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Francesc Boix, su legado y la resistencia colectiva en Mauthausen

11 Jun 2017
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Rosa Torán.

Historiadora. Amical de Mauthausen y otros campos

 

El próximo 16 de junio, en París, serán trasladados los restos de Francesc Boix Campo desde el cementerio de Thiais al de Père Lachaise. El acto culmina la campaña de subscripción popular impulsada en el año 2013 por las Amicales de Mauthausen de Francia y de España, a la cual han prestado su apoyo diversas instituciones, entre ellas los ayuntamientos de París y Barcelona. Se provee una numerosa presencia de gente llegada de varios países, con el ánimo de poner en primer plano la figura del joven que dedicó su corta vida a testimoniar para el futuro, con imágenes del frente y la retaguardia de la guerra de España, del campo de Mauthausen y del exilio republicano.

Su muerte prematura, en 1951, a causa de las secuelas de su internamiento en Mauthausen, fue llorada por un círculo reducido de amigos, sin ninguna presencia de familiares, dispersos por el éxodo republicano o acosados por la ignominiosa dictadura de Franco, y no fue hasta que se cumplieron 20 años de su traspaso que en su tumba no se esculpieron las siguientes palabras: “Francisco BOIX CAMPO. Deportado en 1941, a la edad de 20 años al campo de concentración de Mauthausen, muerto el 7-7-1951 como resultado de su deportación. Animado por un gran coraje, robó a las S.S. documentos fotográficos condenatorios para los Nazis que impusieron el régimen concentracionario”. En su tumba nunca faltaron flores, depositadas por amigos y compañeros solidarios que resarcían con su gesto el olvido de uno de los personajes singulares de nuestra historia, y tampoco en su ciudad natal han dejado de recordarle, con la colocación de una lápida en la casa de su nacimiento en el Poble Sec, con la inauguración de una biblioteca en el mismo barrio con su nombre -de manera significativa en el edificio que había albergado una de las sedes de Falange-, y especialmente con la difusión de su obra fotográfica, a partir del legado que está en manos de la Amical de Mauthausen y otros campos y depositado en el Museo de Historia de Cataluña. Gracias a este legado, repartido entre Francia y España, el mundo conoció las pruebas irrefutables de la criminalidad nazi en Mauthausen, puestas en evidencia por el propio Boix en los procesos internacionales de Nuremberg y Dachau, y desde momentos más recientes se han hecho públicas sus imágenes de los escenarios de guerra en Aragón y de la lucha antifranquista en Francia. Cabe resaltar, sin embargo, que la trayectoria de Boix no fue excepcional. Joven inquieto que se sumó al ímpetu revolucionario generado como reacción al golpe de estado fascista, cogió la cámara y empezó su colaboración en la prensa comunista, al lado de amigos que compartirían con él los desastres aparejados a la derrota republicana: el internamiento en los campos franceses, el alistamiento en las Compañías de Trabajadores Extranjeros, la detención por los alemanes y la integración en el convoy que deportó a Mauthausen a 1.472 republicanos. Desde el 7 de enero de 1941 hasta la liberación, Boix pudo sortear la muerte, cuando abandonó la dureza de la cantera y se incorporó al Laboratorio fotográfico, para acabar ejerciendo su oficio de reportero a partir de la llegada de las fuerzas americanas al campo, con recorridos por el recinto, las instalaciones de muerte y los estragos sobre los supervivientes, con retratos personales de compañeros y con imágenes de las actividades políticas del Partido Comunista, empeñadas en el retorno a una España también liberada. Frustradas sus expectativas, Boix se instaló en Francia, dedicado a su profesión como corresponsal de diversos periódicos de la órbita comunista en destinos por la geografía europea y norteafricana, pero con especial énfasis en documentar las actividades del exilio antifranquista que pugnaba, al lado de organizaciones políticas y sindicales francesas, por la caída del régimen franquista que asesinaba a los luchadores opositores.  Pero finalmente, Francesc Boix, como la mayoría de exiliados, tuvo que aceptar la imposibilidad del retorno a una España democrática y rehacer su vida en el país que le abrió las puertas a ejercer su profesión.

Si bien es usual atribuir a Boix el robo de miles de negativos del laboratorio de Mauthausen, esta arriesgada acción fue fruto de una labor colectiva, sin negar que el carácter de nuestro personaje facilitó la operación. Igual que en la mayoría de dependencias del campo, los SS delegaron las labores subalternas en los propios deportados, reservándose para ellos la dirección y el control, pero pocos fueron los republicanos que pudieron acceder a estos puestos clave que les liberaban de la tortura de los trabajos forzados; entre ellos, Antonio García Alonso de Tortosa, José Cereceda Hijes de Madrid y el propio Boix, en el laboratorio. Por sus manos pasaron todo tipo de materiales probatorios de la criminalidad nazi, de las visitas de las jerarquías nazis y de la progresión en la construcción y las continuas ampliaciones del recinto y, cuando la guerra giraba en contra de los alemanes, ante el peligro de destrucción de las pruebas, concibieron el plan de salvaguardarlas para el futuro. Connivencia y colaboración con los grupos de resistencia organizados, búsqueda de escondrijos, salida de los materiales del campo y custodia en manos seguras; operaciones que, sin faltar polémicas, requirieron fuertes niveles de compromiso de decenas de personas, con merecimiento especial de Anna Pointner, la granjera del pueblo de Mauthausen que se avino a preservar entre los muros de su casa los pequeños paquetes que le iban entregando los muchachos del comando Poschacher, en sus viajes de salida del campo. Mujer recordada en el monumento recién erigido frente a su casa que salvó de la total ignominia a sus convecinos, indiferentes al paso diario de las filas de deportados desde la estación del ferrocarril hasta el campo, igual que recordaremos a los jóvenes Poschacher y a Francesc Boix, emblema de la resistencia colectiva en el campo de Mauthausen, todos ellos pérdidas irreparables para nuestra cultura social y política.

Y una última reflexión sobre los valores de generosidad y solidaridad que hicieron posible la preservación de los negativos en España. A la muerte de Francesc Boix, su íntimo amigo Joaquín López Raimundo se hizo cargo de sus pertenencias y en su casa guardó una maleta con los negativos que, de manos de su hermano Gregorio, llegaron a Montserrat Roig, cuando preparaba su obra Els catalans als camps nazis, y que después de su publicación las cedió a la Amical. 536 negativos del campo de Mauthausen, de autoría de los SS y del propio Boix a partir del 5 de mayo de 1945, y otros 800 de su tarea posterior, se convirtieron en legado y fuente de conocimiento. Sin duda, aquellos jóvenes republicanos acertaron cuando decidieron actuar.


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