Las razones para divulgar ciencia y las dificultades para hacerlo

09 Mar 2017
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Ignacio Mártil
Catedrático de Electrónica de la Universidad Complutense de Madrid y miembro de la Real Sociedad Española de Física

Hace cerca de tres años que comencé mi andadura bloguera, primero en el blog colectivo de la asociación econoNuestra, después, desde septiembre de 2015, en el mío propio, “Un poco de ciencia, por favor”, ambos alojados en el diario Público; finalmente, desde febrero de 2016, en otro blog personal que llevo en la revista especializada en material eléctrico Cuadernos de Comunicación. Material Eléctrico. Tiempo durante el que he escrito más de 60 artículos abordando las temáticas que me interesan y sobre las que puedo aportar algo de explicación, análisis y en la medida de lo posible, clarificación: energía, dispositivos electrónicos, historia de la ciencia…

Transcurrido ese tiempo, me surgen varias cuestiones e interrogantes que voy a trasladar a este artículo, que debe entenderse como una reflexión personal sobre la necesidad de divulgar la ciencia, que yo interpreto como la necesidad de acercarla a los no especialistas. Y también, sobre las dificultades y sinsabores que de vez en cuando, encuentro en el desempeño de esta actividad. Trataré por tanto de responder a las dudas que me planteo tras la inmersión en este entretenido y extraño mundo de los blogs de divulgación. Internet ha venido para cambiar muchos aspectos de nuestra vida diaria y este es uno de ellos [1].

Estos son los interrogantes y sus posibles respuestas, que con toda probabilidad se modificarán con el paso del tiempo (alguien dijo que sólo hay dos asuntos que permanecen inamovibles en la vida de los seres humanos: el amor a los hijos y los amores no correspondidos, y de ambos hay excepciones).


1. ¿Por qué divulgar ciencia?

Hay varias respuestas. La primera y obvia: porque me gusta, porque me divierte hacerlo y porque tengo un oficio que me permite dedicarle tiempo y esfuerzo para llevarla a cabo.

Vale, tras la satisfacción personal, ¿hay alguna razón más objetiva? Sí, claro, hay muchas. Carl Sagan, el gran astrofísico y mejor divulgador decía que “vivimos en una sociedad totalmente dependiente de la ciencia y la tecnología, en la cual prácticamente nadie sabe nada acerca de la ciencia o la tecnología”. No puedo estar más de acuerdo con esta afirmación y sin yo ser inicialmente consciente, esta es la razón esencial por la que me dedico a escribir sobre asuntos acerca de los que, a lo largo de mi trayectoria profesional, me he ido convirtiendo en eso que se llama un experto: tratar de hacer entender a los ciudadanos sin formación científica algunos de los dispositivos y de las tecnologías que posibilitan que nuestra vida cotidiana sea drásticamente diferente de lo que fue la de nuestros padres y abuelos; ese es mi objetivo y a ese público “diana” me dirijo en cada texto.

En un plano más colectivo, hay otra razón que me inquieta especialmente, no tanto pensando en mí, ya que a fin de cuentas soy un “dinosaurio” casi amortizado, si no pensando en el futuro que aguarda a nuestros hijos, ¿qué mundo van a heredar?, ¿seguirán viviendo en un país que nunca ha hecho una apuesta decidida por la ciencia y por la innovación?

Siempre que pienso en esta cuestión me viene a la cabeza aquel célebre mantra del “cambio del modelo productivo”, que se invocó al comienzo de la Gran Recesión en 2008. Casi diez años después, no sé en qué ha cambiado nuestro modelo productivo.

Tal vez (solo tal vez) dando a conocer a amplias capas de la población lo que la ciencia puede hacer por mejorar nuestra vida, sería posible iniciar ese anhelado cambio.


2. ¿Qué dificultades encuentra el divulgador científico?

Diversas, que resumo en tres:
Intrínsecas: digámoslo con claridad: divulgar no es trivializar; lo cual significa que, en ocasiones, no es posible llegar a todos los ciudadanos describiendo un fenómeno o idea especialmente abstracto o complejo. No imagino una explicación sencilla y a la vez rigurosa de la teoría de la relatividad, aunque hay excelentes artículos que lo hacen. Una consecuencia de esta dificultad es que el uso de la terminología científica −muchas veces abstracta y árida− resulta a menudo imprescindible para poder dar a entender ciertas ideas, lo que incrementa la complejidad de la tarea.

Finalmente y con alguna frecuencia, es necesario utilizar el lenguaje propio de la ciencia: las matemáticas. Por descontado, en sus justos términos, pero imperativo en alguna ocasión. Probablemente, esta es una de las mayores dificultades que enfrenta un buen divulgador.

Personales: aunque es una obviedad, es muy recomendable que el divulgador científico sea un científico profesional, lógicamente. En el mundo universitario, al cual pertenezco, a los científicos se nos conoce por unas siglas: PDI (Personal Docente e Investigador). En este oficio, se espera de un “PDI” que haga esencialmente tres cosas: docencia, investigación y transferencia de los conocimientos. Las dos primeras son bastante entendibles y no me detendré en ellas aquí.

Dentro de la categoría “transferencia” cabría citar, entre otras, tareas tales como impartir cursos especializados, generar patentes de productos o de procesos y la propia y específica tarea de divulgación de la actividad investigadora. Y aquí es donde surgen nuevos obstáculos, ya que en los Curriculum Vitae académicos, la divulgación no recibe apenas reconocimiento, de manera que para progresar en su carrera profesional, un científico debe dedicar la práctica totalidad de sus energías a publicar sus resultados en revistas científicas especializadas, preferiblemente internacionales y de alto impacto, tarea que le deja apenas sin tiempo para otras actividades. La tarea divulgativa es estrictamente voluntaria, sin la posibilidad de encontrar reconocimiento formal o cuantificable por ella. Esto desanima a muchos científicos, en especial a los más jóvenes, que deben priorizar sus carreras académicas, para las que la divulgación puede representar un obstáculo en vez de una ayuda o un incentivo.

Nuestras autoridades académicas y nuestros responsables políticos deberían entender que si la sociedad −que es quien nos paga a los científicos−, estuviera bien informada sobre lo que hacemos y sobre la repercusión que tienen nuestros trabajos, tendría otra percepción de la ciencia y de su utilidad. No imagino a la Gran Bretaña del siglo XIX ignorando a científicos como M. Faraday o J. C. Maxwell, antes al contrario, fueron honrados y admirados por la sociedad a la que pertenecieron, por fortuna para ellos y por ende para toda la humanidad, ya que sin el reconocimiento de sus trabajos, ciertos aspectos clave de la vida contemporánea, como el acceso a la energía eléctrica o las comunicaciones, a buen seguro que no serían tan universales como son en la actualidad. Podrían ponerse infinidad de ejemplos del estilo.

Pero mientras eso no suceda, seguiremos moviéndonos en un entorno en el que si a alguien se le pregunta por el nombre de tres deportistas, cualquier ciudadano es capaz de dar no sólo tres, sino diez o más nombres, pero si se le pregunta por el de tres científicos españoles, el silencio será la nota dominante, también con toda probabilidad; ¿alguien sabe quiénes son y a que se dedican Mariano Barbacid, Francisco Mójica o Ignacio Cirac?

Del medio de difusión: Internet. Las redes sociales (en lo que sigue, RRSS) son una potentísima herramienta de difusión de la divulgación y sin ellas, sería francamente difícil plantearse esta tarea hoy día; pero también son un caldo de cultivo donde crecen y se multiplican desatinos y desvaríos a los que se enfrenta la buena y rigurosa divulgación; citaré los más llamativos:

i) Las pseudociencias, entre las que destacan las denominadas “terapias cuánticas”, sin olvidar el reiki, la astrología, la reflexología o los movimientos antivacunas, por citar solo algunas (desgraciadamente hay muchas más); todas se caracterizan por emplear una verborrea pseudocientífica propia de las peores películas fantásticas de serie Z.

ii) Las teorías de la conspiración sin cuento, siendo una de las más “exitosas” la que sostiene que el hombre nunca llegó a la Luna, y otras del estilo, como la de los “chemtrails“, especie de fumigaciones malignas con las que al parecer, alguien quiere intoxicar a medio planeta.

Todos tienen su medio de proliferación natural en las RRSS y aunque hay buenos científicos empeñados en desmontarlos, no resulta tarea sencilla, lo que no es de extrañar, ya que las creencias y los dogmas de fe son prácticamente imposibles de rebatir con argumentos racionales y además, los seguidores de estos delirios suelen ser impermeables a cualquier razonamiento lógico.

iii) Así mismo, en el tiempo que llevo “navegando” por las RRSS, me ha sorprendido desagradablemente la cantidad de personas maleducadas y groseras que, amparándose en la sensación de impunidad que las RRSS proporcionan, se permiten insultar y descalificar -utilizando un lenguaje zafio e inadmisible- a personas que con raciocinio y educación, tratan de rebatir argumentos falaces y carentes por completo del mínimo rigor. No es difícil entender lo que desalienta y desanima enfrentarse a esta clase de ideas y de personajes.

Dicho esto, también quiero destacar las estimulantes sensaciones que provocan multitud de usuarios de esas mismas RRSS, que aportan sus solventes conocimientos a los interesantísimos debates que con gran frecuencia suscitan los artículos que, bien escritos por mí o por otros autores, comento y analizo en la página que tengo en la red social Facebook, donde cuelgo artículos de diversos temas de actualidad o interés relacionados con la buena divulgación científica. Desde aquí quiero agradecerles a todos ellos los estupendos comentarios, sugerencias y aclaraciones que a menudo realizan; representan un gran estímulo para continuar.


3. ¿Dónde encontrar buena divulgación científica?

Hay una gran cantidad de buenas páginas web, con excelente calidad de formatos y contenidos, gestionadas por uno o varios autores. No quiero dejar de nombrar algunas de las que leo con asiduidad.

Entre las webs colectivas, hay tres que, a mi juicio, están entre lo mejor que uno pude consultar en castellano para documentarse sobre una amplia variedad de temas: Naukas, la web de divulgación más leída en nuestro país; Cuadernos de Cultura Científica, una iniciativa de la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco (UPV) y Mujeres con Ciencia, también una iniciativa de la UPV, excelente página para visibilizar el trabajo de las mujeres que se dedican o han dedicado a la ciencia y la tecnología:

Logos de Naukas, Cuaderno de Cultura Científica y Mujeres con Ciencia, tres excelentes blogs colectivos de divulgación de variedad de temas.

Entre las que llevan adelante científicos por su propia iniciativa, hay unas cuantas muy buenas, rigurosas y con gran cuidado en la edición y selección de los artículos; destaco algunas de las más amenas, con textos siempre muy bien escritos: Ciencia de sofá, Cuentos Cuánticos, Manzanas Entrelazadas, Another Day in the Lab, Date un voltio (en este caso, un canal de YouTube)…seguro que me dejo en el tintero muchos, pero no es mi objetivo elaborar aquí un catálogo. Recomiendo al lector interesado en conocer más blogs divulgativos en castellano, consultar este artículo, que incluye al final del texto un listado bastante amplio, aunque incompleto.

Para estar al día de las noticias científicas y de algunas efemérides, es muy recomendable consultar las cuentas de Twiter de los profesores Francisco Villatoro y Augusto Beléndez (el profesor Beléndez ha escrito una serie de biografías de científicos célebres de los siglos XIX y XX, sencillamente excelentes).

Por otra parte, hay webs más institucionales o vinculadas a medios de comunicación: Materia (el periódico digital de ciencia vinculado al diario El País), ABC ciencia, (el equivalente al anterior del grupo editorial del diario ABC), SINC (Servicio de Información y Noticias Científicas, una agencia de información sobre ciencia y tecnología), otras más especializadas como El Periódico de la Energía, etc.

Finalmente, no me resisto a recordar la mía, seguro que los lectores de este artículo entenderán esta publicidad que me tomo la libertad de realizar:

Un comentario final a modo de epílogo de estas reflexiones: un poco de ciencia, por favor.

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[1] En este artículo, me centro en las singularidades de la divulgación científica a través de los blogs y por lo tanto, con Internet como medio de difusión. Hay otras alternativas, como la televisión, que analicé en este otro artículo. Hoy día, disfrutamos de un excelente programa divulgativo en ese medio, “El cazador de Cerebros”, dirigido por Pere Estupinyá.


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