Lo que lo cambia todo

03 Nov 2017
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Marta Nebot
Periodista

Llegué al Tribunal Supremo a las 7:30 de la mañana y allí  había muchos periodistas. Conseguir un sitio desde donde poder ver y contar en directo lo que fuera ocurriendo, en aquella calle, ya fue una dura negociación con compañeros y maderos.

La jornada histórica empezaba muy temprano y con alguna Policía Nacional más puntillosa con los perímetros de seguridad que de costumbre.

En estos días en el curro casi todo es caos y las coberturas periodísticas en la calle son más caóticas todavía.

Una vez conseguido el punto de directo, en seguida empezó la feria (no me entiendan mal, así llamamos al lío nuestro de cada día). En la acera de en frente, de donde nos habían puesto las vallas y cadenas para tenernos controlados, empezaron a agruparse unos desconocidos para la mayoría de los que estábamos allí, con pinta de venir a algo y de no ser manifestantes. Cuando Joan Tardá se les sumó muchos cruzamos para tratar de averiguar quiénes eran. Nos aclararon, no sin cierto desprecio por parte de alguno por no reconocerles, que eran diputados del Parlament la mayoría y que venían a apoyar a los citados. El grupo siguió creciendo y acabó ocupando casi toda esa acera (una ancha de más de dos metros). Antes de que llegaran más caras conocidas de apoyo (Xavier Domenech, Alberto Garzón, Pablo Echenique, Gabriel Rufián, Albano Dante Fachín, Josep Lluis Cleries..) desde la esquina más cercana aparecieron seis o siete energúmenos cargados con banderas de España y alguno incluso con libros de José Antonio. Gritaban con la vena del cuello muy tensa, los ojos rojos y muy echados para adelante:  “Terroristas, golpistas, Cataluña es España…”. Llegaron con ganas de bronca y se pegaron a las caras de los que venían a apoyar a los independentistas. La Policía estuvo rápida y los separó. Los puso en la otra esquina y los contuvo a base de paciencia. Seguían gritando en la distancia, entre espumarajos y enfrentándose bravucones a su autoridad.

Al otro lado de la acera los parlamentarios congregados les respondían coreando: “Libertad, libertad”. En mitad de ese momento  aparecieron caminando los cinco miembros de la Mesa citados por el Tribunal y entre abrazos emocionados y aplausos de sus compañeros entraron en el edificio, del que no sabían si volverían en libertad, bajo el paraguas de un nuevo canto: “no estáis solos”, que les dedicaron como despedida.

En mitad de esta escena Carmè Forcadell se coló rápida por la puerta principal evitando el baño de multitud y de micrófonos, de dos o tres zancadas, las que distaban de la puerta del coche a la entrada.

Entonces llegó el momento en el que se podía hacer preguntas. Le pregunté a Joan Tardá, el portavoz de ERC en el Congreso de los diputados si se había roto el bloque independentista, que las  estrategias tan distintas de Oriol Junqueras y Carles Puigdemont (uno declarando en la Audiencia Nacional y el otro en Bélgica) hacían que lo pareciera. Contestó que no, que las dos cosas sirven a la causa, la palabra “internalización” terminó el debate. A Cleries, el portavoz del PdeCat en el Senado, le pregunté si creía que los funcionarios a los que Puigdemont les ha pedido que defiendan “la legalidad” previa al 155 entenderían que les pidiera algo que él no ha hecho, marchándose. Contestó vaguedades. Traté de apretarle con qué es exactamente eso que les pide el expresident y terminó aclarando que “nada”, que no quieren crearles problemas. A Albano Dante Fachín, el líder de Podem, hasta donde va a llevar su enfrentamiento con Unidos Podemos, si piensa consultar a las bases también una posible alianza con algún partido independentista para concurrir juntos a las elecciones. No hubo manera de sacarle de su mantra “hay que hablar con todos” aunque dejó caer que lo suyo sería ir “con los Comunes”. Pareciera que esa sangre no va a llegar a ningún río.

El resto de la mañana trascurrió entre llamadas a la separación de poderes, críticas a la celeridad del proceso judicial, especulaciones y algunos exaltados más que se colaban en el cerco de los periodistas y de vez en cuando chillaban desde detrás de alguno de los árboles para evitar a los policías. De dentro nos llegaban rumores de que las declaraciones seguían sin empezar bien entrada la mañana cuando estaban previstas para primera hora. Los compañeros gráficos, es decir, los fotógrafos, que tenían otro cerco en la acera de la puerta se movían a cada poco nerviosos esperando salidas inminentes y ellos siempre saben más.

Con este runrún en la retina saltó la noticia: las declaraciones se posponían hasta el jueves de la semana próxima y las salidas no tardaron mucho más.

Los miembros de la Mesa se marchaban por el mismo camino después de abrazar igual de emocionados a sus compañeros que les volvían a corear. Forcadell, repetía la jugada: salía sola, se montaba en un coche que la esperaba en la mismísima puerta y lanzaba besos desde dentro a los que les fueron a apoyar.

En medio de esta vorágine no me dio tiempo a pensar en nada más que en preguntas y en el orden en el que contar las cosas. Después de las salidas traté de localizar a los abogados y entonces ocurrió lo que lo cambia todo. El abogado de tres miembros de la Mesa del Parlament del Pdecat (Ramona Barruet, Lluis Guinó y Lluis Corominas), Javier Melero, contestó a la pregunta de si creía que perjudicaba a los imputados la no comparecencia de Puigdemont: “sí”. Y a si creía que debía haber venido: “Por supuesto”.

Y entonces la foto de la jornada construida por tantos con tanto esfuerzo se rompió de golpe. De repente, la imagen se descompuso en los pixeles que la componen y cada uno huyó por su lado quizás para no volver. La unidad indepe se esfumó con tres palabras.  Se acababa Junts pel sí y empezaba el sálvese quien pueda y ya no pude pensar en otra cosa.


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