Opinion · La verdad es siempre revolucionaria

¿Quién mató a Mame Mbaye?

Mame Mbaye se mató a sí mismo. Se mató cuando temerariamente se le ocurrió salir de Senegal, su país, y embarcarse en una patera camino del paraíso europeo, sin tener en cuenta, en su atolondramiento, que en este continente, el más rico del mundo, el más industrializado, el más avanzado, el más culto, el más democrático, el más igualitario, los emigrantes o se ahogan al llegar a sus costas o viven meses encerrados en los Centros de Internamiento de Extranjeros o se devuelven expeditivamente a sus países de origen o duermen en la calle.

Mame se mató desde el momento en que no comprendió que no obtendría su legalización, porque era incapaz de entender que los seres humanos se dividen en multitud de clasificaciones y una de ellas es la de legal e ilegal y él iba a ser ilegal toda su vida. Y no lo entendió a pesar de que sobrevivió 14 años sin papeles. Esas finas hojas para escribir que inventó China en el siglo XII y que en el XXI resultan imprescindibles para vivir en Europa. Porque sin papeles no se puede trabajar y sin trabajar no se cobra dinero y sin dinero no se puede comer.

Los papeles, ese material mágico, no se conceden en España así como así a cualquiera que los pida. Sería terrible para la economía y la convivencia de nuestro país. Significaría que el millón y medio de inmigrantes –en un país de 47 millones de habitantes-,  que sobreviven clandestinamente, serían legales y en vez de trabajar en oficios penosos, peligrosos e insalubres, explotados por diversos empresarios o dedicarse a traficar con drogas o con prostitutas, o a mendigar o a robar o a vender productos falsificados, podrían emplearse legalmente y sindicarse y pagar la cuota de la seguridad social. Todo un desastre. Al que nunca contribuyó Mame porque durante 14 años ninguna Administración de las competentes quiso darle los mágicos papeles.

Mame se mató desde el momento en que se dedicó a ofrecer en la calle bolsos falsificados en mantas extendidas en el suelo, que ya, precavidamente, los manteros atan muy ingeniosamente con unas cuerdas que permiten recoger en un segundo la mercancía. Pero Mame sabía que las fuerzas del orden, y el orden es algo sagrado que hay que defender sobre todas las cosas, incluida la vida, tienen que perseguir a los manteros, porque ellos, los guardias son a su vez trabajadores que cumplen órdenes y no pueden dejar de hacerlo.

Y los que dan las órdenes están convencidos de que los policías tienen que obligar a los manteros a recoger la mercancía y a correr mientras ellos también corren, en unas carreras bien ensayadas que los cansan a todos pero que impiden, durante unas horas, que los manteros estén en la calle ofreciendo objetos superfluos a una ciudadanía blanca ahíta de objetos que no necesita. Solo unas horas, porque después de ese espacio de tiempo los manteros vuelven a la plaza o al paseo y extienden nuevamente la mercancía a la espera de los policías unas horas más tarde.

No he entendido nunca ni las órdenes que reciben los policías ni la legislación que obliga a un emigrante a solicitar su legalización en su país de origen ni el inhumano encierro en los CIEs de los que detienen ni tampoco porque unos están encerrados y otros libres.

Pero Mame se mató a sí mismo cuando aceptó vender chucherías en una manta en la calle porque dicen que ese negocio está organizado, financiado y vigilado por mafias más listas que nadie, que tienen todo un complejo sistema de falsificación en almacenes que conocen perfectamente las autoridades, y que se quedan con el dinero conseguido y solo le dan unos céntimos a los negros que corren delante de la policía. Compleja organización como ven, poco comprensible para mentes estúpidas como la mía, que sin embargo entienden perfectamente los cuerpos policiales, los funcionarios municipales, los políticos que legislan y los que gobiernan, y que al parecer no se puede cambiar.

Como tampoco llego a asimilar que en un país en el que no nacen niños y no hay jóvenes que trabajen para pagar las pensiones de los viejos, y del que el Fondo Monetario Mundial asegura que en pocos años faltarán 5 millones de trabajadores para que funcione, se construyan rejas con cuchillas, se encierren, se deporten, se detengan y se persigan sañudamente a los que vienen a trabajar y a sustituir a los españoles que no nacen.

Por ello  Mame tenía pocas alternativas a la manta. Un amigo que compartió con él el viaje desde Senegal durante ocho meses y patera y CIE y calle, contaba que habían dormido en el parque hasta que consiguieron alquilar una habitación, también patera, en Lavapiés.

Parece ser, por la reciente información de que otro senegalés, Osseynou Mbaye, también de Lavapiés, acaba de morir en el Hospital Clínico afectado por un ictus, que la asistencia social lo atendió anteriormente y hasta le encontró un alojamiento. Así me he enterado de que a los ilegales, porque les falta el mágico papel, de todas maneras les atiende la asistencia social. De modo que mantenemos un sistema de bienestar que atiende a los pobres que no tiene nada que reprochar. Aunque yo siga sin entender por qué, los que no se ahogan en el Mediterráneo, son encerrarlos en los CIEs, deben vender en las mantas, correr delante de la policía y luego ser atendidos por la asistencia social.

Releyendo las obras de Jonathan Swift, el sarcástico escritor irlandés, En el País de los Gigantes y En el País de los Enanos, me sorprendo de que las situaciones descritas en el siglo XVIII sean tan parecidas a las actuales. No ya por la crueldad con que los legisladores, los políticos, los legisladores, los gobernantes, los alcaldes, legislan, vigilan y gobiernan a los pobres, a las mujeres y a los emigrantes, cosa que es de por sí necesaria para que el sistema funcione, sino por la desorganización, el caos, las contradicciones y los disparates que cometen todos esos cargos y autoridades y las ínfulas, los mensajes triunfalistas y la satisfacción con que presumen de sus acciones.

Solamente Kafka intentó describir esa maraña de leyes, decretos, órdenes, directrices, principios, objetivos, que los políticos, gobernantes, legisladores, imponen continuamente para organizar” la vida de los ciudadanos. Que incluyen órdenes de detención de los inmigrantes sin papeles y devolución inmediata a su país de origen o en donde ha repostado últimamente, para luego liberarlos en la calle para que vendan en las mantas productos falsificados. Que aprueban leyes que consideran delito la falsificación de las marcas mercantiles y que no  detienen a los que lo cometen. Que persiguen a los negros y sus mantas y luego les proporcionan asistencia social. Que organizan un escándalo popular, mediático, municipal, parlamentario, sobre la muerte accidental de un senegalés mantero y al día siguiente las plazas y las calles están llenas de senegaleses con mantas que exhiben bolsos falsificados.

Claro que tampoco ayuda a clarificar la situación que cuando se produce el desgraciado suceso, los valientes mozos que se autoproclaman antisistema se dediquen a quemar contenedores que pagamos la ciudadanía y motos y coches de otros ciudadanos que únicamente son culpables de su aceptación del sistema, y el humo llegue a intoxicar a vecinos que viven en las precarias condiciones del barrio de Lavapiés, para darles más argumentos a los que defienden el sistema.

Un sistema que permite que Mame viviera en Madrid durante 14 años, sin papeles, vendiendo en la calle encima de una manta productos falsificados de los que se lucra una mafia, que todos, policías, funcionarios, gobernantes, legisladores, políticos, conocen y durmiendo en un chamizo en Lavapiés con la ayuda de la asistencia social. Hasta que Mame se mató.

No sé si lo hizo porque tenía una enfermedad congénita como he leído o porque estaba cansado y estresado después de una carrera angustiosa perseguido por los guardias o simplemente porque estaba harto de dormir en una habitación patera, montar las mantas y correr delante de los guardias, sin perspectivas de lograr los mágicos papeles que le clasificarían como ser humano digno de derechos.

Pero lo que es indudable es que a Mame no lo mató nadie. Se mató él solo.