Opinion · Otras miradas

Laura Freixas: una mujer (escritora) sin máscaras

“El diario es el único espacio en el que se puede ser sin más ni más, sin andamiaje alguno (ni teórico, ni argumental, ni nada de nada), cogiendo el toro por los cuernos y a la realidad por las solapas, meditar sobre la vida. La literatura también lo hace, aunque de una forma más elaborada; el interés (no exactamente ventaja, sino más bien: la singularidad) del diario es que lo puedes hacer por las buenas”.  Comparto absolutamente esta afirmación de la escritora Laura Freixas y me reconozco en esa capacidad que tiene el diario para arrancar lo más crudo de nosotros mismos. Algo que saben bien las mujeres, mucho más que nosotros los hombres. Por ello no me parece casualidad que fuera justamente a través de un Diario, el de Virginia Woolf traducido por ella, como empecé a seguirle la pista a una mujer que, con el tiempo, se iría convirtiendo para mí en una maestra de letras y feminismo. Una de esas mujeres en las que al fin se evidencia que los hombres, o al menos algunos, empezamos a reconocerlas con la autoridad de quienes tienen voz propia. Y quizás no haya mejor expresión para definir la trayectoria de esta “niña de papá”, medio burguesa medio progre, catalana residente en un Madrid con olor a calamares fritos y en el que sobran escaparates con polvo, arrepentida licenciada en Derecho y por encima de todo, ahora sí, escritora, que lleva toda la vida no solo batallando por tener su propia voz sino también empeñada en que las mujeres, todas las mujeres, la tengan. Es decir, por romper de una vez por todas con el silencio de las madres.

Todos llevan máscara, recién publicado por Errata Naturae, y que continúa los diarios publicados hace unos años con el título de Una vida subterránea, recoge los que Laura Freixas escribió entre 1995 y 1996, justo cuando andaba buscando editorial para su primera novela y empezaba a darle vueltas a la segunda. Aunque su vida literaria, y muy especialmente su pasión (obsesión) por “encarnarse” en escritora, sea uno de los ejes de estas páginas deliciosamente escritas, creo que la clave de estos diarios se hayan en cómo la presidenta honoraria de Clásicas y Modernas busca un cierto equilibro entre las múltiples tensiones que la sacuden por el hecho de ser mujer. Porque no es solo la Laura escritora a la que contemplamos incluso en momentos de zozobra, sino también a la que era entonces feliz esposa, madre enamorada (los párrafos que dedica a su hija Wendy nos desvelan la ternura infinita de alguien que a primera vista puede dar la impresión de estar amurallada), hija que todavía arrastra las pesadas y diversas mochilas que suponen para ella su padre y su madre, mujer que lucha por ser independiente económicamente y, al fin, ser de cultura al que le cuesta no solo reconocerse sino también ser reconocida en un mundo hecho a imagen y semejanza del patriarca.

En lucha permanente con dos de los que reconoce como sus principales defectos – la envidia (tan egoísta) y la culpa (tan femenina) -, Laura Freixas, siempre severísima con ella misma y también con aquellos a quienes no reconoce como seres luminosos,  nos desvela el rostro de los que habitualmente llevan máscara, mientras que ella hace el enorme esfuerzo de mostrarse con un poderío que parece que en ocasiones le pese. Vemos y leemos pues sus brechas, las fisuras de su aparente vida completa (por ejemplo, en un matrimonio que a mí me ha recordado al escenario perfecto de una novela de Marcela Serrano) y una especie de permanente resistencia a asumir sus propias fortalezas. No en vano las sesiones de psicoanálisis irrumpen en las páginas para mostrarnos cómo la autora se está buscando: la eterna búsqueda de una mujer que solo cree en el dios de la libertad intemporal y la belleza.

Todos llevan máscara, en el que me imagino que se reconocerán muchas mujeres y que a una mayoría de hombres le parecerá un ejemplo más de esas “histerias” que justifican que se pueda hablar con desprecio de “literatura femenina”, puede leerse, y a mí es lo que más me interesado de sus páginas, como un puzle en el que es fácil detectar todas esas piezas que hacen la vida de una mujer, y no digamos de una mujer creadora, sea singularmente complicada. Las tensiones que Freixas vive, y que nos cuenta con la desnudez de quien no tiene los ropajes de la ficción, nos muestran cómo para ellas construir su propia identidad, encontrar un lugar en el mundo, querer ser una y muchas a la vez, pisar sin miedos el espacio público o vivir desde la autodeterminación experiencias como la maternidad, es mucho más difícil que para nosotros. De ahí, que como intuyo que le pasa o le ha pasado a esta amante de Clarice Lispector, tengan que armarse con singulares escudos, a veces también con máscaras, y se vean obligadas a librar batallas que con demasiada frecuencia las dejan exhaustas y al borde del precipicio.  

Laura Freixas nos habla de ella misma, y de quienes le rodean, y muy especialmente de toda esa fauna de la cultura, un mundo en el que tal vez con más contundencia que en otros se detecte el conflicto entre el orden dominante y el orden amoroso de la vida,  con la agudeza de un bisturí que no tiene miedo a abrir en canal un cuerpo. El suyo propio y el de quienes la miran desde un púlpito. Máscaras y personas. La performance en la que todos, muy especialmente todos, pero también algunas, parecen bailar al son del patriarca feliz que dicta las reglas. Y en medio de esa fiesta, como si se tratara, al menos al principio del primer acto, de una bailarina tímida, la mujer que desea no solo tener su habitación propia sino también salir a las calles, como una Dalloway liberada de los ramos de flores, y pisar con fuerza las baldosas amarillas. Una especie de Orlando sin jerarquías de género.

Todos llevan máscara es, pues, un hermoso libro que en algunas páginas te abre heridas como esas que a veces una hoja de papel nos hacen en las yemas de los dedos, y en el que otras nos alimentan con las alas que hacen posible la vida. Llámense belleza, sororidad o sonrisa de una niña que balbucea palabras en varias lenguas. Un valiente diario en el que, insisto, muchas mujeres encontrarán tal vez la huella del pendiente que perdieron en alguna fiesta y en el que yo, hombre empeñado en borrar de mí y de la faz de la Tierra la masculinidad tóxica, he encontrado un fértil hilo del que seguir tirando para encontrar, como si fuera una tarde de lluvia, la posibilidad de ser feliz.  Un hombre que también escribe diarios, que también se siente desbordado por los “proyectos narrativos” de Belén Gopegui y que, cosas de las hadas, conserva en su memoria afortunada un almuerzo íntimo con Gustavo Martín Garzo. Un hombre, admirada Laura, que también disfruta yendo a comprar ropa y al que, como a ti, le gusta acicalarse con cuidado antes de salir a ese espacio público en el que sobran máscaras y faltan personas.