Baldaio: la playa es nuestra, caciques fuera

Un zapato desparejado encierra más significados que un titular a cinco columnas. Lo iguala una muñeca rota. Es la semántica de la muerte.

Carballo celebra cada jueves y los segundos y cuartos domingos de mes un mercado donde se congregan las gentes del campo para vender productos de la tierra. Hace 35 años, un ocho de mayo de 1977, la plaza del pueblo acogió a unas 5.000 personas, que ni en las fiestas de San Xoán, el patrón local. El asunto iba, precisamente, de aguas: vecinos y manifestantes procedentes de toda Galicia habían llegado hasta aquí para protestar contra una concesión otorgada treinta años antes a una empresa privada para montar una piscifactoría en Baldaio (playa y marisma de ensueño, parada y fonda de aves, un oasis de juncos con vistas al Atlántico). El objetivo real era extraer áridos, para lo que no dudaron en abrir una pista en medio del paraje por la que transitaban cientos de camiones cargados de arena. También construyeron una suerte de presa horrible, cuyas compuertas impedían el paso de agua del mar, cargándose el ecosistema.

Recuerdo que eran aguas peligrosas, llenas de remolinos. Que mi padre una vez salvó a Paola de morir ahogada. Que yo era más de Razo, aunque solía caminar por la orilla de una playa a otra: cuatro kilómetros, seiscientos metros. Tal vez la memoria me traicione, pero lo importante no es mi recuerdo infantil. Entonces no tenía idea de lo que estaba pasando allí, pues era un mocoso de apenas dos años. Para eso están las hemerotecas y el trabajo de María Rama, una periodista carballesa que volvió tres décadas después a aquel campo de batalla para devolvernos la memoria. El título de su documental es bello: Arena en los ojos.

Los vecinos de Baldaio no exigían imposibles: querían seguir mariscando allí donde lo habían hecho sus padres y abuelos. Su lucha fue acompañada por la de cientos de gallegos que se acercaron a Carballo para solidarizarse con los que trabajaban la tierra, el mar. Supuso uno de los hitos del nacionalismo gallego, junto a Xove y As Encrobas, protagonizado por miles de personas anónimas y por personalides como Moncho Varcálcel o Carlos O Xestal, un humorista al que una vez, tras una actuación, tuve el arrojo de pedirle un autógrafo como si se tratase de Bob Dylan. Le tengo mucho cariño porque días después me dejó en el comercio de mis padres un póster autografiado: gorra oscura, piel en barbecho, gafas de sol. O Xestal era un activista antes de que se pusiese de moda la palabra activista. Pasa con la regueifa, que ahora la llaman rap. Carlos fue el primer rapero cabeza de cartel.

No voy a extenderme con lo que pasó en aquella plaza, pero entiendan que las decenas de guardias civiles que tomaron el lugar y bloquearon cada una de las calles que conducían a ella agarraron sus mosquetones por el cañón, como si fuesen bates de béisbol. Las armas de los manifestantes, pueden imaginárselo, eran consignas como “La playa es nuestra, caciques fuera”. Cuando quisieron escapar, no había salida, pero improvisaron cualquier rincón para esconderse: tabernas, viviendas, cuartos de baño… A Casa San Ramón (el primer quiosco de la historia de 200 metros cuadrados, en cuyo mostrador dormitaban dos gatos del tamaño de un mastín, pero más gordos) llegó alguien al borde de la última exhalación. Corría como Abebe Bikila, el etíope que ganó la maratón en los Juegos Olímpicos de Roma: descalzo. El zapato, perdido y solitario, abandonado en el asfalto. Como una Nancy arrollada por las botas de los picoletos, que por entonces aún calzaban tricornio.

Aquel día fue largo. Por la tarde, mil personas le rindieron homenaje en Baldaio a Marcelino Rodríguez, que había muerto recientemente después de ser detenido por la guardia pretoriana de la empresa que estaba esquilmando el lugar. Lo cogieron con un saco de berberechos y, con las ropas húmedas, le obligaron a caminar diez kilómetros hasta el cuartel de la Guardia Civil en Caión, donde pasó la noche. Padecía del pulmón y murió días después.

Los congregados, entonces, decidieron ocupar simbólicamente la marisma, donde de nuevo les esperaban los mosquetones, las pelotas de goma y los botes de humo. El médico Mariño, con el que no me une parentesco alguno, no dio abasto para atender a los heridos. Otros fueron trasladados a un hospital de A Coruña, donde las fuerzas del orden —disculpen el oxímoron— detuvieron a Moncho Valcárcel, Xosé Esmorís y Francisco Felípez, que habían acudido allí para interesarse por la salud de los heridos y fueron trasladados inmediatamente al cuartel. Éste último, años después, prefiere no recordar lo que sucedió aquella noche. Dice que fue la más dura de su vida.

“No hubo muertos de casualidad”, rememora. Si usted sabe lo que había que hacer antes de la cocción —cuando no abundaban los congeladores— para que un pulpo estuviese tierno, entenderá esta frase: “Mallaron en nós coma pulpos”. Mallar de majar, es decir, machacar. La estampa era propia del Duelo a garrotazos de Goya, pero con fusiles. Felípez se lamenta de que las hostias fueran aleatorias, porque había jóvenes, pero también jubilados y ancianos. Para que se hagan una idea, la prensa tituló entonces: “La Guardia Civil rompió cuatro mosquetones durante el intercambio de golpes” (ojo con la palabra intercambio; también con la maleabilidad de las armas). Otras publicaciones fueron más metafóricas: “La sangre llegó al mar”. Diario 16, indudablemente poético, recurrió a la prosopopeya en la crónica de la carga que se había producido horas antes en Carballo: “Muchos animales expuestos para la venta (conejos, gallinas y cerdos) huyeron en medio del barullo”.

Un combate desigual y asimétrico en el que los vecinos se vieron envueltos por una causa justa, aunque tuvieron que esperar a 1991 para que el Tribunal Supremo les diese la razón. Habían soportado golpes, amenazas, multas y calabozos. Un hombre murió reventado. Una mujer abortó. La empresa concesionaria de aquella piscifactoría fantasma jamás pudo demostrar que había comercializado ni un kilo de moluscos de la marisma, que se divisa desde la escarpada ermita de Santa Irene. Allí, Oliva Pose, erigida ya en heroína labriega, se dirigió tiempo después a los suyos y entonó: “La naturaleza no puede ser privada. Costó mucho, pero ha valido la pena”.

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