Opinion · Otras miradas

Somos de donde veníamos

Sandra Ezquerra

Socióloga, feminista y candidata por Desbordem a la Ejecutiva de Catalunya en Comú

Bruce Springsteen viene preguntándose desde los años ochenta si cuando los sueños no se hacen realidad significa que habían sido mentiras o algo peor. Siempre me ha parecido una sospecha injusta, ya que cumplir nuestros sueños no está siempre en nuestras manos. Me parece, a la vez, un interrogante profundamente doloroso, que nos advierte sobre la incapacidad de convertirnos en quien siempre quisimos ser, de seguir siendo quien siempre creímos que somos.

Hace tres años escribía con Jordi Rabassa, compañero de viaje y de vida, y con motivo de las elecciones municipales en Barcelona, ​​que uno de los propósitos más importante que teníamos  en el período que se iniciaba era no olvidar de donde veníamos, hacia dónde íbamos y, sobre todo, no olvidar nunca quiénes éramos.

Lo decíamos, en parte, porque partíamos del diagnóstico que una parte de los movimientos sociales y vecinales que habían entrado en las instituciones durante la Transición habían sufrido esta maldición, y esto no sólo había vaciado las luchas en la calle para conquistar derechos y libertades, sino que también había dejado a la nueva izquierda institucional sin rumbo y proyecto propio, más preocupada por mantener posiciones de poder y perpetuarse como fin en sí misma que por ser herramienta real de cambio al servicio de las clases populares, de las mujeres, de las personas migradas, de la gente joven, de la mayor, de las mayorías sociales.

Hoy llevamos más de tres años en que, de manera directa o indirecta, hemos participado y apoyado múltiples movimientos ciudadanos llenos de energía e ilusión que decidieron asaltar las instituciones para transformarlas, para ponerlas al servicio de la ciudadanía, para reinventar la política. Han sido tres años de trabajo incansable, de aprendizajes dolorosos pero también de lecciones preciosas, de avances, de contradicciones, de renuncias y también, desde luego, de algunas- pequeñas- victorias. Han sido a su vez tres años durante los que se ha visibilizado un relevo en la vida política de nuestro país.

Por primera vez, las voces autorizadas no han sido sólo las de señores con corbata acostumbrados a que se les escuche, se les respete y se les obedezca. Cientos de voces que vienen de parar desahucios, de luchar por las libertades sexuales, de reivindicar la memoria democrática, de defender derechos sociales, laborales y políticos, de sudar para llegar a fin de mes, de ocupar las plazas… todos aquellos héroes y heroínas que Springsteen pensaba rotos … se han puesto al frente y han demostrado que los límites de lo posible son mucho más amplios de lo que durante muchos años nos habían hecho creer. Han dejado de estar destinados a huir para siempre y han empezado a creer que podían quedarse donde estaban, plantar cara y ganar.

Tres años después de todo esto, sin embargo, es de salud democrática, humana e incluso emocional preguntarnos si seguimos recordando de dónde veníamos, hacia dónde íbamos y quiénes éramos. Si somos honestos, debemos reconocer que la participación en la política institucional planteaba muchos más retos y peligros que los que habíamos previsto: los ritmos de las maquinarias de las administraciones, las presiones de los conglomerados mediáticos, las dificultades para infligir grietas en la bien consolidada hegemonía neoliberal, los cálculos para mantenerse en el centro del tablero, la mezquindad en las críticas del resto de partidos, la incapacidad para generar dinámicas colectivas de intercambio, de debate, de decisión …

Si nos miramos a los ojos sabemos que hasta el momento no hemos sido lo suficientemente fuertes, decididas o valientes para revertir la mayor parte de estos obstáculos. Y el problema no es tanto que no lo hayamos conseguido, que también. El verdadero problema reside en que cada vez nos preguntamos menos sobre cómo hacerlo; está en que, sin buscarlo ni quererlo, nos parecemos un poco más que hace tres años a todo lo que habíamos venido a erradicar.

¿Han muerto nuestros sueños? ¿Eran mentiras? ¿Eran espejismos? ¿Lo éramos nosotros? Independientemente de lo que dijera Springsteen, no lo creo. Sin embargo, en un momento en el que se mira hacia adentro, en el que nos pensamos y pensamos juntas, es imprescindible seguir preguntándose por qué, viniendo de donde veníamos, estamos aquí:

Estamos aquí para reinventar la participación política y ponerla al servicio de la vida cotidiana; estamos aquí para desbordar las costuras de lo que creíamos realista y creernos que seremos capaces de hacerlo; estamos aquí para escucharnos, desde la pluralidad, priorizando visiones de cambio sobre cálculos de supervivencia, defendiendo la diferencia frente la lealtad incondicional, exigiéndonos transparencia y nobleza como no se las ha exigido nadie hasta ahora; estamos aquí de paso, ya que si un día descubrimos que ya no nos ayuda a transformar el mundo dejaremos de estarlo; estamos aquí porque pensamos que la honestidad en la política va mucho más allá de no robar o hacer trampas, y pasa por cuidar y cuidarse, por poner el proyecto colectivo por encima de inclinaciones partidistas, por amar la diversidad interna, por considerarla una fortaleza y un rasgo distintivo; estamos aquí para evitar la tentación de deshacerse de voces incómodas, para reivindicar, de hecho, la incomodidad como un estado necesariamente permanente y permanentemente necesario.

Ninguna de estas es una tarea fácil. Pero si estamos aquí es porque seguimos comprometidos a seguir trabajando en esta dirección, construyendo, cooperando a pesar de las diferencias, respetando a pesar de los desacuerdos. Podemos superar las trampas que la política institucional nos impone a nosotros y a nuestros sueños pero, como dijo the Boss tras bajar the River, sólo podremos hacerlo juntos. Desbordando los espejismos, reivindicando los sueños. Recordando de donde veníamos. Y no dejando de ser quienes somos.