Solución Salina

España redescubre el otro balconing

Un hombre tumbado en la hamaca instalada en su balcón durante la cuarentena por el coronavirus. / NACHO DOCE (REUTERS)


Cualquier día España redescubrirá los sótanos y las bodegas, pero a falta de una guerra nuclear buenos son los balcones. Mientras esperamos por la cuarta entrega de
Mad Max, nos ha dado por desmontar nuestros mercados de pulgas, que en Madrid son más bien de chinches. ¿Cómo era posible que en un par de metros cuadrados cupiesen una bicicleta de montaña, dos bombonas de butano, la unidad exterior del aire acondicionado, una escalerilla, tres taburetes apilalables de polipropileno para las visitas que nunca son invitadas y varias macetas de surfinias más mustias que quienes no tenemos balcón?

Es tan desconcertante como paradójico que lo que ha traído muerte también haya desparramado vida, al menos en los voladizos que quedan, porque al español le pirra el suelo y el cemento —siempre que tenga techo y cuatro paredes—, por lo que más de uno se estará tirando de los pelos por haber cerrado o tapiado el balcón. Entiendo que la salita o el salón han ganado espacio, pero me pregunto dónde habrán metido la muntainbaic, un artilugio que merece criar polvo solo por su nombre impronunciable y con el que los urbanitas solían desplazarse por la Castellana, ese paseo montuno obstaculizado por piedras y troncos, cuestas y descensos, riachuelos y barrizales, desniveles y barrancos. 

Una joven lee un libro en un balcón durante la pandemia del coronavirus en Madrid. / SERGIO PÉREZ (REUTERS)


La barandilla se ha convertido en el nuevo bastón donde el confinado apoya su tedio. El edificio de ladrillo visto de enfrente —siempre me ha gustado el adjetivo
visto después de ladrillo, sobre todo cuando el adobe salta a la vista, pero supongo que ahora los fabricarán con arcilla— es nuestro horizonte insólito, cuando antes la lejanía era la atestada arena de Matalascañas, donde los abuelos se levantan antes de que se ponga el sol para plantar la tumbona y la sombrilla con el objetivo de delimitar ese balcón angosto y agosteño en primera línea de playa. Ya decía que en este país ha calado demasiado el sentido de la propiedad, especialmente de la ajena, aunque luego los castillos de los nietos se los lleven las olas hasta el fondo buitre del mar.

El otro día vi a un señor en su parcelita aérea tomándose un vermú, posado en una minúscula mesita, mientras leía sentado a Kierkegaard, porque Kierkegaard solo puede leerse sentado excepto que seas Faemino y Cansado. En el telediario, ese tanatorio de noticias, una pareja entrada en años hacía marcha —que es una cosa como el running, pero en slow motion—, aunque contaba con la ventaja de que la pista era un corredor en ele, como el de Casa Granada. Y frente a mi ventana contemplo a las niñas saliendo por una chistera de cristal para corretear por la terraza, meterse de nuevo en el sombrero del mago y voilà. Una palabra cuya fonética —voilà— me recuerda al vuela, vuela de Magneto, traducción tan nuestra del Voyage, Voyage, que en realidad no vuela sino que viaja. Por cierto, adiós al Tour en julio y ya veremos para cuándo la Vuelta.

Varias personas hacen ejercicio en su balcón durante la cuarentena por coronavirus en España. / REUTERS


Yo no tengo balcón, por lo que no puedo mirar hacia abajo. Por eso, cuando salgo a la calle a comprar unas carrilleras, alzo la vista para ver el panal, que es en lo que se ha quedado nuestro mundo. Como una abeja perdida, sin rumbo, observo a chicas cabalgando bicis que dentro de un par de meses —
si algún día, esperemos, llega el verano— dejarán de ser pedaleadas, que es lo peor que se le puede hacer a una bicicleta.

- Lo siento, Estática, pero he conocido a otra.

- ¡Lo sabía! Ya no me tocas como antes... A ver, ¿dónde...?

- En el gimnasio.

- Calla, no quiero saber nada más. ¿Y cómo se llama esa pelandusca?

- Eeeh… Elíptica.

Alien de balcón durante la pandemia de coronavirus en Madrid. / JAIRO VARGAS


Cosas que pasan cuando dejas de mirar el móvil y levantas la cabeza mientras caminas. Jóvenes hablando con mayores —igual que yo saludo a eso de las ocho a mi vecina, una anciana a la que había visto dos veces en tres años—: ¿hablarían antes?, ¿de qué estarán charlando ahora? Un gentil echándose una siesta en la hamaca, atada a los extremos de la barandilla, que es bastón pero también árbol. Lectores que pasan páginas de hoja caduca, porque nadie quiere pensar en una cuarentena perenne. Padres que cuelgan carteles pintados por sus churumbeles, quienes te regalan una sonrisa al imaginártelos con sus caras y sus manos hechas un Pollock. 

En fin, que los españoles se han puesto el balcón por bandera, sobre todo rojigualda, lo que me hace pensar en la tercera. No me refiero a la República, sino a la fiebre nacional, que había surgido con las copas de la Roja, sufrió un rebrote con la galopada del reconquistador de perilla boabdiliana y ha puesto a prueba el termómetro con la pandemia del coronavirus, que llevó a muchos a retirar la enseña desteñida por el sol y a bajar al chino a comprar una nueva. Una sugerencia: al menos que las planchen, porque los pliegues quedan muy cutres. Una cosa es ser patriota y otra tener la bandera hecha un trapo.

Banderas, aplausos y lecturas en los balcones de Madrid durante la cuarentena por coronavirus. / REUTERS

Algunos han confundido los aplausos a los sanitarios con una moción de censura de altos vuelos y, entre palmada y palmada, entonan un ¡Sánchez dimisión! También he escuchado desgañitarse a una cría con sus ¡viva España! y ¡viva el rey!, aunque luego me di cuenta de que era un mocoso. A los niños bien hay que educarlos como dios manda desde pequeños, porque luego les da por montar a caballo y hacer la revolución al mismo tiempo. Casualmente, hoy he comprobado que el infante no era uno, sino dos, Pin y Pon turnándose en los ¡vivas! espoleados por la claque.

Ellos se ahorran la afonía y yo me he ganado una visita a la oculista. Al menos, me libro del otorrino, porque la culpa no es de mi oído, sino de los niños, que estos días hablan todos igual. Al menos en las películas, por obra y gracia uniforme de las actrices de doblaje. Claro que podría optar por los subtítulos, pero no veo un pijo y solo uso gafas a juego con la mascarilla cuando salgo a hacer los recados. Por cierto, que muchos desalmados se han ido al carajo con su catalejo —es decir, se han subido a la cofa—. Sorprende que el diccionario, pese a que la RAE sea una plantación de nabos, solo recoja la acepción de miembro viril, impotente o precoz.

Salita de balcón durante la pandemia de coronavirus en Madrid. / JAIRO VARGAS


Desde allí arriba, confundiendo su balcón con la atalaya de un barco pirata, se han erigido en censores de los caminantes, a quienes insultan sin conocer las circunstancias de su presa, todo sea por el botín. Médicas y enfermeras que no pasean, sino que vuelven a sus casas, donde alguien les pintarrajea el coche con un "rata contagiosa". O esa madre que, harta de los insultos por salir a la calle con su hijo, se ve obligada a escribir en una pancarta: "El niño es autista". Me deprime pensar que
el ser humano pueda ser tan abyecto, desagradecido e insolidario. Sucedió en Oviedo, mas podría pasar en tu portal o en tu escalera. Qué majos son mis vecinos... hasta que se hunde el Titanic.

Azoteas, terrazas, galerías, ventanales, corredores y carajos... Aunque algunos deberían confinarse como alimañas en el trastero, al que mi madre llama cocho. El palabro me recuerda a un cerdo, si bien nunca le he dicho nada. Sin embargo, ahora que lo pienso, qué sabia es. Cocho, además de gorrino, es el lugar donde se refugian los animales. Es decir, los policías de balcón, porque alguien que llama "rata contagiosa" a una ginecóloga no creo que haya evolucionado lo suficiente como para caminar erguido. Son simplemente guarros centinelas, vigías marranos que se regodean en la mierda de sus pocilgas.

Dos vecinas hablan en sus balcones durante la cuarentena por la pandemia del coronavirus en Madrid. / SUSANA VERA (REUTERS)


Asfixiados por su hedor y angustiados por nuestro encierro, al menos hemos aprendido a respirar, algo de lo que nos habíamos olvidado. También hacemos migas con vecinos hasta ayer desconocidos, a quienes les hemos puesto voz. Otros siguen sin saludar, aunque se han percatado de nuestra presencia, porque cuando nos ven llegar se apartan dos metros —o sea, dos metros más de los que ya se apartaban antes—. Tié q'haber gente pa'tó, que dijo el Gallo cuando le presentaron a Ortega y Gasset. Así, al que no le da por bajarse un pack de cervezas en el balcón, le da por ponerse a hacer flexiones apoyado en la barandilla, que ya es asidero, bastón, árbol y barra de bar o gimnasio, según corresponda.

Cuando salgáis la próxima vez a la calle, mirad hacia arriba. Durante este mes, yo he visto cosas que vosotros no creeríais. Asar chorizos en llamas más allá de Colón. He visto rayos de sol brillar en la oscuridad cerca de la Puerta de Toledo. Todos esos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia, cuando pase lo del balconing. Es hora de vivir.

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Un hombre toma un café junto a un alien sin identificar durante la cuarentena por el coronavirus en Madrid. / SERGIO PÉREZ (REUTERS)


* Las fotos, excepto la de la bandera republicana y las firmadas por Jairo Vargas, fueron tomadas durante la cuarentena por el coronavirus por Susana Vera, Sergio Pérez, Nacho Doce y Juan Medina, de la agencia Reuters.

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