Instalados en la crisis se vive mejor

Los expertos, esos señores que viven de dar consejos que no darían si tuvieran la certeza de la eficacia de su aplicación, se empeñan en presionarnos para que cada día que pasa nos apretemos más el cinturón, sin molestarse siquiera en preguntar si tenemos algún cinturón que ponernos.

Corría el año setenta y tres del siglo pasado. Había estallado la primera crisis del petróleo y sesudos economistas de todo el mundo buscaban como locos alguna solución a la que se nos venía encima. Fue entonces cuando el canadiense-estadounidense John Kenneth Galbraith (1908-2006), solvente economista, cansado de estériles análisis y ridícula palabrería, decidió dejarse de rodeos y hablar clarito:

– No sé por qué nos empeñamos una y otra vez en buscar soluciones para salir de la crisis. De lo que se trata –añadía Galbraith- es de aprender a vivir “instalados en la crisis”.

Y desde entonces, con este consejo-dictamen, vamos tirando como podemos. Cuarenta y cuatro años han pasado y aquí estamos, como Clodomiro, el de la canción de Carlos Mejía Godoy, tarareando sin cesar aquel pegadizo sonsonete: “me defiendo, me defiendo como gato panza arriba”.

Instalarse en la crisis, cualquier crisis, admitir que existe, buscar la manera de vivir como queremos hacerlo a pesar de la crisis, con la crisis o por encima de la crisis, es sin lugar a dudas una inteligente opción sobre todo para quien sabe ver que, más pronto que tarde, lo más probable es que venga a visitarnos otra igual o peor.

De ahí que cada vez que veo en cualquier revista de prensa, o en las redes sociales, aquello de “diez consejos para ser feliz”, o “rompa con todo y busque su verdad” o “eres lo mejor del mundo, te lo digo yo”, no pueda evitar recordar la idea de Galbraith: “Aprender a instalarse en la crisis…” Punto. Todo lo demás, es mentira.

Los libros de autoayuda son un excelente negocio para muchos de sus editores. Superventas año tras año, en los escaparates más accesibles cambia a menudo el autor, el título, la portada o la manera de venderlos. Pero todos los mandamientos que recitan estos libros, con autores como Bucay o Coelho, que no saben dónde guardar todo el dinero que ganan engañando a tanto incauto, se resumen en dos: El primero: Sé tú mismo -ahí queda la chorrada-. El segundo: Mientras me hagas caso, me compres, me leas y me recomiendes, el editor y yo nos lo continuaremos llevando crudo.

¿Libros de autoayuda? No, gracias.

Si hay a quien le valen… pues me alegro. Pero a mi juicio, el mejor libro de autoayuda es asumir el dictamen de Galbraith: dejarse de tonterías y aprender a sobrevivir lo mejor posible “instalados en nuestra propia crisis”.

J.T.