado en Madrid] la gente cualquiera se autoorganizó con los móviles e internet contra las mentiras del gobierno. Nada volvió a ser lo mismo.
-¿La hipótesis es que Indymedia fue debilitada por los blogs?
-De alguna manera. Cuando todavía estábamos en Indymedia y comenzamos a percibir el surgimiento de los blogs aquello nos parecía un paso atrás, una vuelta al narcisismo autorreferencial, a ese individuo incapaz de construir algo colectivo. Pero luego nos hemos dado cuenta de que esa gente con nombre, rostro y apellido estaba construyendo algo muy interesante: una nueva manera de articular el yo y el nosotros. Una hipótesis que conversamos mucho es acerca de la existencia de dos momentos de Internet. Una primera, asociada al travestismo de identidades y a las estructuras colectivas. Y otra, luego, caracterizada por los blogs y el individuo con nombre y apellido. De alguna manera lo político también se desplazó hacia allí. En el movimiento por una vivienda digna surgido hace dos años en España la fuerza estriba en los blogs, la confianza personal que damos a quien nos manda un mensaje que nos convoca a la calle, las pancartas individuales con lemas propios, los testimonios concretos sobre las situaciones de vida. En los blogs hay una recuperación de la idea de verdad, pero ya no como verdad absoluta, no como dogma. Ya no es un nick, sino el nombre propio el que relata tal o cual experiencia. Y eso restablece la confianza en el relato virtual.
-En cierta manera, Internet creó sus propios anticuerpos.
-Y a partir del cuerpo de alguien, de alguien concreto. Ya no más comunicación desencarnada e hiperideologizada típica de Indymedia. Ya no más lengua de madera militante. Veremos qué común puede salir de ahí. Tengo la impresión de que aquí en la Argentina, quizá luego de 2001, la construcción de vínculos sociales ha sido muy significativa. Pero en España se viven en condiciones de mucha soledad: 3 millones de personas viven solas. Los vínculos no son muy sólidos, ni tienen un mañana muy claro, ni una causa. Nosotros nos preguntamos insistentemente por la politización posible a partir de ahí, a partir de esas condiciones que son las nuestras. El hombre anónimo habla de sí mismo a través de los blogs, de lo que ha soñado esa noche, de lo que ha leído. Pero de pronto algo pasa, esa soledad se conecta y aparecen ciertos movimientos políticos de nuevo tipo. Cuando surgieron manifestaciones autoconvocadas alrededor del tema de la vivienda, hubo un caso en especial que seguimos con mucha atención y que habla de todo esto. Se trataba de un muchacho que nos gustaba mucho como escribía en su blog, como podía, a través de relatos en primera persona, transmitir todo lo que había sentido un colectivo, con un lenguaje nuevo, propio, con mucha fuerza. En la segunda manifestación hubo represión y este muchacho salió de lo virtual y puso el cuerpo: se hizo cargo de que los detenidos no quedaran solos, de reunir pruebas contra la policía y lograr así que fueran liberados. Le hicimos entonces un reportaje y nos encontramos con un chico totalmente despolitizado, que hasta las elecciones anteriores había votado al Partido Popular (1).
-Frente a estas nuevas formas de comunicación, ¿cómo han reaccionado los medios comerciales?
-Algo se mueve por ahí arriba también. Hace años que ya es notoria la crisis de lo que llamamos cultura consensual, que no es sólo una definición en cuanto los contenidos –esto se discute, esto no se discute- sino también de las formas. El tráfico unidireccional de información y el monopolio exclusivo de la palabra es algo que ya estaba en decadencia en momentos del movimiento antiglobalización, pero en España, con el atentado del Atocha, el 11 de marzo, esto es algo que implosiona. Hasta unos años antes, los periódicos se dividían claramente en una derecha clásica, una derecha moderna y una izquierda representada solo por el diario El País. Pues hoy El País es un periódico en el que muy poca gente viva puede reconocerse. Cualquiera que tenga menos de 50 años se da cuenta que la política, la música, la literatura, los temas y las sensibilidades que le interesan, El País los desprecia. El País es la manera que tiene una generación (la generación que ha impuesto la cultura consensual en España) de decirte todas las mañanas “eres una mierda”. Los que escriben allí son periodistas o intelectuales que participaron de la lucha de los años 60-70 y ahora son arrepentidos que escriben como diciendo: ´Ya lo intentamos y no salió. Lo de ustedes es una pobre remake condenado al fracaso.´ El resultado de este desprecio es que dejó un espacio para el surgimiento de otro periódico. Con esa idea surgió Público, que ha logrado instalarse con una venta de 75.000 ejemplares, algo meritorio si se tiene en cuenta que está dirigido a un sector que ya no leía periódicos. La redacción se creó a partir de mucha gente que se había formado en Internet, en fanzines, en el underground y que están abiertos a pensar la política y la cultura de una manera distinta. Público expresa mal que bien cambios que se han dado por abajo, aunque los interpreta como un fenómeno “de izquierdas” y por ahí no van los tiros.
-¿Cuál es la hipótesis sobre los desafíos actuales de las nuevas formas de comunicación?
- Cuando se quiebra el monopolio de la palabra hay una proliferación de focos de sentido. Eso significa que hay estímulos, estímulos y estímulos que nos llegan desde Internet, desde el teléfono celular, desde todos lados. El problema, como expone fenomenal Franco Berardi (Bifo), es cómo procesar esos estímulos, cómo coordinar el cibertiempo con el tiempo corporal, físico, de escala humana. Hay una asimetría total entre uno y otro. Uno es hiperveloz y el otro es lento. Esa falta de sincronía nos enfrenta a enfermedades del alma muy contemporáneas: ataques de pánico, ansiedades, fobias. Estamos ya todos como los amigos hackers que tienen el cerebro funcionando todo el día en multitarea, con la pantalla colmada de ventanas que se abren y abren, pero nunca se cierran. Baudrillard decía que la buena “comunicación” implica una aniquilación del contenido y es verdad. Pareciera que todo debe circular cada vez a mayor velocidad y que para ser asimilable, debe ser virtual, superficial y líquido. Una visión turística del mundo y de uno mismo. Y a ese paso se pierde la complejidad, los claroscuros de las experiencia. Nosotros creemos que a las sombras no hay que eliminarlas, sino todo lo contrario: hay que ponerlas en primer lugar.
-¿Por qué?
-Cuando estábamos en Indymedia decíamos que teníamos el complejo de Blancanieves: ´Espejito, espejito, dime que soy la más bella, que los movimientos sociales son lo mejor´. Es difícil que un medio de comunicación de izquierda estimule a pensar sobre las sombras de un movimiento, que ponga el énfasis en las zonas ambiguas, de ambivalencias, de contradicciones. Pero sin sombras se crea una imagen de la realidad demasiado plana. Sin sombras se cae en el guión, en la fábula.
-No es fácil abrir ese debate si al mismo tiempo los medios comerciales están diciendo que los movimientos sociales son lo peor…
-No es fácil. Por ejemplo, en la Red Ciudadana de afectados por el atentado del 11-M (2) salir a la calle se hizo cada vez más complicado. Recuerdo, por ejemplo, cuando le quisieron poner el nombre de Bosque de los Ausentes a un parque que se había construido en homenaje a las víctimas. Para los afectados era un insulto, porque no había nada más presente en sus vidas. Salimos a la calle a manifestar nuestro repudio y la prensa se nos acercaba para preguntarnos si éramos de derecha o de izquierda, una y otra vez. Era una pregunta que nos sorprendía, porque no éramos nada: éramos nosotros mismos, unos cualquiera. Y eso lo hemos visto en España muchas veces en los últimos años: movimientos que no eran de izquierda, ni de derecha, eran lo que llamábamos espacios de cualquiera, espacios donde cualquiera puede incluirse, cualquiera puede participar. ¿Cómo explicar todo eso ante el micrófono en el puño del cronista? La respuesta que encontramos fue el silencio. Un silencio que impedía que se hablase en nuestro nombre. Ahora mismo, cuando venimos de pasar casi cuatro años de ocupación de la calle por parte de una nueva derecha de estilo Bloomberg -que ha salido a manifestarse masivamente en contra del matrimonio gay, en contra de la negociación con ETA, a favor de una tesis conspiranoica sobre el 11-M- pensamos que no había que deprimirse porque recordamos la experiencia de la gente en la Red Ciudadana: una política de sustracción, de desaparición, no implica dejar de pensar ni de crear otros vínculos en la sombra.
-¿Eso alcanza para ser optimista?
-En realidad nunca se sabe a dónde van a llevar esas cosas, que de alguna manera funcionan como un vacío de la representación, un descreimiento de los políticos y los medios de comunicación. No es el asalto a los medios. Tampoco es la construcción de otros medios. Es algo así como colaborar a una especie de implosión. Una ambigüedad que puede radicalizarse. Lo hemos visto tras los atentados del 11 de marzo. Hubo una manifestación convocada por el propio gobierno a la que todos fuimos, a ver qué pasaba. Dijimos: vamos a confiar en ese “cualquiera” que no es tan tonto. Porque ese cualquiera sabe más lo que está pasando por ser realista, anónimo y hasta cínico. Esa manifestación fue muy rara. Era una situación de ambigüedad total, porque no sabías si el que estaba a tu lado te iba a pegar un bofetón por izquierdista cómplice de ETA o si iba a gritar contigo “queremos la verdad” a los políticos que iban a la cabecera, como finalmente ocurrió. Pero un día después, en la manifestación del 13 de marzo, de alguna manera hubo una “desambigüización” o una radicalización de esa ambigüedad. Pensamos, entonces, que quizás primero tiene que estar esa ambigüedad: no ser de izquierda ni de derecha, no ser esto o lo otro. La posibilidad de construir con cualquiera y hacia cualquier sitio. De crear. El vaciado de los modelos es lo que permite crear. Y ese vacío se puede radicalizar. Entonces, esas pequeñas sustracciones primero te permiten vivir. Si no te los crees, entonces ya no vives tu vida interpretándola según lo que te dicen los medios. Ese desplazamiento es un momento de libertad. Luego, puede haber una práctica que radicalice esa situación. Pero saldrá o no por sí sola. La fuerza está en la autonomía de una voz propia y en el anonimato de un espacio de cualquiera.
1. Se puede leer aquí:
http://agitpub.wordpress.com/2007/06/06/persiguiendo-a-la-%e2%80%9cv%e2%80%9d-de-vivienda-ii/]
2. www.redciudadanatrasel11m.org