Solución Salina

Los madrileños no existen

Isabel Díaz Ayuso y José Luis Martínez-Almeida. / Jesús Hellín (EP)

En mi infancia no había madrileños, aunque un verano fui a Cangas y los llamaban jodechinchos.

No volví a escuchar nada de ellos hasta que me vine a vivir a Madrid, donde tampoco había madrileños. Todos éramos de fuera y quienes habían nacido aquí presumían de su pueblo, como los coruñeses alardean de su aldea, porque en realidad Madrid no existe y les tranquiliza sentir como propio un lugar en el que caerse muertos. Me sorprendió tanto la ausencia de madrileños como el uso del pronombre posesivo: no era el pueblo, sino su pueblo, aunque solo lo hubiesen pisado cuando eran críos para escapar de los rigores agosteños.

En los años de la universidad —el mejor sitio para descansar, que diría Triángulo de Amor Bizarro—, David era de Huelva, Carlos de Cádiz, Paco de Las Palmas, Jorge de Marbella, Manolo de Zaragoza, Pedro y Paco Pepe de Mérida, Manu de Logroño, Pajares de Vera, David Jorge de La Palma y Jaime, Francisco y Sérvulo de Badajoz. Luego, en Lavapiés, donde los gatos habían afeitado sus bigotes, el paisanaje parecía el United Colors of Benetton de Oliviero Toscani. 

La grandeza de Madrid era que una camarera recién llegada de Almería te preguntaba, al percibir un acento forastero, ¿cuánto tiempo llevas aquí?, como si ella fuera de la casa y uno, el paracaidista despistado, pese a que había frecuentado la taberna largos años. Bastaba un par de meses alejado de esa barra para que la cantinera novel te tomase por un nuevo cliente, del mismo modo que los neófitos que se habían acodado en ella durante ese lapso ya eran considerados parroquianos.

Una vez conocí a un ocho apellidos madrileños que, tras aceptar una entrevista, al final descartó la idea cuando se imaginó a los de la NASA entrando en su corrala y llevándoselo como a E.T. Ahora pienso que quizás se inventó la milonga del casticismo para que lo invitase a una caña, porque no he encontrado otro árbol genealógico cuyas ramas asciendan hasta el kilómetro cero, ni siquiera el madroño de la Puerta del Sol, cuyo oso tampoco tiene pinta de ser de aquí, sino de Navacepeda de Tormes. 

También de un pueblo de Ávila, Sotillo de la Adrada, procede la familia paterna de Isabel Díaz Ayuso, quien ha recurrido a la supuesta identidad madrileña como leitmotiv de su campaña electoral. Un oxímoron en toda regla, pues a los residentes en Madrid nos une la desemejanza, una realidad que encierra una paradoja: la diversidad es lo que nos hace iguales. La lideresa del PP cree, sin embargo, que el madrileñismo se profesa tomando cañas todos a una, como si los gallegos se pusieran ciegos de Cabreiroá y los andaluces se pasasen el día pimplando Lanjarón. 

No cabe duda, en cambio, de que la cerveza es menos peligrosa que el agua mineral, como reflejan las páginas de sucesos: "Bebí un sorbo y me abrasó". Ojo, pues, con la botella de pet transparente bajo el fregadero del bar, no vaya a ser que contenga lejía y el exótico safari por la calle de los vinos de su pueblo o de su ciudad termine en intoxicación. Los madrileños —si es que existen— ya están acostumbrados después de casi treinta años de nueva fórmula popular. Ahora, por cierto, concentrada y con un 40% de libertad —según las encuestas—, porque Ayuso lava más blanco. Como el detergente ultra.