Memoria Pública

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La fuerza de la memoria

19 Ago 2011
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Una mañana de verano de 2010. José Luis, su hijo, le acerca a una loma cercana al pueblo donde vive, Alcaudete de la Jara, en Toledo. No es fácil llegar. El terreno es empinado y hacen falta cuatro brazos para subirle casi en volandas. Allí, en condiciones difíciles, trabajaban miembros de la Asociación La Memoria Viva en la exhumación de una fosa común con 28 lugareños, todos ellos asesinados el 25 de abril de 1939, ya en “tiempo de paz”. Ayudan a Víctor a llegar hasta la silla plantada a pie de fosa.

Soldado republicano en Córdoba, en el duro y poco reconocido frente de Pozoblanco, Victor Galán, a sus 90 años de edad y ya en pleno siglo XXI, quiso ver una de las innumerables fosas de las que hablaban su hijo y los telediarios. Ante la tumba en la que ya asomaban los primeros restos enterrados allí durante 71 años, recordó imágenes de su adolescencia, de sus padres, de sus hermanos y de los campos próximos en los que había trabajado como jornalero… Defendiendo aquel gobierno democrático, su hermano Lucio murió en combate, su hermano Tiburcio desapareció y su padre Adriano fue encarcelado en Toledo, sin cargos, como entonces era habitual. De los cuatro varones de la familia, sólo quedó él.

Víctor Galán agarró con fuerza una piqueta y cavó con decisión para ayudar a desenterrar aquellos restos como si fueran los de su propio hermano.

El maltrato carcelario y la paliza recibida nada más regresar a su pueblo, quebrantaron definitivamente la salud de su padre. Al parecer, algún miembro de Falange no veía con buenos ojos su regreso, porque un padre de tanto rojo debía tener un “comité de recepción” acorde con el nuevo orden nacional-sindicalista que ya había desvalijado la casa familiar de ajuares, despensa y otros enseres. En pocos meses murió. Entre tanto, Víctor había sido concentrado como desafecto al régimen en el Colegio Miguel de Unamuno, en Madrid, junto con miles de demócratas. Desde allí, hacinados como ganado y en diferentes expediciones ferroviarias, fueron enviados hacia diferentes destinos en los que trabajaron esclavizados, encuadrados en batallones disciplinarios de soldados trabajadores: los famosos ‘BDST’. A Víctor le correspondió el nº 40; la obra: el aeródromo de ‘La Morgal’ en Lugo de Llanera, Asturias.

Ante la fosa común recordó que jamás ninguna institución le pidió disculpas, que nadie reconoció el ensañamiento con su familia, que ningún estamento recompensó aquel año de trabajo sin salario y en condiciones durísimas desecando con piedras una marisma y metido en el fango hasta las rodillas, mal alimentado, durmiendo en suelos de barracones de madera mojados y sometido a frecuentes abusos, humillaciones, golpes y malos tratos. Esto ocurría en 1941. Hacía ya más de dos años que la guerra había acabado. Y recordó cómo en 2006, gracias al listado de asesinados en la tapia del Cementerio del Este de Madrid que aparece en el libro de la historiadora Mirta Núñez Díaz Balart, Consejo de Guerra, José Luis su hijo, había sabido que Tiburcio, su hermano hasta entonces desaparecido, era uno de los 2.663 asesinados en el mismo muro en el que asesinaron a las 13 Rosas. Y José Luis, su hijo, había tirado del hilo hasta recomponer los últimos días de Tiburcio antes de morir frente a un pelotón en dicha tapia, después de haber pasado por un consejo de guerra militar sin la más mínima garantía, y sin una defensa letrada digna de tal nombre, una muerte que no se comunicó a la familia. Sus restos pasaron a formar parte de una fosa común hasta que en 1980 fueron destruidos en el Cementerio de Carabanchel.

Esos restos de su hermano que ya nunca podría recuperar, quizás fueron los que veía reflejados en los restos de aquel desconocido que iban saliendo a la luz en la fosa de Alcaudete. Por eso, en un arranque que sorprendió a todos los presentes en la excavación, y pese a sus limitaciones físicas, Víctor agarró con fuerza una piqueta y cavó con decisión para ayudar a desenterrar aquellos restos como si fueran los de su propio hermano, a quien vio por última vez hace 72 años y que moría en Madrid un año después de los que yacían en la fosa de Alcaudete. Cuando dejó de excavar, Víctor pidió a su hijo José Luis que le llevara de vuelta al pueblo. Debían tramitar una solicitud de ayuda como dependiente que hasta el momento le habían negado pese al calamitoso estado de unas rodillas que por la artrosis ya no le permitían sostenerse en pie con 90 años.


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